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miércoles, 9 de marzo de 2011

40 Días


40 días en busca de la felicidad que no tiene fin.


40 días de decirle ¡No! a la ira.


40 días de pensar en los demás antes de pensar en cómo me afectan a mí, las cosas que pasan.


40 días de servir con alegría a quien lo necesite.


40 días de no tirarme a la pereza.


40 días de darle gracias a Dios lo que ya me dio, antes de pedirle que me de lo que creo que no me ha dado.


40 días de paciencia, sobre todo para con mi próximo.


40 días de no matar a mi próximo con críticas y prejuicios.


40 días para ver lo bueno que hay en cada cosa que me parece mala.


40 días para fortalecer esa fe que creo que es débil y que se rompe con cada problema.


40 días para no volver a llorar por el tiempo perdido.


40 días para aprovechar cada segundo que tenga por delante.


40 días para cambiar mi disposición a las cosas que me molestan.


40 días para vivir la Misericordia de Dios.

martes, 30 de marzo de 2010

¡Qué difícil!

¡Qué difícil es darle la cara a las cosas que lastiman! Sé que no he descubierto el hilo negro. A quien no le parezca difícil enfrentar lo que le duele es porque está muerto.

Con la llegada de esta cuaresma he tenido una serie de reflexiones que me han movido a la posibilidad de cambiar de actitud con respecto a las relaciones humanas.

Por muchos años fui yo sola y los conflictos propios de las relaciones personales no me afectaron mucho hasta hace poco tiempo, cuando decidí abrir un poco (o un mucho) el círculo de personas con las que interactúo.

Hay personas que tengo en muy alta estima y que por esta razón son parte importante de mi vida y como en todo, los hay quienes están de relleno, por decirlo de algún modo, y también los que son un mal necesario.

De todos estos grupos he recibido cosas buenas y malas; en ocasiones muchas atenciones y en otras una total y absoluta indiferencia. No me quejo, no espero que el mundo esté a mi disposición las 24 horas del día, los 365 días del año; simplemente no deja de sorprenderme el hecho de que lo que necesitas no siempre viene de quien normalmente lo esperarías.

A veces, los que son del grupo de males necesarios son los primeros que te confortan y esto me hace recapacitar en mi modo de verlos y de tratarlos.... creo que aunque sean "un mal necesario", no merecen mi indiferencia ni desconsideración.

Luego están los más queridos, que tristemente no siempre pueden estar para ti aunque quieran. Si te sientes defraudado por ellos, ¿tiras la toalla y cambias de seres queridos? Creo que tampoco se trata de eso.

En resumen, sin importar la condición del prójimo con respecto a ti, es tu actitud hacía ellos la que cuenta; pero ¿cómo se le hace para amar sin condiciones y sin prerrogativas? ¿Cómo se remueven los sentimientos que te empujan en sentido contrario?

domingo, 21 de febrero de 2010

Prueba no superada

Hace apenas unos días que terminé uno de los periodos más complicados que he tenido desde la segunda mitad del año pasado. Se supone que era un acto de caridad para alguien cercano y muy necesitado pero para mí significó: un castigo, una condena y una maldición.

Y es que en un mundo lleno de necesidades y de necesitados, es tan fácil decir: "Yo no puedo ayudar en este momento. Estoy lleno de necesidades, mejor que alguien venga y me ayude a mí".

¿Mezquino? Sí, seguramente lo es porque he visto a muchos que no tienen nada, salir a buscar y no para ellos sino para los que lo necesitan más.

Falle la prueba y me siento llena de vergüenza. Di mi ayuda sí, pero renegué a cada paso y todo el tiempo me sentí como Michael Corleone en The Godfather III cuando dice: "Just when I thought I was out... they pull me back in."

A veces pienso que la vida es una cadena eterna de pruebas que están predestinadas al fracaso, pero luego me pregunto si tendría algún sentido pasarla sin tener nada por mejorar o si todo fuera tan simple como subir o bajar un switch.

Lo que me queda de todo esto es que me hace mucha falta practicar el perdón y la caridad. Curiosamente ninguna de estas dos cosas estaban en mi lista de necesidades cuando me pidieron ayuda. Supongo que todo esto pasó para que me percatara de ello. ¡Vaya ironía! Quien no se merece nada por su corazón mezquino, al final hasta sale beneficiada.

Hoy lo único que le pido a Dios es que me ayude a procesar esos sentimientos que me impiden ver con claridad el verdadero objetivo dentro de la obra divina; que lo que pasa en la vida no es una condena aunque lo parezca, que todos tenemos nuestra dosis de lucha, de dolor y de necesidad y que la procesamos de muy variadas maneras.

Me esmeraré para revertir los efectos de este fracaso, se lo debo a mi padre eterno.