Cuando cumplí quince no creí tener mucho que festejar. Era una adolescente solitaria, aburrida, tímida, miedosa y deprimida, así que cuando mis papás me pusieron sobre la mesa la clásica disyuntiva "viaje o fiesta", la respuesta fue automática: ¡VIAJE! Y es que no había mucho que pensar. ¿Quién querría ser el centro de una fiesta a la que no había a quien invitar? Me horrorizaba la idea de que los invitados serían los compadres, comadres, amigos y parientes de mis papás y tal vez sólo un par de amigos míos, de que la comida, la música y el ambiente serían al gusto también de mis papás, y me entraba una especie de ataque de terror y ansiedad. Por otro lado, siempre había sido mi sueño conocer París, Venecia, Madrid, Londres, así que el viaje me permitía huír de mi patética e hipotética fiesta y cumplir mi sueño de viajar por Europa.
Ana tiene catorce. No hace mucho el ciclo de la vida se repitió y le pusimos sobre la mesa la clásica disyuntiva "viaje o fiesta", la respuesta fue automática: ¡FIESTA! Claro está que enseguida entró en acción el mecanismo mezquino-manipulador-lohagoportubien que a veces se nos dispara a las madres de hijas adolescentes y me dispuse a tratar de convencerla de que el viaje era su mejor opción, que debía considerar que el viaje duraría de tres semanas a un mes mientras que la fiesta terminaría en unas cuantas horas, que hay que buscar experiencias enriquecedoras en la vida, que se imaginara sus fotos frente a la Torre Eiffel y la Puerta de Alcalá y el London eye y bla-bla-bla, una larga perorata de argumentos que hace veintidós años usé para hacerme el cocowash y suturarme la herida de saberme incapaz de disfrutar una fiesta de XV.
Ana fue contundente y se mantuvo firme en su decisión. Quiere ponerse un vestido largo, ser el centro de atención, sentirse la reina de la noche, bailar con sus amigos, tomarse fotos locas, maquillarse y usar tacones. Quiere brillar, que es justo lo que yo evitaba por todos los medios a su edad. Afortunadamente el angelito sobre mi hombro derecho me susurró a tiempo que mi hija tiene el derecho absoluto de decidir qué tipo de festejo prefiere aunque no coincida con mi opinión y a fin de cuentas apoyé su decisión.
Hace un par de días comenzamos con los preparativos y, sorprendentemente, me he descubierto a mí misma disfrutando del proceso, emocionándome con los planes, recortando revistas y buscando ideas en internet para la decoración, el pastel, el vestido y el largo etcétera de elementos que componen un festejo de ese tamaño.
Me alegra haber descubierto a tiempo el error que cometía al tratar de que Ana siguiera mis pasos, pero me alegra más ver como defendió su sueño, cómo no renunció, cómo peleó por él a pesar de que el contrincante era su propia madre.
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viernes, 7 de octubre de 2011
sábado, 1 de octubre de 2011
La opinión que importa
¿Será que uno practica lo que aprende, aunque eso signifique fastidiarse la vida?
Hace unos meses caí perfectamente en la cuenta de cuan importante es para mí la opinión de los demás.
También me di cuenta de lo mucho que me ha afectado seguir esos estándares con los que los demás juzgan si soy buena o mala persona, si soy considerada o no, si soy buena en lo que hago o no.
¿Existen realmente esos estándares o siempre han estado en mi cabeza?
Bueno, debo admitir que la mayor parte de las veces esos estándares están sólo en mi cabeza. Conclusiones sobre su comportamiento, comparados con una lista en mi base de datos de comportamientos aceptados y no aceptados por parte de las personas.
No es mentira cuando decimos que somos nosotros mismos los peores jueces. La mayor parte de las veces a las que me refiero, todo sale de lo que yo misma fabrico en mis juicios y lo que creo que las personas piensan o pensarán de mí en equis o zeta caso; y al final, es solamente cuestión de achacarle ese juicio a alguien.
Cuando pequeñita, mi mamá tenía mucho cuidado con mi cabello, lo cepillaba todos los días y me peinaba de cientos de formas distintas. Sí, fui una preciosa muñeca de cabellos largos y rizados por mis primeros cinco o seis años. Me gustaba mucho mi cabello, pero soy consciente de que mantenerlo arreglado es todo un lío y teniendo que salir de casa a las 5:30 de la mañana, lo más práctico era optar por un cabello corto. Lloré y sufrí mucho la pérdida de mi larga cabellera, pero eso fue sólo el principio, lo peor vino cuando los demás me vieron y me dijeron: "pelona".
El cabello crece, pero si lo tienes rizado como yo, existe un periodo de tiempo entre que es corto y quiere dar el brinco a mediano, en donde lo mejor es que traigas permanentemente un casco de motociclista. Durante ese tiempo, pasé de "pelona" a "hija de _________ (un futbolista colombiano de los setentas con cabello afro, cuyo nombre no puedo recordar)".
Para evitar los comentarios, siempre procuré tenerlo corto y cuando decidí tenerlo largo, hice lo posible por traerlo agarrado con broches y cientos de pasadores. Una vez que logré tenerlo largo de nuevo, no volví a dejar que me lo cortaran más que de las puntitas para darle forma. Mi papá decía que ir a la estética era tirar el dinero a la basura.
Como el cabello, tuve cientos de otras cosas que cuidé sobre mi aspecto por no dar una imagen que no quería dar.
Ahora mi hijo mayor pasa por lo mismo y aunque lo entiendo perfectamente sus razones, la luz de los años me ha dicho que no vale la pena preocuparse por lo que dirán los demás. Cuando te preocupas por lo que los demás piensan (y también por lo que no piensan o lo que tú crees que piensan), estás en el camino correcto a una vida mayormente miserable.
Pero bueno, ¿qué puedo decirle si yo misma estoy en ese camino?
Supongo que lo mejor que puedo hacer es que, ahora que he visto la luz del otro lado del túnel, dejar que él descubra eventualmente lo que esto significa... con un poco de suerte, se dará cuenta antes de llegar a los cuarenta; tal como me pasó a mí.
Un abrazo con aprecio.
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viernes, 9 de septiembre de 2011
Once
Podría decirse que volver a la adolescencia es un tema reservado para el cine o para los libros de ciencia ficción, pero a mí me ha pasado y el proceso ha sido sin duda enriquecedor por las reflexiones a las que me ha dado ocasión, y divertido porque he aprendido a disfrutar la vida como viene sin cuestionarme tanto la forma.
Poco después de haber cumplido once años se dio la primera separación de mis papás, especialmente de mi mamá, con quien había pasado prácticamente las veinticuatro horas del día de los anteriores cinco años. Mi mamá en vida se desempeñó como maestra de primaria y maestra de dibujo técnico en secundaria. Su horario de trabajo era de 7:00 a.m. a 1:00 p.m. y de 2:00 a 6:30 p.m. Mientras estudié la primaria, la mejor opción fue que lo hiciera en las escuelas donde mi mamá trabajaba, porque en aquellos entonces no había esquemas de guarderías que pudieran atenderme durante el otro turno, así que los cinco años que cursé de primaria (son seis, pero yo pasé de tercero a quinto sin cursar cuarto año) los pasé con ella en tiempo completo.
Cuando me llegó el tiempo de estudiar la secundaria, las responsabilidades propias de los deberes de ese nivel educativo hicieron que termináramos con el esquema de ir todo el día a los dos tipos de escuela. Lo mejor para mi era acudir a una escuela en la ciudad (porque en esos años ella trabajaba en escuelas rurales) y dedicar el resto del día después de clases ocupándome de estudiar y hacer las muchas tareas que suelen dejar los muchos maestros que adquieres en este nivel.
Todo era muy normal, natural y por supuesto, lo más lógico y conveniente para todos. Como mi mamá y yo entrábamos a la misma hora y estábamos en escuelas diferentes, nos íbamos a la misma hora pero cada quien por su lado. Mientras mi papá trabajó en la ciudad, me llevó a la escuela por las mañanas, pero llegado el momento en que él se fuera a trabajar a otra ciudad, yo tomaba mi patín, por decirlo de algún modo, para ir a la escuela.
El proceso no debió implicar mayor impacto en mi vida, después de todo yo seguía teniendo papás, no es que me hubiera quedado huérfana ni nada por el estilo, pero la realidad es que mi súbito contacto con el mundo de afuera donde no había mamá que me protegiera o que estuviera pendiente de mí y de lo que pasaba conmigo durante el día, se convirtió en un parte aguas que determinó la forma en la que vi el mundo durante los siguientes veinticinco años. Por principio de cuentas me convertí en la señora de la casa. Yo hacía las compras diarias (en aquellos años ni las carnicerías, ni las verdulerías o tortillerías funcionaban después de las 3:00 de la tarde y le ayudaba a mi mamá con la comida y la limpieza de la casa). Llegar a una casa sola donde no hay qué comer si no lo preparas, me pesó mucho durante el primer año del cambio. Esperar a que llegara mi mamá por la noche para decirle que tenía que salir corriendo antes de que cerraran la papelería para comprar las láminas y cosas extras que me pedían en la escuela para hacer mi tarea fue una experiencia hasta cierto punto desgastante y desmotivador. Mis vecinitos llegaban a su casa y le contaban a su mamá todo lo que les había pasado durante el día, se lavaban y se sentaban a comer sopa caliente que seguramente sabía muy buena porque no estaba quemada ni cruda, ni salada, ni insípida. Cuando mis amigos de la escuela me invitaban a sus casas a comer y a pasar la tarde para estudiar y hacer tareas, era un día de fiesta porque comería rico y pasaría la tarde en familia, con los papás y hermanos de mis amigos. La secundaria fue una época particularmente difícil porque mi ingenuidad me jugó malas pasadas con maestros y compañeros que tomaron ventaja de mi inocencia y falta de autoestima.
Admito que durante años guardé mucho resentimiento hacía las personas y circunstancias que "me hicieron" sufrir en aquel tiempo. Los maestros que me exprimieron hasta que lograron que reventara, los compañeros que se burlaban de mí porque era flaquita y usaba zapatos ortopédicos, los niños que me gustaban y que nunca me hicieron en el mundo o cuando me notaban, lo hacían para maltratarme; la compañeríta que me cuestionaba el por qué yo leía libros de auto ayuda si había compañeras con desempeño brillante que no necesitaban hacer cosas raras como pedir ayuda de ningún tipo, los niños que físicamente me agredieron (oh sí, el bullying no es un asunto nuevo), las niñas que me invitaban a hacerme la pinta o a salirme de mi casa sin permiso, las que no podías contarles que te gustaba ver caricaturas cuando a ellas les gustaba ver telenovelas.
Mi bajo desempeño académico minó mi ánimo al punto de decidir no esforzarme más por cosas que estaban más allá de mí; estaba claro que no importaba cuánto me esforzara, nunca volvería a ser la alumna brillante que fui en mis años de primaria (que fue una de las razones por las que me pasaron de tercero a quinto en la primaria). Fue un tiempo que viví con miedo, tristeza y en el que aunque traté de comunicarles a mis papás lo que sentía, ellos no pudieron hacer mucho por mí más que escucharme y tratar de darme un consejo, aunque generalmente no era el consejo que esperaba. Así es la vida cuando dejas de ser niño pero no eres todavía un adulto. Estás verde y tu visión del mundo no va más allá del día a día y de las paredes de tu casa o barrio y escuela.
La parte buena de aquellos años fue que aunque tuve muchos compañeros que me agredieron, también tuve muy buenos amigos. Gente que quise mucho y que llenó esos dias de cariño, comprensión, diversión y apoyo. Fueron los primeros amigos estables que tuve (en mis años de primaria cambié de escuela varias veces), y con ellos viví las primeras experiencias de lo que significaba ser amigo y compañero. Con ellos compartí: risas, llantos, corajes, sustos (aquel temblor de 1985), travesuras, miedos, esperanzas, ilusiones y muchas otras cosas que por el momento se escapan de mi memoria.
Cuando mi mamá abandonó este mundo, yo volví a sentirme como cuando tenía once años. La diferencia ahora es que mi mamá no regresará a casa a las 8 de la noche.
El proceso no debió implicar mayor impacto en mi vida, después de todo yo seguía teniendo a mi papá, era una mujer adulta con una vida propia e independiente y con una famila. La muerte es un proceso natural por el que todos tenemos que pasar y aunque fuera sopresivo que mi mamá partiera porque ocurrió de pronto y sin previo aviso, no hay razón que justifique no aceptar las cosas como son y seguir la vida de la mejor manera posible. Después de todo mi mamá y yo ya no teníamos cosas en común más allá del nombre y el hecho de que éramos familia y nos teníamos el amor propio de los padres a los hijos y viceversa. Y aunque el tiempo y las circunstancias me hicieron decidir que para no sufrir lo mejor era poner una barrera, hoy me queda claro que no importa cuan alto y extenso hayas construido el muro, el dolor de las separaciones es inevitable y más cuando el vínculo que se ha roto es el que tenías con quien te dio la vida. Extraño mucho a mi mamá pero en aras de "saber" vivir mi nueva condición, me tragué muchas cosas que terminaron por lastimarme más de lo que me hubiera lastimado decepcionar a quienes admiraban mi forma adulta y madura de tomar las cosas.
Viví ocho meses de depresión que culminaron el día de mi cumpleaños número treinta y nueve como el día más triste de mi vida. Sí, estaba muy agradecida por tener la maravillosa familia que tengo a mi lado, sí, estuve frente al mar en compañía de mi marido y mi hijo mayor, sintiendo la brisa fresca en mi rostro, pero también sufría el hecho de que mi mamá ya no me llamaría para felicitarme, ya no volería a recordar lo que significó mi presencia en su vida. Sí, estaba triste y no era capaz de decirme a mí misma: Estoy triste, acéptame, porque no tiene nada de malo estar triste, aun cuando en la vida tienes muchas cosas por las cuales estar feliz y agradecida. Regresé de Vallarta y caí en cama con una infección renal, producto de mi mal cuidado estado general de salud. En esos días, el perro que había sobrevivido a mi mamá y que mi papá cuidaba, se salió de casa y murió atropellado. Son cosas que pasan. Habrá gente que las pueda asimilar con mayor facilidad. Habrá gente que no tenga necesidad de llorar y pueda superar los momentos que implican tristeza o preocupación sin mayor aspaviento. No es mi caso y por primera vez lo acepto y hago la paz con ello.
Sí, todo esto sucedió para que yo pasara de tenerle miedo a la vida, a disfrutarla con todo lo que trae. Y bueno, no volví a los once años nada más por eso. Curiosamente unos días después de que regresé de Vallarta, me encontré rodeada por mis excompañeros de secundaria. Muchos han vuelto de golpe, alguna de ellas para acompañarme en mi duelo y otros más para hacerme recordar todo aquello que borré de mi mente porque consideré que no valía la pena; también me han servido para volver a mirar sin condenar, los métodos con los que fui instruida por parte de los que fueron nuestros maestros.
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jueves, 9 de junio de 2011
El Café de los Cuentistas
La Cuidad de México tiene el estigma de inhabitable, de caótica, de sucia, de estresante, de insegura. Adjetivos todos ciertos pero tristemente no exclusivos de esta ciudad, todos cada vez más aplicables al resto de las ciudades de este pobrecito país al que se está llevando la chingada.
El caso es que vivir en esta ciudad tiene su lado muy oscuro pero también otro que vale la pena poner en perspectiva a la hora de evaluar la experiencia de ser su habitante, uno que hace que valga la pena aguantar vara, como dicen en mi pueblo.
Me gusta escribir. Seguramente no lo hago de manera virtuosa o especialmente artística, pero me gusta contar y, por ende, que me cuenten; me entusiasma la idea de saber quién está detrás de las letras, cómo son físicamente los responsables de generar las historias que leo, saber en qué se inspiran, cómo, cuándo.
El primer martes de cada mes se lleva a cabo El Café de los Cuentistas en el Péndulo de la colonia Roma. A las 7:30 comienza la experiencia de escuchar de viva voz de sus creadores una serie de cuentos, o bien un cuento algo más largo, para después iniciar una sesión de participación por parte del público en la que puedes preguntar lo que quieras. Me resulta enriquecedor ver de frente a cada escritor, observar la simplicidad que los acompaña; no parecen diferentes a los que estamos sentados de este lado del foro, no tienen una cabeza descomunal en la que sea evidente que generan millones de ideas más que nosotros, o un rostro de infinita belleza que sea el reflejo de lo que son capaces de regalarle a las letras y palabras acomodadas de tal o cual manera. De niña creía que quien era capaz de escribir un libro seguramente sería una persona excepcionalmente inteligente, fuera de cualquier parámetro conocido por mí en aquel entorno rural en el que el único libro que existía en las casas era la Biblia. Imaginaba a Louise May Alcott, a Edmundo De Amicis, a Antoine de Saint-Exupéry como seres mágicos, poseedores de talento y conocimiento absoluto, y sentía una envidia que trataba de esconder hasta de mis mismos pensamientos, envidia por la absoluta certeza de que yo jamás sería capaz de semejante hazaña.
Haber tenido la oportunidad de mirar de cerca a Ana García Bergua, a Rafael Pérez Gay, a Paola Tinoco y a Alberto Chimal, me ha hecho sacudirme esas creencias infantiles que de alguna manera habían permanecido en mi memoria actualizándose con cada autor nuevo que he leído hasta la fecha, para ceder su lugar a una humanización del escritor ante mis ojos. La conclusión obligada es: si en apariencia son tan comunes como yo, seguro que dentro sucede algo similar; así que tal vez, si me esfuerzo, algún día yo también podría...
Una experiencia que dificilmente viviendo fuera de este caos llamado Ciudad de México, podría haber tenido la fortuna de vivir.
El caso es que vivir en esta ciudad tiene su lado muy oscuro pero también otro que vale la pena poner en perspectiva a la hora de evaluar la experiencia de ser su habitante, uno que hace que valga la pena aguantar vara, como dicen en mi pueblo.
Me gusta escribir. Seguramente no lo hago de manera virtuosa o especialmente artística, pero me gusta contar y, por ende, que me cuenten; me entusiasma la idea de saber quién está detrás de las letras, cómo son físicamente los responsables de generar las historias que leo, saber en qué se inspiran, cómo, cuándo.
El primer martes de cada mes se lleva a cabo El Café de los Cuentistas en el Péndulo de la colonia Roma. A las 7:30 comienza la experiencia de escuchar de viva voz de sus creadores una serie de cuentos, o bien un cuento algo más largo, para después iniciar una sesión de participación por parte del público en la que puedes preguntar lo que quieras. Me resulta enriquecedor ver de frente a cada escritor, observar la simplicidad que los acompaña; no parecen diferentes a los que estamos sentados de este lado del foro, no tienen una cabeza descomunal en la que sea evidente que generan millones de ideas más que nosotros, o un rostro de infinita belleza que sea el reflejo de lo que son capaces de regalarle a las letras y palabras acomodadas de tal o cual manera. De niña creía que quien era capaz de escribir un libro seguramente sería una persona excepcionalmente inteligente, fuera de cualquier parámetro conocido por mí en aquel entorno rural en el que el único libro que existía en las casas era la Biblia. Imaginaba a Louise May Alcott, a Edmundo De Amicis, a Antoine de Saint-Exupéry como seres mágicos, poseedores de talento y conocimiento absoluto, y sentía una envidia que trataba de esconder hasta de mis mismos pensamientos, envidia por la absoluta certeza de que yo jamás sería capaz de semejante hazaña.
Haber tenido la oportunidad de mirar de cerca a Ana García Bergua, a Rafael Pérez Gay, a Paola Tinoco y a Alberto Chimal, me ha hecho sacudirme esas creencias infantiles que de alguna manera habían permanecido en mi memoria actualizándose con cada autor nuevo que he leído hasta la fecha, para ceder su lugar a una humanización del escritor ante mis ojos. La conclusión obligada es: si en apariencia son tan comunes como yo, seguro que dentro sucede algo similar; así que tal vez, si me esfuerzo, algún día yo también podría...
Una experiencia que dificilmente viviendo fuera de este caos llamado Ciudad de México, podría haber tenido la fortuna de vivir.
jueves, 25 de febrero de 2010
El metro, yo y la desesperanza
Mi mundo se está cayendo a pedazos. Lo supe ayer y en ese momento pensé que no tendría problema en superarlo. La desesperanza me llegó después, o mejor dicho yo llegué a su territorio y fue inevitable que se me trepara a los hombros.
El metro es, en el México actual tan jodido y caótico, el lugar perfecto para que la desesperanza haga de las suyas. Gente que viaja grandes distancias urbanas, apretados como atunes en lata, sentados o parados sin hacer más que dormir, leer o pensar en sus broncas y miserias; gente que cierra los ojos para no ver la dolencia del otro y encontrarse con la propia tan irremediable a veces, tan despiadada siempre; gente que duerme para no pensar, que escucha las ofertas del vendedor de discos piratas para no atender a los reclamos de la miseria de un país entero.
Y yo en medio, siendo parte de todo eso por primera vez en mi vida, cerrando mis ojos, oyendo los cortos de música dance que salen de la mochila mugrosa del ambulante, pensando en un futuro incierto, intentando mantener la cordura, encontrándola en esas manos que me sostienen siempre, sonriendo a pesar del miedo atorado en el cogote.
El metro es, en el México actual tan jodido y caótico, el lugar perfecto para que la desesperanza haga de las suyas. Gente que viaja grandes distancias urbanas, apretados como atunes en lata, sentados o parados sin hacer más que dormir, leer o pensar en sus broncas y miserias; gente que cierra los ojos para no ver la dolencia del otro y encontrarse con la propia tan irremediable a veces, tan despiadada siempre; gente que duerme para no pensar, que escucha las ofertas del vendedor de discos piratas para no atender a los reclamos de la miseria de un país entero.
Y yo en medio, siendo parte de todo eso por primera vez en mi vida, cerrando mis ojos, oyendo los cortos de música dance que salen de la mochila mugrosa del ambulante, pensando en un futuro incierto, intentando mantener la cordura, encontrándola en esas manos que me sostienen siempre, sonriendo a pesar del miedo atorado en el cogote.
viernes, 12 de febrero de 2010
El poeta de Marina Nacional
Media tarde de un martes ajetreado; calor, tráfico, prisas. En el cruce de Marina Nacional y Circuito Interior me encuentro sus ojos claros, grandes, expresivos. Canto poemas por una moneda, me dice y empieza a recitar con aire de gran poeta, detrás del cubrebocas azul que combina con sus iris, algo que se parece más a un refrán, no de los trillados sino de los que la vida enseña a su paso lento y doloroso. ¿Cómo llegó a allí?, ¿qué hacía antes?, ¿qué miraron sus ojos en su lejana juventud?, ¿cuántos de sus poemas reciben monedas y cuántos muecas y vidrios cerrados?, ¿cuánto se debe pagar por sus versos? Tal vez veinte pesos no sean suficientes... seguramente no lo son pero supongo que significan un kilo de tortillas y un refresco, y supongo también que es mucho más de lo que está habituado a recibir.
Me siento miserable. Un poema no vale veinte pesos y lo sé; lo que no sé es qué otro precio pude haber pagado.
Me siento miserable. Un poema no vale veinte pesos y lo sé; lo que no sé es qué otro precio pude haber pagado.
viernes, 28 de agosto de 2009
Ranitas

- Quédate un rato, mami - me pidió Ger cuando fui a su cama a cobijarlo y bendecirlo antes de dormir. No pude resistirme a la súplica de sus ojitos a pesar de que había tenido un día pesado, y lo único que deseaba era darme un baño y abandonarme al sueño durante horas. Me recosté junto a él y me abrazó, justo entonces agradecí a la culpa que ataca a las madres ausentes de casa el día entero, no haberme permitido cumplir el capricho de mi cuerpo agotado, el haberme obligado a quedarme para recibir el regalo de sus brazos, aun pequeños pero no por mucho tiempo, al rededor de mi cuello y escuchar su vocecilla dulce preguntarme:
- ¿Qué es lo que más te gustaba hacer cuando eras niña? Claro, además de leer.
¿Por qué siempre preguntas cosas tan complicadas de responder? Le pregunté en silencio.
No fue la primera vez que mi hijo me sometió a ese tipo de interrogatorio complejísimo en el que las respuestas no están a la mano de la memoria, sino escondidas en algún recoveco lejano de mis archivos más empolvados en el mejor de los casos, en el peor, simplemente no existen.
- Comer capulines.
- Pero... algo diferente de comer. No se vale que me digas que leer o comer o jugar, eso es algo que a todos los niños nos gusta -dijo condecendiente con esa madre suya que no entendió el sentido primario de su pregunta.
Busqué nuevamente en mi memoria y de a poco comencé a despertar hacia algunas respuestas dormidas por años. Recordé ver la lluvia desde la cocina de mi abuela, detrás de esa puertita verde a media altura sobre cuyo borde recargaba mis brazos cruzados y mi barbilla para contemplar las "ranitas", que no eran otra cosa que el caer y rebotar de las gotas sobre los charcos multiplicadas por cientos. Me gustaba contarlas aunque debo admitir que nunca llegué a más de cuarenta. Imaginaba que eran ranitas que saltaban y croaban en medio de una fiesta animadísima. Recordé también los pasteles de lodo, el olor a eucalipto en el patio de mi abuela, un calentador viejo e inservible que mis primas y yo jurábamos era una especie de receptor de mensajes extraterrestres, ver los aviones chiquitos en el cielo perderse entre las nubes y aparecer de nuevo segundos después mientras trataba de imaginarme qué se sentiría viajar en uno de ellos, ¿se haría "la panza chiquita"?, ¿se sentiría feo?, ¿bonito?
Uno a uno los recuerdos se desgranaron en mi mente y de ahí viajaron a mi boca para, finalmente, contarle a mi hijo lo que me gustaba hacer de niña. Él escuchó atento cada palabra y después de un largo rato, interrumpido por el "¡Ya son veinte para las diez y ese niño sigue despierto!" de mi esposo siempre atento a los horarios, me despedí de Ger sin sentir más el cansancio del día y con una sonrisa enorme en mi boca y en mi corazón.
Gracias, hijo, por haberme hecho voltear hacia mí misma una vez más.
- ¿Qué es lo que más te gustaba hacer cuando eras niña? Claro, además de leer.
¿Por qué siempre preguntas cosas tan complicadas de responder? Le pregunté en silencio.
No fue la primera vez que mi hijo me sometió a ese tipo de interrogatorio complejísimo en el que las respuestas no están a la mano de la memoria, sino escondidas en algún recoveco lejano de mis archivos más empolvados en el mejor de los casos, en el peor, simplemente no existen.
- Comer capulines.
- Pero... algo diferente de comer. No se vale que me digas que leer o comer o jugar, eso es algo que a todos los niños nos gusta -dijo condecendiente con esa madre suya que no entendió el sentido primario de su pregunta.
Busqué nuevamente en mi memoria y de a poco comencé a despertar hacia algunas respuestas dormidas por años. Recordé ver la lluvia desde la cocina de mi abuela, detrás de esa puertita verde a media altura sobre cuyo borde recargaba mis brazos cruzados y mi barbilla para contemplar las "ranitas", que no eran otra cosa que el caer y rebotar de las gotas sobre los charcos multiplicadas por cientos. Me gustaba contarlas aunque debo admitir que nunca llegué a más de cuarenta. Imaginaba que eran ranitas que saltaban y croaban en medio de una fiesta animadísima. Recordé también los pasteles de lodo, el olor a eucalipto en el patio de mi abuela, un calentador viejo e inservible que mis primas y yo jurábamos era una especie de receptor de mensajes extraterrestres, ver los aviones chiquitos en el cielo perderse entre las nubes y aparecer de nuevo segundos después mientras trataba de imaginarme qué se sentiría viajar en uno de ellos, ¿se haría "la panza chiquita"?, ¿se sentiría feo?, ¿bonito?
Uno a uno los recuerdos se desgranaron en mi mente y de ahí viajaron a mi boca para, finalmente, contarle a mi hijo lo que me gustaba hacer de niña. Él escuchó atento cada palabra y después de un largo rato, interrumpido por el "¡Ya son veinte para las diez y ese niño sigue despierto!" de mi esposo siempre atento a los horarios, me despedí de Ger sin sentir más el cansancio del día y con una sonrisa enorme en mi boca y en mi corazón.
Gracias, hijo, por haberme hecho voltear hacia mí misma una vez más.
miércoles, 17 de junio de 2009
A veces me pregunto
A veces me pregunto si la vida es complicada por sí misma o si somos nosotros los que nos la complicamos.
Anoche llovió en mi pueblo y como siempre que pasa, los chocados y los "quedados" no pudieron faltar haciendo el tráfico más y más pesado esta mañana. Me estresé cuando vi que eran las 7:43 y el tráfico estaba parado a un kilómetro de distancia del colegio de mis hijos que tienen que estar dentro de edificio a las 7:55 para el primer toque, o a más tardar a las 8:00 para el cierre de la puerta.
Pude haber tomado una salida antes pero corría el riesgo de que la lateral estuviera igual de congestionada y con el inconveniente del semáforo, así que me apegué a mi ruta de siempre y conforme fui avanzando me di cuenta que la lateral no solo no estaba congestionada, estaba VACIA. ¡Plop!
Después de darme de topes contra el parabrisas por no haberme animado a salir, llamé al colegio y les dije que estaba atrapada en el tráfico, que me dejaran entrar a mis hijos aun si ya habían dado el segundo toque de las 8:00.
Muy amablemente la recepcionista me tomó los nombres de mis hijos y me dijo que me quedara sin pendiente.
Después de la llamada, el tráfico (casi casi como por arte de magia) se empezó a mover y recorrí ese último kilómetro en un tiempo razonable. Atravesamos la puerta del colegio a las 8:00 en punto, di las bendiciones a mil por hora, dejé la bendita cooperación para la convivencia familiar del sábado y hablé con la maestra de mi hijo mayor sobre su ansiedad porque su papá está de viaje y en menos de 3 minutos pude volver a respirar de camino a la oficina.
Antes de salir de la escuela pasé a recepción para avisar que sí alcanzamos a entrar y que ya no era necesario que los esperaran en la puerta así que me fui al trabajo con una loza menos de peso de encima.
Esto no es el pan nuestro de cada día porque generalmente mi marido y yo hacemos un muy buen equipo y entre los dos podemos sacar la rutina adelante pero cuando uno falta, el trabajo parece duplicarse para el que se queda y encima de eso, el imponderable siempre hace su aparición. Como bien dicen por ahí: "Murphy no falla" (por aquello de la ley de Murphy que dice que si algo tiene posibilidades de salir mal, saldrá mal).
Habrá quien después de esto diga: "pobre mujer" y habrá quien diga: "ésta se ahoga en un vaso con agua", pero la verdad de las cosas es que con todas las anécdotas de cosas que me han pasado mientras mi marido está de viaje, podría escribir un libro de cuentos llorosos y jocosos para amas de casa.
Lo único que espero es que este año no se me inunde la casa mientras mis hijos estén en cama con alguna infección extraña y afuera esté cayendo un aguacero que me haga sacar un "kayac" para ir a la farmacia a conseguir medicina.
Si algo parecido a esto no pasa, entonces estaré del otro lado. Jajajajajajaja.
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