viernes, 31 de agosto de 2012

Hermana Luna

Imposible mirarla sin mirarte. Sin oírte. Sin recordar tu espalda recargada en la pared y tu pie derecho moviéndose inquieto arriba y abajo. Imposible mirarla sin echar a andar la maquinaria del mariposeo estomacal y buscar en las cuatrocientos cincuenta y seis noches de mis lunas llenas las poquísimas compartidas, reales o ficticias, tal vez imponentes e importantes por escasas.
Imposible mirarla sin imaginar quién más la mira, quien más sueña despierto y suspira y canta y llora poseído por su brillo. ¿Cuántos habremos estado la noche de anoche bajo su embrujo? ¿Cuántos amores se hicieron y deshicieron con ella como testigo? ¿Cuántos se quedaron inconfesos?
Imposible mirarla sin sentir el susurro de su voz blanca cantándote su belleza, su inmensidad, su poderío.
Cuántos poetas, cuántas notas, cuántas letras en su nombre, a su nombre. Cuántos sueños desde y hacia ella. Cuántos amándola en silencio.
Cuántos escondiéndose en sus sombras azules. Cuántos se volverían locos sin ella...


miércoles, 29 de agosto de 2012

De noche

De noche descubro. Me descubro. Entre oscuridades me veo. O no. Palpo. Tiendo puentes. Mis puentes. Los míos. Los que me conectan con la cordura o con la crudeza de algunas realidades. Los que me ponen al alcance de mis renuncias para que pueda ir o venir desde y hacia ellas.
De noche descubro el hilo negro. Lo enredo. Lo enhebro. Me coso con él las heridas abiertas desde el primero de mis días. Me zurzo la ausencia presencial de mi madre, las tristezas y agonías de mi adolescencia. Me bordo adornitos sobre el vientre.
De noche sueño. Me sueño. Me miro hacia adentro. Urgo. Busco en mis entrañas lo que soy y nunca he sabido. Me invento los amores que no me amaron, las cosas que quise y no tuve, los besos que no sucedieron.
De noche sale la luna. Sale y entra. Entra y sale. Brilla y se oculta. Baila. Bailamos.

lunes, 6 de agosto de 2012

Viajar ligero

Vivir muchos años aferrado a algo/alguien hace que se vuelva pesada la existencia, que se vuelva denso el aire y espesa hasta la propia luz. Sin embargo, soltar tampoco es sencillo. Pasado el momento de descubrir los costales llenos de inútiles cargas, llega el de deshacerse de ellos, cosa bastante compleja. Uno se acostumbra a su peso, a arrastrar los pies, a sentir que el esfuerzo es sofocante. ¿Será parte de la misma miseria del alma, de la misma incapacidad de auto apreciarse como un ser valioso?
Viajar ligero es un arte que aún no aprendo a dominar a pesar de mis intentos. Suelto y trato de asir de nueva cuenta, tal vez no al mismo sentimiento o a la misma persona, tal vez no de inmediato, tal vez con flores y no con mierda, quizá con justificaciones y no con culpas; pero a final del día si el costal va ligero me siento vacía, y empiezo a extrañar. Y extraño.

viernes, 3 de agosto de 2012

La edad del aprecio...

Dicen que los terribles dos desaparecen en el minuto en el que el niño cumple tres y creo que es muy cierto. Al menos a mí me tocó vivirlo con mis hijos, aunque debo decir que en realidad no fueron tan terribles porque los dos siempre han sido muy tranquilos y en general de buen carácter.
Yo acabo de cumplir cuarenta y aunque el cambio no se dio de un día para otro, sí puedo decir que he entrado a la edad del aprecio.

Aprecio mi vida porque ha sido privilegiada. Nací en una buena familia y fui educada por dos buenas personas que hicieron todo cuanto estuvo en sus manos por hacerme una persona de bien.  No conocí el hambre y tampoco viví el miedo de no tener un techo que me cobijara.  Si bien, para una niña o jovencita nunca es suficiente, puedo decir que en realidad nada me faltó. Mis padres me quisieron y siempre me trataron con amor y sobre todo con respeto.

Tuve con ellos muchas diferencias, no lo niego, pero agradezco que mi temor de la infancia de quedarme sin padres nunca se hiciera realidad.

Aceptar la transición de mi madre no fue fácil y puedo decir sin temor a equivocarme que ésa fue una de las épocas más difíciles y dolorosas de mi vida, pero aquí estoy, entendiendo que esto es parte de la vida, que eventualmente todos iremos por el mismo camino y que tal vez todavía tenga que vivir la transición de mi padre y la de otros seres amados.

¿Por qué considero mis cuarenta la edad del aprecio?

Porque aunque pasé mis treinta sintiéndome afortunada por tener la vida que tenía, me queda claro que no supe que apreciarme a mí misma, era parte importante del proceso y que eso era lo que me faltaba para sentirme realmente plena.

Crecí con la creencia de que por ser hija única, en mi naturaleza estaba intrínseco el gen egoísta y que eso me hacía, si no una mala persona, una no muy buena, una no muy digna del aire que respira.

Hace diez años aprendí a apreciar mi vida con todas sus altas y sus bajas y hoy también aprecio las decisiones, benéficas o perjudiciales, que he tomado a lo largo del camino, entendiendo que he hecho lo mejor que he podido y con la mejor de las intenciones, porque aunque a veces sienta muchas ganas de hacerle daño a alguien por alguna razón, nunca en la vida me he atrevido a pasar del sentimiento momentáneo o no tan momentáneo, a la acción de hacer daño. Hoy me acepto como soy y estoy en el proceso de no competir con nadie en ningún sentido. Estoy soltando la necesidad de tener la razón y me estoy moviendo en función de lo que quiero, de lo que creo que es correcto para mí y no en función de si a los demás les gustará o no, si me apreciarán o no, o si me aprobarán o no. Antes de ver el punto negro en la hoja blanca, ahora agradezco la blancura del lienzo donde puedo pintar con los colores que yo quiera y aprecio que el punto negro exista porque seguramente a partir de ahí, trazaré una línea que me ayudará a complementar mi obra de arte. No soy mejor ni peor que otros, simplemente soy diferente y está bien que así sea. Camino por el sendero en donde antes de criticar por qué el paisaje es como es, primero pienso que debe tener una buena razón, aunque no me guste.  En pocas palabras, le he dado rienda suelta a mi gen egoísta y no me siento ni mal ni culpable por ello porque he entendido que para dar lo mejor de mí, primero tiene que pasar todo lo anterior.

No puedo decir que ahora todo lo veo con ojos que nada más miran las bendiciones a mi alrededor, pero sí puedo seguir diciendo que me siento afortunada de llegar a los años que tengo, con la experiencia y sobre todo con los principios y valores que supe traerme de casa de mis papás.

Tengo cuarenta años y creo que ya voy entendiendo de qué se trata mi vida y la importancia que tiene estar en el aquí y en el ahora, apreciando la maravillosa experiencia de ver el mundo con estos ojos.

Hoy, después de cuatro décadas, empiezo a sentirme libre y me gusta.

Gracias por leer.
Un abrazo con aprecio:
Anabell