Vuelvo la mirada hacia atrás, hacia el camino andado. Poco más de un año ha pasado desde que abrí los ojos y me hice consciente de mi propia existencia, de mi sitio en el mundo, de lo que puedo y no cambiar, de los costales de culpa que he cargado desde que di el primer paso de mi andar por esta vida que, a pesar de contar con treinta y ocho años en su haber, comienza apenas a ser mía.
Vuelvo los ojos y miro, los cadáveres de mi ceguera, los restos de mi me-considero-tan-poquita-cosa, la sombre de mi no-digo-lo-que-siento-y-pienso. Miro a mi yo-niña bastante recuperada, "mejorcita" como diría mi abuela materna; sonríe un poco y no puedo hacer menos que devolverle la sonrisa. Miro a mi yo-adolescente y por primera vez no es dolor y vergüenza lo que me acomete, se siente bien ese hálito de auto aprecio que le sale de los ojos, esa nueva mirada que se dirige a sí misma en el espejo que sostiene con su mano derecha. Varias de sus heridas han cerrado, ahora sí, de forma definitiva; otras siguen en proceso, pero ese proceso ha dejado de ser doloroso. Los amores truncos ya no duelen, ni los amigos que no quisieron quedarse.
No puedo hablar de una existencia de pura luz. Quedan sombras. Muchas. Quedan miedos y dolores y reproches y cientos de pequeños mounstros que seguirán al acecho, pero la vida también se compone de eso, y trato de enfrentarlos, he dejado de darles la vuelta. Supongo que es lo que seguiré haciedo cada uno de los días que me quedan. No puedo presumir de un optimismo a ultranza ni de falta de días nublandos. No puedo decir que no hay días en los que grito PORCA MISERIA más de la cuenta. No puedo decir que he aprendido a poner la otra mejilla. Pero sigo en el intento de encontrarme, de soltar lo que me duele, de procurarme una vida en la que la constante sean mis propias decisiones y el asumir las consecuencias, buenas o malas. Sigo en el intento de ejercer ese poder recién descubierto de decidir cómo quiero que me afecte lo que sucede afuera. Sigo aprendiendo.
Vuelvo los ojos de nuevo a mis pasos, hoy venturosamente más confiados.
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domingo, 8 de abril de 2012
viernes, 7 de octubre de 2011
La clásica disyuntiva
Cuando cumplí quince no creí tener mucho que festejar. Era una adolescente solitaria, aburrida, tímida, miedosa y deprimida, así que cuando mis papás me pusieron sobre la mesa la clásica disyuntiva "viaje o fiesta", la respuesta fue automática: ¡VIAJE! Y es que no había mucho que pensar. ¿Quién querría ser el centro de una fiesta a la que no había a quien invitar? Me horrorizaba la idea de que los invitados serían los compadres, comadres, amigos y parientes de mis papás y tal vez sólo un par de amigos míos, de que la comida, la música y el ambiente serían al gusto también de mis papás, y me entraba una especie de ataque de terror y ansiedad. Por otro lado, siempre había sido mi sueño conocer París, Venecia, Madrid, Londres, así que el viaje me permitía huír de mi patética e hipotética fiesta y cumplir mi sueño de viajar por Europa.
Ana tiene catorce. No hace mucho el ciclo de la vida se repitió y le pusimos sobre la mesa la clásica disyuntiva "viaje o fiesta", la respuesta fue automática: ¡FIESTA! Claro está que enseguida entró en acción el mecanismo mezquino-manipulador-lohagoportubien que a veces se nos dispara a las madres de hijas adolescentes y me dispuse a tratar de convencerla de que el viaje era su mejor opción, que debía considerar que el viaje duraría de tres semanas a un mes mientras que la fiesta terminaría en unas cuantas horas, que hay que buscar experiencias enriquecedoras en la vida, que se imaginara sus fotos frente a la Torre Eiffel y la Puerta de Alcalá y el London eye y bla-bla-bla, una larga perorata de argumentos que hace veintidós años usé para hacerme el cocowash y suturarme la herida de saberme incapaz de disfrutar una fiesta de XV.
Ana fue contundente y se mantuvo firme en su decisión. Quiere ponerse un vestido largo, ser el centro de atención, sentirse la reina de la noche, bailar con sus amigos, tomarse fotos locas, maquillarse y usar tacones. Quiere brillar, que es justo lo que yo evitaba por todos los medios a su edad. Afortunadamente el angelito sobre mi hombro derecho me susurró a tiempo que mi hija tiene el derecho absoluto de decidir qué tipo de festejo prefiere aunque no coincida con mi opinión y a fin de cuentas apoyé su decisión.
Hace un par de días comenzamos con los preparativos y, sorprendentemente, me he descubierto a mí misma disfrutando del proceso, emocionándome con los planes, recortando revistas y buscando ideas en internet para la decoración, el pastel, el vestido y el largo etcétera de elementos que componen un festejo de ese tamaño.
Me alegra haber descubierto a tiempo el error que cometía al tratar de que Ana siguiera mis pasos, pero me alegra más ver como defendió su sueño, cómo no renunció, cómo peleó por él a pesar de que el contrincante era su propia madre.
Ana tiene catorce. No hace mucho el ciclo de la vida se repitió y le pusimos sobre la mesa la clásica disyuntiva "viaje o fiesta", la respuesta fue automática: ¡FIESTA! Claro está que enseguida entró en acción el mecanismo mezquino-manipulador-lohagoportubien que a veces se nos dispara a las madres de hijas adolescentes y me dispuse a tratar de convencerla de que el viaje era su mejor opción, que debía considerar que el viaje duraría de tres semanas a un mes mientras que la fiesta terminaría en unas cuantas horas, que hay que buscar experiencias enriquecedoras en la vida, que se imaginara sus fotos frente a la Torre Eiffel y la Puerta de Alcalá y el London eye y bla-bla-bla, una larga perorata de argumentos que hace veintidós años usé para hacerme el cocowash y suturarme la herida de saberme incapaz de disfrutar una fiesta de XV.
Ana fue contundente y se mantuvo firme en su decisión. Quiere ponerse un vestido largo, ser el centro de atención, sentirse la reina de la noche, bailar con sus amigos, tomarse fotos locas, maquillarse y usar tacones. Quiere brillar, que es justo lo que yo evitaba por todos los medios a su edad. Afortunadamente el angelito sobre mi hombro derecho me susurró a tiempo que mi hija tiene el derecho absoluto de decidir qué tipo de festejo prefiere aunque no coincida con mi opinión y a fin de cuentas apoyé su decisión.
Hace un par de días comenzamos con los preparativos y, sorprendentemente, me he descubierto a mí misma disfrutando del proceso, emocionándome con los planes, recortando revistas y buscando ideas en internet para la decoración, el pastel, el vestido y el largo etcétera de elementos que componen un festejo de ese tamaño.
Me alegra haber descubierto a tiempo el error que cometía al tratar de que Ana siguiera mis pasos, pero me alegra más ver como defendió su sueño, cómo no renunció, cómo peleó por él a pesar de que el contrincante era su propia madre.
lunes, 26 de septiembre de 2011
Ana crece
Ana crece. Usa, a veces, un tacón pequeño y pinta a diario sus ojos con una rayita azul en el borde de sus párpados inferiores. Sonríe mucho y canta todo el tiempo. Usa jeans entalladitos y blusas de mucha moda. Escucha música siempre y de muchos tipos. Lee novelas de amor en varios idiomas.
Ana crece. Llora a veces. Pocas. Parece entender, a sus catorce, de lo que se trata la vida y va por ella ligera, sonriente, con luz en los ojos. Defiende sus ideas. Nunca se queda callada. Se levanta más temprano que todos y abre la puerta a Lucas para que salga a la pis. Lo regaña y lo consiente.
Ana crece y ama. Mucho. Se mira al espejo. Sabe de su hermosura y disfruta su reflejo, pero no se envanece de más. Sabe que ella no es sólo belleza física. Sabe que lo más grande que tiene está en su pecho y en su cabeza. Hace planes para el futuro. Se avienta al ruedo. Siempre.
Ana crece y comprende que ningún dolor es eterno, así que, cuando algo le duele llora poquito y después vuelve a sonreír. Corre a mis brazos aún, y me canta y me cuenta.
Ana crece y es mi alegría. Toda. Siempre. Cada día.
Ana crece. Llora a veces. Pocas. Parece entender, a sus catorce, de lo que se trata la vida y va por ella ligera, sonriente, con luz en los ojos. Defiende sus ideas. Nunca se queda callada. Se levanta más temprano que todos y abre la puerta a Lucas para que salga a la pis. Lo regaña y lo consiente.
Ana crece y ama. Mucho. Se mira al espejo. Sabe de su hermosura y disfruta su reflejo, pero no se envanece de más. Sabe que ella no es sólo belleza física. Sabe que lo más grande que tiene está en su pecho y en su cabeza. Hace planes para el futuro. Se avienta al ruedo. Siempre.
Ana crece y comprende que ningún dolor es eterno, así que, cuando algo le duele llora poquito y después vuelve a sonreír. Corre a mis brazos aún, y me canta y me cuenta.
Ana crece y es mi alegría. Toda. Siempre. Cada día.
viernes, 11 de marzo de 2011
Esa que soy cuando cruzo la meta

Cruzar un umbral significa salir y entrar. Tal vez por eso nos causa tanta fascinación una puerta, mucho más si está cerrada. Cruzar un umbral significa movimiento, cambio, abandono de la zona de confort. Salir significa abandonar. Entrar encierra la posibilidad de algo nuevo, de algo por conocer y, por lo tanto, desconocido. A pocos nos entusiasma enfrentarnos a eso, así que nos aferramos a nuestras rutinas y prácticas comunes aplicando el viejo y conformista adagio "más vale malo por conocido que bueno por conocer" para justificar ante el mundo y ante nosotros mismos nuestra cobardía.
Me reconozco como una cobarde. Jamás he sido de las que arriesgan. Me gusta el terreno seguro. Cuando era niña odiaba dejar de tocar el suelo; las resbaladillas eran uno de mis grandes temores, al columpio sólo me subía si el balanceo era suave y corto. Contradictoriamente amo la sensación de volar, del aire sobre la cara; pero eso sí, siempre y cuando me sienta en control de la situación. Me gusta controlar o por lo menos sentir que lo hago. Entiendo que esto me vuelve una mujer cuadrada. Contradictoriamente me gusta crear, creer, soñar, adoro las formas suaves y redondeadas. Ya sé que suena confuso, pero ya casi llego al punto que deseo explicar, lo prometo.
Mi auto análisis me lleva a la conclusión de que soy un ser reprimido, alguien que anhela la libertad pero que no se permite a sí misma experimentarla, alguien que quisiera ser casi todo lo que no es pero no se atreve a luchar por ello, alguien que nunca ha estado en el momento y lugar correctos para empezar su propia historia de sueños cumplidos.
Hace poco más de cinco semanas fui en contra de mi auto represión. Me monté en una ola impulsiva y me incribí a una carrera de diez kilómetros para mujeres: la Nike Nosotras Corremos. ¿Cómo fuiste capaz? ¡No estás preparada! ¡Con tantas dificultades corres cinco! ¡Eres muy lenta! ¡Falta muy poco tiempo! ¡No vas a lograrlo! Una y otra vez intenté sabotearme como tantas y tantas en el pasado, pero la locura ya había sido cometida y el comprobante de pago y de inscripción temblaba en mis manos. Tenía dos caminos: rajarme y ser fiel a mis miedos o aventarme al ruedo y sentir por primera vez en mi vida que había asumido el riesgo correcto. Me mantuve firme y opté por la segunda, finalmente si no lograba terminar nadie moriría.
Desde ese momento mi vida empezó a girar en torno a la carrera y mi preparación rumbo a la meta. Hablé con mi familia para que entendieran la importancia de mi reto y me dieran todo el tiempo y espacio posible para prepararme. Dejé de fumar, cambié mi forma de alimentarme, descargué un programa de entrenamiento del sitio de internet de la marca organizadora, y me puse a entrenar. No fallé un sólo día, aunque hiciera frío, aunque me tocaran los odiosos fartlek, aunque me sintiera cansadisisísima. En mi mente sólo existía la necesidad de no llegar última, pero sobre todo de no ser levantada por "la barredora", un camioncito que recorrería la ruta después de noventa minutos de iniciada la carrera para ir recogiendo a las corredoras que aún no hubieran llegado a la meta. Trabajé mucho a nivel mental para asimilar profundamente que el reto era sólo contra mí, para creerme que podría.
El día anterior a la carrera hice todo lo recomendado: tomé mucha agua, comí carbohidratos, descancé y me dormí temprano.
El 6 de marzo de 2011 cambió mi vida. La vibra que se siente en una carrera de esas no tiene comparación. Miles de mujeres metidas en miles playeras naranja y likras negras llenábamos el infield del Hipódromo de las Américas, todas emocionadas, cada una con su propio sueño por cumplir. El disparo de salida sonó y el nervio que me había acompañado desde el día anterior se convirtió en una explosión de adrenalina. Finalmente había llegado el momento para el que tanto me preparé durante cinco semanas. Finalmente había llegado el momento de hacer algo por mí, para mí, desde mi yo más interno. Ahí no era la mamá de ni la esposa de ni la hija de ni la hermana de ni la jefa de, ahí era simplemente yo en medio de otras ocho mil mujeres, sola, buscando romper mis eternos esquemas de derrota y auto sabotaje. Empecé a correr con algunas lágrimas bailándome en los ojos. Me permanecía un miedo que se iba disipando conforme avanzaba y escuchaba las porras y los gritos de aliento que nos regalaban cientos de personas apostadas a los lados de la ruta. Cierto era que muchas corredoras me rebasaban pero jamás sentí ese terror que imaginé tantas veces mientras entrenaba. Establecí mi ritmo de carrera y me apegué a él aunque la adrenalina me pedía ir más rápido. A los dos kilómetros ya había dejado atrás cualquier carga negativa y corría serena, disfrutando, sonriendo, agradeciendo a los porristas, leyendo los ingeniosos carteles de apoyo que sostenían sobre sus cabezas mientras no dejaban de gritar "¡Venga! ¡Vamos! ¡Sí se puede! ¡Son todas unas campeonas!". Llegué a la meta exactamente a la hora con quince minutos de haber cruzado la línea de salida, entera, con fuerza suficiente como para correr otros tres o cuatro kilómetros, feliz, satisfecha, eufórica, con los brazos levantados y las lágrimas cayéndome sobre el rostro previamente mojado por el sudor, sintiéndome fuerte, valiente, poderosa, capaz de cualquier cosa.
Nunca antes me había sentido así.
Nunca después seré la misma persona.
Finalmente, al cabo de treinta y siete años crucé el umbral, descubrí que puedo si quiero, que las limitaciones las he traído siempre dentro de mí, sobre mi espalda como un saco pesado, como un lastre al que tristemente me acostumbré a cargar cmo si no hubiera otra alternativa. Y es que no la había, no hasta que la venda se me cayó de los ojos al cruzar la meta.
Hoy veo la vida de otra manera. Hoy quiero enfrentar todos los retos que había venido posponiendo. Hoy no me cuesta trabajo levantarme por la mañana a enfrentar el día, sin contar las horas que faltan para volver a dormir por la noche. Hoy asumo la absoluta responsabilidad de mi vida sin buscar culpables ni pretextos.
El próximo 10 de abril correré de nuevo y pronto comenzaré a entrenar para el medio maratón de la Ciudad de México a celebrarse en septiembre próximo. Por un rato seguirán sin importarme los tiempos y permaneceré enfocada en terminar antes de que los organizadores "levanten el changarro", seguramente con el paso de los meses comenzaré a preocuparme por esos mounstritos que aderezan y acompañan la vida del corredor. Mientras tanto seguiré disfrutando de los albores de mi amateurismo, y seguiré corriendo detrás de mí misma, detrás de esa que soy cuando cruzo la meta.
Me reconozco como una cobarde. Jamás he sido de las que arriesgan. Me gusta el terreno seguro. Cuando era niña odiaba dejar de tocar el suelo; las resbaladillas eran uno de mis grandes temores, al columpio sólo me subía si el balanceo era suave y corto. Contradictoriamente amo la sensación de volar, del aire sobre la cara; pero eso sí, siempre y cuando me sienta en control de la situación. Me gusta controlar o por lo menos sentir que lo hago. Entiendo que esto me vuelve una mujer cuadrada. Contradictoriamente me gusta crear, creer, soñar, adoro las formas suaves y redondeadas. Ya sé que suena confuso, pero ya casi llego al punto que deseo explicar, lo prometo.
Mi auto análisis me lleva a la conclusión de que soy un ser reprimido, alguien que anhela la libertad pero que no se permite a sí misma experimentarla, alguien que quisiera ser casi todo lo que no es pero no se atreve a luchar por ello, alguien que nunca ha estado en el momento y lugar correctos para empezar su propia historia de sueños cumplidos.
Hace poco más de cinco semanas fui en contra de mi auto represión. Me monté en una ola impulsiva y me incribí a una carrera de diez kilómetros para mujeres: la Nike Nosotras Corremos. ¿Cómo fuiste capaz? ¡No estás preparada! ¡Con tantas dificultades corres cinco! ¡Eres muy lenta! ¡Falta muy poco tiempo! ¡No vas a lograrlo! Una y otra vez intenté sabotearme como tantas y tantas en el pasado, pero la locura ya había sido cometida y el comprobante de pago y de inscripción temblaba en mis manos. Tenía dos caminos: rajarme y ser fiel a mis miedos o aventarme al ruedo y sentir por primera vez en mi vida que había asumido el riesgo correcto. Me mantuve firme y opté por la segunda, finalmente si no lograba terminar nadie moriría.
Desde ese momento mi vida empezó a girar en torno a la carrera y mi preparación rumbo a la meta. Hablé con mi familia para que entendieran la importancia de mi reto y me dieran todo el tiempo y espacio posible para prepararme. Dejé de fumar, cambié mi forma de alimentarme, descargué un programa de entrenamiento del sitio de internet de la marca organizadora, y me puse a entrenar. No fallé un sólo día, aunque hiciera frío, aunque me tocaran los odiosos fartlek, aunque me sintiera cansadisisísima. En mi mente sólo existía la necesidad de no llegar última, pero sobre todo de no ser levantada por "la barredora", un camioncito que recorrería la ruta después de noventa minutos de iniciada la carrera para ir recogiendo a las corredoras que aún no hubieran llegado a la meta. Trabajé mucho a nivel mental para asimilar profundamente que el reto era sólo contra mí, para creerme que podría.
El día anterior a la carrera hice todo lo recomendado: tomé mucha agua, comí carbohidratos, descancé y me dormí temprano.
El 6 de marzo de 2011 cambió mi vida. La vibra que se siente en una carrera de esas no tiene comparación. Miles de mujeres metidas en miles playeras naranja y likras negras llenábamos el infield del Hipódromo de las Américas, todas emocionadas, cada una con su propio sueño por cumplir. El disparo de salida sonó y el nervio que me había acompañado desde el día anterior se convirtió en una explosión de adrenalina. Finalmente había llegado el momento para el que tanto me preparé durante cinco semanas. Finalmente había llegado el momento de hacer algo por mí, para mí, desde mi yo más interno. Ahí no era la mamá de ni la esposa de ni la hija de ni la hermana de ni la jefa de, ahí era simplemente yo en medio de otras ocho mil mujeres, sola, buscando romper mis eternos esquemas de derrota y auto sabotaje. Empecé a correr con algunas lágrimas bailándome en los ojos. Me permanecía un miedo que se iba disipando conforme avanzaba y escuchaba las porras y los gritos de aliento que nos regalaban cientos de personas apostadas a los lados de la ruta. Cierto era que muchas corredoras me rebasaban pero jamás sentí ese terror que imaginé tantas veces mientras entrenaba. Establecí mi ritmo de carrera y me apegué a él aunque la adrenalina me pedía ir más rápido. A los dos kilómetros ya había dejado atrás cualquier carga negativa y corría serena, disfrutando, sonriendo, agradeciendo a los porristas, leyendo los ingeniosos carteles de apoyo que sostenían sobre sus cabezas mientras no dejaban de gritar "¡Venga! ¡Vamos! ¡Sí se puede! ¡Son todas unas campeonas!". Llegué a la meta exactamente a la hora con quince minutos de haber cruzado la línea de salida, entera, con fuerza suficiente como para correr otros tres o cuatro kilómetros, feliz, satisfecha, eufórica, con los brazos levantados y las lágrimas cayéndome sobre el rostro previamente mojado por el sudor, sintiéndome fuerte, valiente, poderosa, capaz de cualquier cosa.
Nunca antes me había sentido así.
Nunca después seré la misma persona.
Finalmente, al cabo de treinta y siete años crucé el umbral, descubrí que puedo si quiero, que las limitaciones las he traído siempre dentro de mí, sobre mi espalda como un saco pesado, como un lastre al que tristemente me acostumbré a cargar cmo si no hubiera otra alternativa. Y es que no la había, no hasta que la venda se me cayó de los ojos al cruzar la meta.
Hoy veo la vida de otra manera. Hoy quiero enfrentar todos los retos que había venido posponiendo. Hoy no me cuesta trabajo levantarme por la mañana a enfrentar el día, sin contar las horas que faltan para volver a dormir por la noche. Hoy asumo la absoluta responsabilidad de mi vida sin buscar culpables ni pretextos.
El próximo 10 de abril correré de nuevo y pronto comenzaré a entrenar para el medio maratón de la Ciudad de México a celebrarse en septiembre próximo. Por un rato seguirán sin importarme los tiempos y permaneceré enfocada en terminar antes de que los organizadores "levanten el changarro", seguramente con el paso de los meses comenzaré a preocuparme por esos mounstritos que aderezan y acompañan la vida del corredor. Mientras tanto seguiré disfrutando de los albores de mi amateurismo, y seguiré corriendo detrás de mí misma, detrás de esa que soy cuando cruzo la meta.
martes, 9 de noviembre de 2010
Gracias a la vida
La chilena Violeta Parra tuvo a bien componer esta maravilla de canción hace cuarenta y tantos años, varios antes de que yo naciera. Hoy se la quiero pedir prestada porque siento la obligación de agradecer este día en que llego a los 37.
Siempre me ha gustado mucho la totalidad de su letra, tan humanista, tan idealista, tan amorosa; pero lo que más me mueve es la manera en que va del individualismo en las primeras líneas de cada estrofa a la mención y presencia constante del hombre a quien ama, en la última. Pasa del yo al tú de una manera sutil pero encerrando en esa transición el tributo a esa persona que siempre está, el agradecimiento, el amor absoluto, el gusto, la devoción.
Hay muchísimo por lo que podría agradecer, pero hoy quiero hacerlo especialmente por el hombre que camina la vida a mi lado; porque él es el origen de mucho de lo agradecible de mi vida; porque está siempre, porque me acompaña y me cuida y me mima y me calienta los pies en las noches de frío, porque no necesito más que su sonrisa para sonreír, porque nunca más seré nómada mientras me abrace, porque conoce mis cicatrices y las acepta, porque su amor es el perfecto contrapeso de mi perenne egoísmo, porque siempre me saca de las peores pesadillas en el momento oportuno.
Gracias a la vida que me ha dado tanto en un solo hombre, en un sólo amor.
Y gracias también a los que han leído y han contenido la risilla irónica que provoca lo cursi. Quienes me conocen saben que lo soy irremediablemente, sólo que hoy me di permiso de un poco más. Es lo menos que merezco en mi cumpleaños ¿no? ;)
Siempre me ha gustado mucho la totalidad de su letra, tan humanista, tan idealista, tan amorosa; pero lo que más me mueve es la manera en que va del individualismo en las primeras líneas de cada estrofa a la mención y presencia constante del hombre a quien ama, en la última. Pasa del yo al tú de una manera sutil pero encerrando en esa transición el tributo a esa persona que siempre está, el agradecimiento, el amor absoluto, el gusto, la devoción.
Hay muchísimo por lo que podría agradecer, pero hoy quiero hacerlo especialmente por el hombre que camina la vida a mi lado; porque él es el origen de mucho de lo agradecible de mi vida; porque está siempre, porque me acompaña y me cuida y me mima y me calienta los pies en las noches de frío, porque no necesito más que su sonrisa para sonreír, porque nunca más seré nómada mientras me abrace, porque conoce mis cicatrices y las acepta, porque su amor es el perfecto contrapeso de mi perenne egoísmo, porque siempre me saca de las peores pesadillas en el momento oportuno.
Gracias a la vida que me ha dado tanto en un solo hombre, en un sólo amor.
Y gracias también a los que han leído y han contenido la risilla irónica que provoca lo cursi. Quienes me conocen saben que lo soy irremediablemente, sólo que hoy me di permiso de un poco más. Es lo menos que merezco en mi cumpleaños ¿no? ;)
jueves, 16 de septiembre de 2010
México lindo y querido
Personalmente me esperaría al 27 de septiembre del 2021 para celebrar el Bicentenario de la Independencia de México, pero dicen que todo viaje comienza por el primer paso y se supone que anoche, hace doscientos años los mexicanos lo dimos.
Y aquí estamos, doscientos años después gritando: "¡Viva México!", "¡Vivan los héroes que nos dieron patria y libertad!". Y después ¿Qué?
A seguir la vida, supongo. A vivir a todo pulmón en este México lindo y querido que ha estado rodeado por intereses individuales que nos han llevado a la desunión y a la falta de consideración para con el próximo.
Celebro que haya vuelto a nuestras escuelas la clase de "Civismo", esa que no debió desaparecer nunca porque gracias a ella aprendemos a verdaderamente amar a nuestra patria, dando lo mejor de nosotros mismos y anteponiendo los intereses de la comunidad por encima de los personales; esa clase donde aprendimos a ser respetuosos de las autoridades porque son autoridades para darnos una estructura civilizada en la cual podamos desenvolvernos mejor y podamos desarrollar nuestro potencial.
Veo con tristeza que después de doscientos años, los mexicanos no hemos aprendido a luchar por lo que verdaderamente representa un bien para todos; que preferimos la comodidad inmediata aunque no sea duradera, por encima de cualquier sacrificio que nos lleve a un verdadero crecimiento.
Y es una pena que siendo un país tan grande y con tantas ventajas que no se dan en otras partes del mundo, estemos luchando por salir de aquí a cualquier costo porque la calidad de vida puede ser tan miserable como lo era para aquellos que iniciaron el movimiento independentista o para aquellos que iniciaron la revolución.
Se que es complicado para los mexicanos que sí deseamos de corazón que este sea un país donde todos tengamos oportunidades de crecimiento y de trabajo honesto y bien remunerado, porque es nadar contra la corriente, es encontrarnos con muchos mexicanos flojos, aprovechados y trinqueteros que hacen lo que se les da la gana con tal de llevar al pie de la letra la ley del mínimo esfuerzo.
Y no, no estoy en contra de buscar formas que nos den más por menos, eso se llama optimizar recursos y creo que es muy positivo en todos los sentidos, en lo que estoy en total desacuerdo es cuando esa ley del mínimo esfuerzo sirve para pisotear los derechos de otros compatriotas que se parten el alma para darle de comer a su familia y una calidad de vida más o menos decente.
¿Hasta cuándo vamos a darnos cuenta de que el bien común es directamente proporcional a nuestro bien personal?
Recordemos lo que Ramón López Velarde escribió con mucho tino en su poema "Suave Patria": "la Patria es impecable y diamantina". Somos nosotros con nuestro proceder, los que la manchamos y la tiramos al suelo a rodar como si fuera un pedazo de carbón que no vale nada.
Quiero pensar que es cierto que el eterno destino de México, por el dedo de Dios se escribió, y que no es sólo una frase conmovedora dentro de las estrofas de un Himno Nacional que cantamos con mucho orgullo el día que un compatriota gana algo en algún evento internacional o cuando es 16 de septiembre, 20 de noviembre o 5 de mayo.
Porque si es cierto que el destino de México ha sido escrito por Dios mismo, entonces podremos guardar esperanzas de que algún día, esos soldados que en cada hijo el cielo le dio, se levantarán para luchar por su patria con sus mejores armas: la buena voluntad, el trabajo para todos, la honestidad y la rectitud.
Y ojalá que no pasen otros doscientos años para verlo...
Y aquí estamos, doscientos años después gritando: "¡Viva México!", "¡Vivan los héroes que nos dieron patria y libertad!". Y después ¿Qué?
A seguir la vida, supongo. A vivir a todo pulmón en este México lindo y querido que ha estado rodeado por intereses individuales que nos han llevado a la desunión y a la falta de consideración para con el próximo.
Celebro que haya vuelto a nuestras escuelas la clase de "Civismo", esa que no debió desaparecer nunca porque gracias a ella aprendemos a verdaderamente amar a nuestra patria, dando lo mejor de nosotros mismos y anteponiendo los intereses de la comunidad por encima de los personales; esa clase donde aprendimos a ser respetuosos de las autoridades porque son autoridades para darnos una estructura civilizada en la cual podamos desenvolvernos mejor y podamos desarrollar nuestro potencial.
Veo con tristeza que después de doscientos años, los mexicanos no hemos aprendido a luchar por lo que verdaderamente representa un bien para todos; que preferimos la comodidad inmediata aunque no sea duradera, por encima de cualquier sacrificio que nos lleve a un verdadero crecimiento.
Y es una pena que siendo un país tan grande y con tantas ventajas que no se dan en otras partes del mundo, estemos luchando por salir de aquí a cualquier costo porque la calidad de vida puede ser tan miserable como lo era para aquellos que iniciaron el movimiento independentista o para aquellos que iniciaron la revolución.
Se que es complicado para los mexicanos que sí deseamos de corazón que este sea un país donde todos tengamos oportunidades de crecimiento y de trabajo honesto y bien remunerado, porque es nadar contra la corriente, es encontrarnos con muchos mexicanos flojos, aprovechados y trinqueteros que hacen lo que se les da la gana con tal de llevar al pie de la letra la ley del mínimo esfuerzo.
Y no, no estoy en contra de buscar formas que nos den más por menos, eso se llama optimizar recursos y creo que es muy positivo en todos los sentidos, en lo que estoy en total desacuerdo es cuando esa ley del mínimo esfuerzo sirve para pisotear los derechos de otros compatriotas que se parten el alma para darle de comer a su familia y una calidad de vida más o menos decente.
¿Hasta cuándo vamos a darnos cuenta de que el bien común es directamente proporcional a nuestro bien personal?
Recordemos lo que Ramón López Velarde escribió con mucho tino en su poema "Suave Patria": "la Patria es impecable y diamantina". Somos nosotros con nuestro proceder, los que la manchamos y la tiramos al suelo a rodar como si fuera un pedazo de carbón que no vale nada.
Quiero pensar que es cierto que el eterno destino de México, por el dedo de Dios se escribió, y que no es sólo una frase conmovedora dentro de las estrofas de un Himno Nacional que cantamos con mucho orgullo el día que un compatriota gana algo en algún evento internacional o cuando es 16 de septiembre, 20 de noviembre o 5 de mayo.
Porque si es cierto que el destino de México ha sido escrito por Dios mismo, entonces podremos guardar esperanzas de que algún día, esos soldados que en cada hijo el cielo le dio, se levantarán para luchar por su patria con sus mejores armas: la buena voluntad, el trabajo para todos, la honestidad y la rectitud.
Y ojalá que no pasen otros doscientos años para verlo...
¡Que viva México! Y sus mexicanos también...
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Celebraciones,
Esperanzas,
Reflexiones,
Sueños
miércoles, 11 de agosto de 2010
¡Terapia!
Ayer comencé terapia Gestalt. Una nueva experiencia. Un nuevo modo de intentar solucionar las intermitencias y los dolores de siempre. No sé si funcionará pero quiero intentarlo. Igual nada pierdo pero lo que puedo ganar creo que es importante. Quiero encender la luz, sentir que puedo, que quiero, que me quiero. Y es que eso de querer querer... me, me ha acompañado tanto que he llegado al punto en el que no parezco querer otra cosa, lo peor, no parezco lograr nada distinto, y así se me van quedando las letras en el tintero, las notas en el piano que no tengo, las viejas querencias junto a las nuevas, y lo peor de todo, la sensación de que la vida llega a la mitad y nada ha sido suficiente... nunca.
La primera tarea es escribir una auto biografía. ¡Menuda cosa para un intento de letruda como yo! Me emociona y me asusta a la vez. Si logro algo medianamente aceptable lo compartiré acá, si nunca llega es porque el adefesio superó mis propias expectativas siempre malas y tristes. La segunda tarea es la sinceridad a b s o l u t a, y no con el terapeuta, conmigo misma. Cuando lo pienso me aterra, abrir la boca para que salga por ella todo lo que sé que guardo y que a veces no puedo confesarme ni siquiera en silencio... no es cosa sencilla, pero algún precio hay que pagar por encontrase, por liberarse. La tercera tarea es el asumir la responsabilidad de mi propia vida, o sea dejar de endilgarle los milagritos a los santos incorrectos; acá la única responsable de cada cosa que siente, quiere, piensa o sufre, es su servilleta. Así que de ahora en adelante soy la única "santa" en cien kilómetros a mi redonda.
Finalmente no sé si sea un grito de auxilio en la dirección equivocada, pero creo que hacer algo es mejor que seguir esperando el amanecer de un día en el que la plenitud me acompañe a pesar de mis propios pesados pesares.
La primera tarea es escribir una auto biografía. ¡Menuda cosa para un intento de letruda como yo! Me emociona y me asusta a la vez. Si logro algo medianamente aceptable lo compartiré acá, si nunca llega es porque el adefesio superó mis propias expectativas siempre malas y tristes. La segunda tarea es la sinceridad a b s o l u t a, y no con el terapeuta, conmigo misma. Cuando lo pienso me aterra, abrir la boca para que salga por ella todo lo que sé que guardo y que a veces no puedo confesarme ni siquiera en silencio... no es cosa sencilla, pero algún precio hay que pagar por encontrase, por liberarse. La tercera tarea es el asumir la responsabilidad de mi propia vida, o sea dejar de endilgarle los milagritos a los santos incorrectos; acá la única responsable de cada cosa que siente, quiere, piensa o sufre, es su servilleta. Así que de ahora en adelante soy la única "santa" en cien kilómetros a mi redonda.
Finalmente no sé si sea un grito de auxilio en la dirección equivocada, pero creo que hacer algo es mejor que seguir esperando el amanecer de un día en el que la plenitud me acompañe a pesar de mis propios pesados pesares.
viernes, 25 de junio de 2010
El sueño de la victoria
Leipzig, Alemania. Veinticuatro de junio de dos mil seis. Octavos de final de la copa del mundo. México realiza un juego casi perfecto contra Argentina. Maradona sufre como condenado a muerte desde su palco, se come las uñas, se mesa los cabellos, implora a los cielos que el dominio y la brillantez del juego mexicano no rindan frutos, que no rompan en favor azteca el empate que pende de un hilo. El casi fue un golazo inspiración de Maxi Rodríguez, el casi volvió a ser verde y volvió a caer sobre nosotros en forma de la eterna lápida que termina por aplastar nuestros sueños futboleros... casi siempre... más siempre que casi. La miel se nos cayó de los labios cuando estábamos a punto de saborearla, su lugar lo ocupó la hiel de la derrota, la impotencia de no tener argumentos para taparle la boca a los que se proclaman superiores entre burlas y cantos ofensivos, el dolor del ya merito, del jugamos como nunca y perdimos como siempre. La eterna pregunta flotaba en el aire: ¿qué demonios nos falta para dar ese último paso hacia la victoria?, mientras los más llorones buscábamos algún rincón para limpiar las inevitables lágrimas de frustración.
Johanesburgo, Sudáfrica. Veintisiete de junio de dos mil diez. Octavos de final de la copa del mundo. México debe realizar un juego perfecto, esta vez sin el casi, ante una de las mejores Argentinas de todos los tiempos. La lógica indica que no tenemos oportunidad. En la comparación hombre por hombre salimos perdiendo. En los registros históricos, también. Los sudamericanos proclaman la victoria por adelantado, seguros de su superioridad, ufanos, sobrados. Nosotros sucumbimos ante nuestros fantasmas, ante la aplastante realidad de nuestra historia. Nos duele el anhelo y al mismo tiempo pensamos que podemos alcanzarlo, sólo para instantes después reirnos de nosotros mismos ante tal atrevimiento. Algunos son más optimistas y se atreven a mantener el sueño de la victoria y a hacerlo público, la mayoría somos más precavidos, soñamos en silencio y con cierta precaución (ya hemos sufrido tantas decepciones) pero no dejamos de hacerlo, no dejamos de desear que esta vez el destino le dé a cada uno lo que necesita con desesperación: a ellos un baño de humildad, a nosotros, uno de gloria.
La mesa está puesta para la revancha. Lo más difícil ya ha ocurrido, el destino nos pone cara a cara de nuevo en la misma instancia que hace cuatro años, con el mismo rival. Estamos ante una situación inmejorable para romper con nuestros miedos, para construirnos de nuevo, para comenzar a cantar victorias en lugar de derrotas.
¡VAMOS, MEXICOOOOOOOOOOOOOOOOO!
Johanesburgo, Sudáfrica. Veintisiete de junio de dos mil diez. Octavos de final de la copa del mundo. México debe realizar un juego perfecto, esta vez sin el casi, ante una de las mejores Argentinas de todos los tiempos. La lógica indica que no tenemos oportunidad. En la comparación hombre por hombre salimos perdiendo. En los registros históricos, también. Los sudamericanos proclaman la victoria por adelantado, seguros de su superioridad, ufanos, sobrados. Nosotros sucumbimos ante nuestros fantasmas, ante la aplastante realidad de nuestra historia. Nos duele el anhelo y al mismo tiempo pensamos que podemos alcanzarlo, sólo para instantes después reirnos de nosotros mismos ante tal atrevimiento. Algunos son más optimistas y se atreven a mantener el sueño de la victoria y a hacerlo público, la mayoría somos más precavidos, soñamos en silencio y con cierta precaución (ya hemos sufrido tantas decepciones) pero no dejamos de hacerlo, no dejamos de desear que esta vez el destino le dé a cada uno lo que necesita con desesperación: a ellos un baño de humildad, a nosotros, uno de gloria.
La mesa está puesta para la revancha. Lo más difícil ya ha ocurrido, el destino nos pone cara a cara de nuevo en la misma instancia que hace cuatro años, con el mismo rival. Estamos ante una situación inmejorable para romper con nuestros miedos, para construirnos de nuevo, para comenzar a cantar victorias en lugar de derrotas.
¡VAMOS, MEXICOOOOOOOOOOOOOOOOO!
jueves, 10 de junio de 2010
El día antes de mañana
La fiebre futbolera es la epidemia del momento. Resulta imposible resistirse al contagio, el virus está en todos lados, se respira, se come, se escucha, se siente.
Creo que nunca antes me había tocado vivir un previo tan intenso, parece que en esta ocasión juegan más elementos que nunca antes, desde la localía del primer rival, los ojos del mundo entero puestos en un "nosotros" (entendamos "mexicanos") representado por once jugadores que teóricamente son, en conjunto, los mejores de todos los tiempos para nuestra realidad medianera en el ranking mundial.
Hoy es el día previo a ese juego inaugural en el que se resumen los sueños futboleros de los más de cien millones que somos, la ansiedad es palpable en las redes sociales, en el radio, en la tele, todos hablamos sobre el juego de mañana. Hoy todos pertenecemos, todos sentimos el verde.
Un ¡Vamos México! resuena dentro de cada uno, mañana explotará en la victoria.
Creo que nunca antes me había tocado vivir un previo tan intenso, parece que en esta ocasión juegan más elementos que nunca antes, desde la localía del primer rival, los ojos del mundo entero puestos en un "nosotros" (entendamos "mexicanos") representado por once jugadores que teóricamente son, en conjunto, los mejores de todos los tiempos para nuestra realidad medianera en el ranking mundial.
Hoy es el día previo a ese juego inaugural en el que se resumen los sueños futboleros de los más de cien millones que somos, la ansiedad es palpable en las redes sociales, en el radio, en la tele, todos hablamos sobre el juego de mañana. Hoy todos pertenecemos, todos sentimos el verde.
Un ¡Vamos México! resuena dentro de cada uno, mañana explotará en la victoria.
miércoles, 19 de mayo de 2010
Oscar y Juan
Hay personas que me han dolido siempre, que aunque hace años que salieron de mi vida, no lo hicieron del todo en realidad y su recuerdo me sigue visitando con cierta regularidad para recordarme el daño que les hice sin querer en algún momento de nuestra historia en común. Oscar y Juan son dos de ellos.
Oscar fue mi compañero de clase en la prepa y un amigo entrañable durante esos tres años... bueno... casi. Aún puedo ver con claridad su cara de niño bueno y sentir esas tardes apacibles de hacer juntos las tareas y después salir a dar una vuelta por la colonia. Recuerdo que prentendí hacer que dejara de fumar; si me viera ahora, fumadora empedernida, seguro que no mostraría piedad en su burla por mi estúpida contradicción. Si pienso en él, lo primero que me viene a la oscuridad de mis ojos cerrados es su bondad, su calma, su calidez y el dolor de haberle causado dolor. Me amó en silencio durante esos tres años, puso su hombro para que mi cabeza se recargara en él, me limpió las lágrimas por un amor no correspondido sin que jamás yo intuyera que cada una de esas gotas saladas le lastimaba tanto o más que a mí misma, me acompañó en el camino tortuoso que me significaba una realidad dura por la inusualidad de mi corta edad (en una etapa en la que mis compañeros promediaban diecisiete años yo tenía sólo quince), por la enfermedad de mi padre, por el desamor que sufría, por la caótica vida en casa, por la dificultad de adaptarme a un mundo tan distinto a aquel del que provenía. Oscar fue una especie de ángel cuyo único pecado fue enamorarse de mí. La tarde que me lo confesó se hizo la primera grieta de lo que después sería la falla descomunal de un alejamiento que nunca pudimos superar. Como respuesta a mi rechazo comezó a alejarse, se consiguió una novia y cuando la prepa se acabó jamás volvimos a vernos. Hoy día no entiendo cómo pude dejar ir al amigo, por qué no le llamé, por qué no busqué un acercamiento cuando las cosas aún estaban tibias. Seguramente habría ganado mucho pero en ese entonces era demasiado estúpida como para comprenderlo. De cualquier manera le sigo guardando un cariño enorme y no pierdo la esperanza de que algún día nos sentaremos a charlar con un par de cervezas en la mesa para contarnos las vidas y sanar lo que haya que.
Juan era también un gran chico aunque en realidad nunca fuimos amigos. Desde que nos conocimos dejó en claro que lo que le interesaba conmigo era más un noviazgo que una amistad. La dolencia me viene cuando recuerdo que su cortejo fue lindo, respetuoso y sereno; y cuando veo en mi memoria el dolor en su cara al verme del brazo de quien sí logró colarse en mi entraña y ganarse el calificativo del "amor de mi vida" (seguramente con muchos menos méritos pero mi corazón ha sido siempre bastante pendejo). Después de rechazarlo para aventarme a los brazos de Luis y de partirme la madre por no haber tenido la precaución de meter las manitas en dicho lance suicida, Juan volvió a los antes acostumbrados rondines nocturnos, volvieron las invitaciones a las hamburguesas del estanquillo de la esquina (que por cierto ¡qué buenas eran!) y los paseos de tarde de sábado por las calles de Tulancingo, volvieron los ofrecimientos de un amor sincero y sin exigencias. "No me importa que aún lo ames, yo sé esperar y puedo lograr que lo olvides" me dijo una tarde de la que recuerdo hasta cómo íbamos vestidos ambos. Respondí que no y seguramente me quité otra oportunidad de haber tenido una relación con un buen chavo y todo el aprendizaje que eso conlleva.
Me duele haberles causado dolor a ambos, pero debo reconocer que mi egoísmo es más grande y por tanto me duele más el comprender hoy, a mis treinta y tantos, cuánto dejé de vivir en aras de la convicción estúpida de tener una relación sí y sólo sí estaba enamorada. A fin de cuentas, en dos de las tres veces que eso me sucedió, me sirvió para maldita la cosa.
Oscar fue mi compañero de clase en la prepa y un amigo entrañable durante esos tres años... bueno... casi. Aún puedo ver con claridad su cara de niño bueno y sentir esas tardes apacibles de hacer juntos las tareas y después salir a dar una vuelta por la colonia. Recuerdo que prentendí hacer que dejara de fumar; si me viera ahora, fumadora empedernida, seguro que no mostraría piedad en su burla por mi estúpida contradicción. Si pienso en él, lo primero que me viene a la oscuridad de mis ojos cerrados es su bondad, su calma, su calidez y el dolor de haberle causado dolor. Me amó en silencio durante esos tres años, puso su hombro para que mi cabeza se recargara en él, me limpió las lágrimas por un amor no correspondido sin que jamás yo intuyera que cada una de esas gotas saladas le lastimaba tanto o más que a mí misma, me acompañó en el camino tortuoso que me significaba una realidad dura por la inusualidad de mi corta edad (en una etapa en la que mis compañeros promediaban diecisiete años yo tenía sólo quince), por la enfermedad de mi padre, por el desamor que sufría, por la caótica vida en casa, por la dificultad de adaptarme a un mundo tan distinto a aquel del que provenía. Oscar fue una especie de ángel cuyo único pecado fue enamorarse de mí. La tarde que me lo confesó se hizo la primera grieta de lo que después sería la falla descomunal de un alejamiento que nunca pudimos superar. Como respuesta a mi rechazo comezó a alejarse, se consiguió una novia y cuando la prepa se acabó jamás volvimos a vernos. Hoy día no entiendo cómo pude dejar ir al amigo, por qué no le llamé, por qué no busqué un acercamiento cuando las cosas aún estaban tibias. Seguramente habría ganado mucho pero en ese entonces era demasiado estúpida como para comprenderlo. De cualquier manera le sigo guardando un cariño enorme y no pierdo la esperanza de que algún día nos sentaremos a charlar con un par de cervezas en la mesa para contarnos las vidas y sanar lo que haya que.
Juan era también un gran chico aunque en realidad nunca fuimos amigos. Desde que nos conocimos dejó en claro que lo que le interesaba conmigo era más un noviazgo que una amistad. La dolencia me viene cuando recuerdo que su cortejo fue lindo, respetuoso y sereno; y cuando veo en mi memoria el dolor en su cara al verme del brazo de quien sí logró colarse en mi entraña y ganarse el calificativo del "amor de mi vida" (seguramente con muchos menos méritos pero mi corazón ha sido siempre bastante pendejo). Después de rechazarlo para aventarme a los brazos de Luis y de partirme la madre por no haber tenido la precaución de meter las manitas en dicho lance suicida, Juan volvió a los antes acostumbrados rondines nocturnos, volvieron las invitaciones a las hamburguesas del estanquillo de la esquina (que por cierto ¡qué buenas eran!) y los paseos de tarde de sábado por las calles de Tulancingo, volvieron los ofrecimientos de un amor sincero y sin exigencias. "No me importa que aún lo ames, yo sé esperar y puedo lograr que lo olvides" me dijo una tarde de la que recuerdo hasta cómo íbamos vestidos ambos. Respondí que no y seguramente me quité otra oportunidad de haber tenido una relación con un buen chavo y todo el aprendizaje que eso conlleva.
Me duele haberles causado dolor a ambos, pero debo reconocer que mi egoísmo es más grande y por tanto me duele más el comprender hoy, a mis treinta y tantos, cuánto dejé de vivir en aras de la convicción estúpida de tener una relación sí y sólo sí estaba enamorada. A fin de cuentas, en dos de las tres veces que eso me sucedió, me sirvió para maldita la cosa.
miércoles, 20 de enero de 2010
El recuento tardío
Es costumbre hacer un recuento de experiencias al final de cada año, realizar un balance de las acciones, los avances, los retrocesos, los momentos felices y los desdichados, los poemas descubiertos y los olvidados, los libros leídos y las canciones escuchadas, las personas que llegaron y las que se fueron. Es costumbre, también, hacer una lista de propósitos cuando el nuevo año comienza, promesas, sueños a materializar, personas a dejar de odiar, malos hábitos que mandar por el caño, cremas que untarse contra las arrugas, dejar de envejecer.
Este fin e inicio de año no tuve tiempo ni para el recuento ni para los propósitos, es por ello que vengo hasta hoy a tratar de darle forma a lo que pienso que fue importante para mí en el 2009. Creo que lo más importante es que descubrí mi fuerza interior, vencí el añejo vicio de la victimización y mandé al carajo la eternidad de mis dolencias del alma. Sí. Sé que puede sonar contradictorio dadas mis últimas entradas en este espacio que suenan a una lamento sin fin hacia el pasado fundamentalmente, pero bueno, todos tenemos recaídas de vez en cuando ¿no? Creo también que aprendí a quererme un poco más, a gustarme, a verme en el espejo y encontrar puntos positivos (la juventud aún no me abandona del todo aunque amenace seriamente con hacerlo cada día), aprendí a entender que lo que para mí significa un defecto para alguien más que me mire puede ser una virtud. Dejé ir fantasmas de mi adolescencia y le di la bienvenida a otros de mi madurez, me di cuenta de que si sonrío en las fotos salgo más bonita y de que en las espontáneas no siempre salgo tan mal, descubrí que puede gustarme un hombre feo, sentí por primera vez una tensión sexual imposible de liberarse. Me enamoré más de mi marido y adquirí el hábito del ejercicio. Me volví madre de una adolescente y creo que no lo hice tan mal.
En fin, que parece que la lista es más larga de lo que pensaba. La dejaré hasta aquí y sobre los propósitos sólo diré que buscaré a toda costa ser mejor madre, esposa, hija, hermana, amiga, en resumidas cuentas, ser mejor mujer.
¡Feliz 2010!
Este fin e inicio de año no tuve tiempo ni para el recuento ni para los propósitos, es por ello que vengo hasta hoy a tratar de darle forma a lo que pienso que fue importante para mí en el 2009. Creo que lo más importante es que descubrí mi fuerza interior, vencí el añejo vicio de la victimización y mandé al carajo la eternidad de mis dolencias del alma. Sí. Sé que puede sonar contradictorio dadas mis últimas entradas en este espacio que suenan a una lamento sin fin hacia el pasado fundamentalmente, pero bueno, todos tenemos recaídas de vez en cuando ¿no? Creo también que aprendí a quererme un poco más, a gustarme, a verme en el espejo y encontrar puntos positivos (la juventud aún no me abandona del todo aunque amenace seriamente con hacerlo cada día), aprendí a entender que lo que para mí significa un defecto para alguien más que me mire puede ser una virtud. Dejé ir fantasmas de mi adolescencia y le di la bienvenida a otros de mi madurez, me di cuenta de que si sonrío en las fotos salgo más bonita y de que en las espontáneas no siempre salgo tan mal, descubrí que puede gustarme un hombre feo, sentí por primera vez una tensión sexual imposible de liberarse. Me enamoré más de mi marido y adquirí el hábito del ejercicio. Me volví madre de una adolescente y creo que no lo hice tan mal.
En fin, que parece que la lista es más larga de lo que pensaba. La dejaré hasta aquí y sobre los propósitos sólo diré que buscaré a toda costa ser mejor madre, esposa, hija, hermana, amiga, en resumidas cuentas, ser mejor mujer.
¡Feliz 2010!
viernes, 30 de enero de 2009
Querido Luis
El acero corta tu piel y tus entrañas son expuestas al delicado y tenso escrutinio del cirujano que removerá cada adherencia para que puedas seguir siendo, por muchos años, el hombre entero y ejemplar que siempre has sido. Mientras tanto yo pienso en ti y en lo mucho que me has enseñado, mientras tanto pido a Dios porque aleje cualquier temblor de las manos de los que te recosntruyen.
A veces pienso en la grandeza de lo que tú y Cecilia me han dado... nada más y nada menos que al compañero de mi vida, que al hombre maravilloso con el que recorro el camino de mis años, al que amo sin medida; entonces me pregunto cómo podría no quererlos y no sentir esta opresión en el cogote ahora mismo, cuándo sé que yaces en un quirófano con la vida bailando entre los "bips" interminables de un respirador y la pericia de un equipo de cirujanos. ¿Verdad que es imposible que no te quiera, Luis?, ¿que no te lleve en mis angustias de estas horas?
Luis, querido Luis, verás que todo estará bien; verás que pronto podrás llevar de nuevo a tus nietos a tomar helado y a transmitirles toda tu sabiduría y serenidad; verás que pronto volveremos a componer el mundo entre una copa y otra; verás que pronto abrazarás de nuevo a tu Cecilia del alma; verás que pronto bromearás con tus hijos que tanto te aman y te admiran. Sólo tienes que ser paciente, pero eso tú lo sabes ser muy bien; sólo tienes que ser valiente, pero eso siempre lo has sido; sólo tienes que abandonarte a las manos de ese Dios al que amas y te ama tanto, pero eso siempre lo has hecho. Así que tienes la batalla ganada, querido Luis. Mientras tanto te acompaño a la distancia con mis lágrimas (ya sabes que no lo puedo evitar, pero es porque te quiero) y con mis oraciones.
¡Que Dios te acompañe, querido Luis!
A veces pienso en la grandeza de lo que tú y Cecilia me han dado... nada más y nada menos que al compañero de mi vida, que al hombre maravilloso con el que recorro el camino de mis años, al que amo sin medida; entonces me pregunto cómo podría no quererlos y no sentir esta opresión en el cogote ahora mismo, cuándo sé que yaces en un quirófano con la vida bailando entre los "bips" interminables de un respirador y la pericia de un equipo de cirujanos. ¿Verdad que es imposible que no te quiera, Luis?, ¿que no te lleve en mis angustias de estas horas?
Luis, querido Luis, verás que todo estará bien; verás que pronto podrás llevar de nuevo a tus nietos a tomar helado y a transmitirles toda tu sabiduría y serenidad; verás que pronto volveremos a componer el mundo entre una copa y otra; verás que pronto abrazarás de nuevo a tu Cecilia del alma; verás que pronto bromearás con tus hijos que tanto te aman y te admiran. Sólo tienes que ser paciente, pero eso tú lo sabes ser muy bien; sólo tienes que ser valiente, pero eso siempre lo has sido; sólo tienes que abandonarte a las manos de ese Dios al que amas y te ama tanto, pero eso siempre lo has hecho. Así que tienes la batalla ganada, querido Luis. Mientras tanto te acompaño a la distancia con mis lágrimas (ya sabes que no lo puedo evitar, pero es porque te quiero) y con mis oraciones.
¡Que Dios te acompañe, querido Luis!
jueves, 20 de noviembre de 2008
Ana
Hoy te miro, Ana, con ese cuerpo tuyo que acaba de dejar de ser redondito para llenarse de curvas y líneas rectas, con esos ojos grandes y expresivos que no dejan de ser iguales a los que me vieron por vez primera hace once años y me enseñaron en un segundo el significado de la vida. Hoy te miro con esperanza, con orgullo, con fe, pero también con miedo, o mejor dicho, con varios miedos. Uno, el de faltarte en esta etapa de tu vida en la que necesitas de mi guía y mi fortaleza para regresar de tus excursiones, en la que te es indispensable mi consejo y mi consuelo para aprender a enfrentar la vida de afuera, las relaciones con sus gozos y dolores. Otro, miedo del mundo con sus improperios, con su deshumanización, con su culto desenfrenado al cuerpo y al placer, con su masificación de lo vulgar y su popularización de lo supérfluo. Uno más, a no ser capaz de dejarte ir lo suficiente, lo necesario, a intentar protegerte un poco de más o un poco de menos, a no encontrar el equilibrio entre mis temores y tu derecho de salir al mundo.
Y es que no me fueron suficientes once años ni decenas de libros y conferencias ni los propósitos hechos en silencio cada mañana, para prepararme a la llegada de este momento.
Hoy te miro, Ana, te escucho, te leo, te abrazo, y no puedo negar que quisiera que ese gesto fraterno fuera infinito, que te quedaras conmigo para siempre; supongo que es un deseo legítimo siempre y cuendo no pase de eso, porque también quiero verte volar, vivir, buscar tu propio destino, y eso te resultaría imposible conmigo y mis ramas alrededor tuyo.
Hoy te miro, Ana, y comprendo que mis miedos no son mayores que mi deseo de tu libertad y de la realización de tus sueños, así que soltaré el abrazo aunque me duela y me quedaré a esperarte, abierta de brazos, para cuando necesites volver.
Y es que no me fueron suficientes once años ni decenas de libros y conferencias ni los propósitos hechos en silencio cada mañana, para prepararme a la llegada de este momento.
Hoy te miro, Ana, te escucho, te leo, te abrazo, y no puedo negar que quisiera que ese gesto fraterno fuera infinito, que te quedaras conmigo para siempre; supongo que es un deseo legítimo siempre y cuendo no pase de eso, porque también quiero verte volar, vivir, buscar tu propio destino, y eso te resultaría imposible conmigo y mis ramas alrededor tuyo.
Hoy te miro, Ana, y comprendo que mis miedos no son mayores que mi deseo de tu libertad y de la realización de tus sueños, así que soltaré el abrazo aunque me duela y me quedaré a esperarte, abierta de brazos, para cuando necesites volver.
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