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viernes, 4 de octubre de 2013

Norte y sur

Somos norte y sur, dices.
Somos norte y sur. 
En el norte están los pensamientos, las ideas, las estructuras, la razón. 
En el sur están los sentimientos,  el erotismo, los instintos, el deseo. 
El norte es la mente y su maquinaria. 
El sur es el estómago y la entrepierna. 
El norte es civilizado. 
El sur es salvaje. 
El norte es la mesura. 
El sur es caos. 
El norte es la imaginación. 
El sur es la pasión.
El norte es azul.
El sur es rojo.
La venda se me cae de los ojos.
Descubro que soy puro norte. 
Me dan ganas de llorar.

jueves, 3 de enero de 2013

La Teoría de la Felicidad

Existen en el mundo millones de teorías, algunas son muy fáciles de entender y otras no tanto, pero a final de cuentas lo que hace la diferencia es el interés que le pongas a cada teoría.

Yo siempre he sido muy buena con la teoría. Me gustan los conceptos y me encanta la sensación maravillosa  de piel de gallina cuando me cae el veinte de alguno de ellos, sobre todo, de aquellos que no entendí a la primera.

Lo que debo admitir que me cuesta un poco de trabajo es la práctica. Roma no se hizo en un día y yo no sé de dónde saqué la idea de que si ya sabes la teoría y cuentas con las capacidades físicas y mentales para poner en práctica lo que has aprendido, tienes la vida resuelta.

Entiendo que este mundo es de presencia y ausencia.

Que el mal o el odio es en realidad el nombre que le damos a la falta de amor, así como llamamos frío a la falta de calor u oscuridad a la falta de luz.

Me queda claro que Dios, el Creador, el Origen o como sea que se le quiera llamar, permanece en un estado constante de felicidad y de aprecio.

Me queda claro que yo tengo esa misma capacidad en proporción a mi condición humana.

También me queda claro que yo decido en qué dirección me muevo en esa escala entre la ausencia y la presencia. 

¡Diablos! Me siento como aquel hombre que ante la inundación le llegaron diferentes personas con diferentes medios a rescatarlo y a todos les dijo: "¡No gracias! Dios va a venir a salvarme". Y cuando Dios lo recibió en el cielo (después de muerto) y le preguntó: "¿Por qué no me salvaste?", el Señor le contestó: "¿Por qué no aceptaste la ayuda de toda la gente que te mandé?".

Es absurdo que lo diga pero a veces me gustaría que mejor Dios viniera a vivir mi vida... al menos Él sabría qué hacer con ella en cada momento.

Sí, también sé que la vida no se trata de eso. Que el estado de perfección de Dios es una cosa y nosotros somos otra; que los conceptos son los que en realidad nos tienen separados y que no es tan complicado vivir en estrecha comunión con Él; que no es necesario que hagas tu transición para que sientas y vibres en esa dimensión de éxtasis eterno, con esas ganas de crear, con esas ganas de amar.


¡Oh sí! La teoría dice que la felicidad no es una meta, sino el camino. Que el gozo viene dentro de uno mismo, que la dicha está en el viaje y que todo lo que quiero en la vida lo quiero porque creo que en el tenerlo me sentiré feliz. En resumen, lo único que quiero es sentirme feliz.


También sé que aunque sé la teoría, si hoy fuera capaz de llegar al punto final de la felicidad total, (por obvias razones) no me quedaría nada más por ser ni hacer.

Un abrazo con aprecio.

¡Feliz 2013!

lunes, 17 de septiembre de 2012

Recorriendo otras habitaciones

Pocas cosas he permitido que tengan gran impacto en mi vida y por lo tanto, poco permito que se conviertan en algo trascendente. Acabo de aprender que eso ha sido así porque desde muy temprana edad aprendí a vivir en la habitación de mi mente, mucho más que en la de mi cuerpo y que en la del corazón (visto como el representante de los sentimientos).

Y es que tuve muchos maestros de los que aprendí que la razón siempre debe estar por encima del sentimiento porque si no, no eres capaz de equilibrar tu vida y todo en torno tuyo se convierte en un drama que no tiene necesidad de ser vivido. En esta vida primero lo práctico y lo funcional.

Yo compré todos estos argumentos porque tenían sentido, y aún lo tienen. Era mejor echarle coco que corazón, a un sin fin de situaciones y de relaciones.

Vivir en la mente ha sido maravilloso porque he aprendido muchas cosas, pero como decía el buen San Pablo: "Sin amor,  no soy nada". He vivido meditando lo que sólo se puede sentir, no razonar.

Hoy empiezo un glorioso recorrido entre las diferentes habitaciones de mi yo. Atravesaré el miedo a encontrar hojas secas, polvo, desorden, poca luz y colores tristes; admiraré la belleza de aquello que me encuentre y miraré con aprecio todo lo que lo compone. Después de todo, estas cosas son parte del vivir.

Un abrazo con aprecio.

lunes, 24 de octubre de 2011

Cambiando paradigmas

Hace poco más de diez años, tuve la enorme fortuna de toparme con un tipo que daba un curso que manejaba el concepto de romper paradigmas.

¿Por qué las cosas son de un modo determinado? Si me preguntan, existe mucho más de lo que vemos y seguramente en el futuro existirá mucho más de los que nuestros ojos alcanzarán a ver.

Hace cien años no había televisión y ahora ya existe una que transmite imágenes en 3ra. dimensión. Ya no sólo podemos ser testigos casi presenciales de hechos y sucesos que ocurren lejos de nuestro campo de acción físico, ahora podemos verlos como si estuviéramos ahí.

Confieso que cuando vi una televisión a colores, pensé que eso sería el final de la evolución del aparato. ¿Qué más se puede hacer con él? Hoy, algo así como treinta años después tengo la respuesta.

Nunca antes me había considerado una persona creativa porque yo creo que la gente creativa es la que innova y para innovar se necesita imaginación. Yo pertenezco más a los que colectan datos (buscan conocimiento) que a los que echan a volar la imaginación.

El paso del tiempo me ha hecho darme cuenta que mi creatividad está muy latente, lo único que debo hacer es dejarla fluir en aquello que me llama y me hace feliz.

Sin intentar señalar culpables, hoy me he topado con este video que compartiera un amigo en Facebook y que me ha dado un muy buen norte de por qué las cosas han sido como son y a dónde nos llevarán si seguimos en esa misma dirección.

Después de diez años de haber escuchado el concepto de romper paradigmas y pensar fuera de la caja, me ha caído el veinte y felizmente me veo en la posibilidad de explotar esta potencialidad antes de llegar a los cuarenta. ¿No es esto una maravilla?

Un abrazo con aprecio.

Ken Robinson - Cambiando Paradigmas.

viernes, 7 de octubre de 2011

La clásica disyuntiva

Cuando cumplí quince no creí tener mucho que festejar. Era una adolescente solitaria, aburrida, tímida, miedosa y deprimida, así que cuando mis papás me pusieron sobre la mesa la clásica disyuntiva "viaje o fiesta", la respuesta fue automática: ¡VIAJE! Y es que no había mucho que pensar. ¿Quién querría ser el centro de una fiesta a la que no había a quien invitar? Me horrorizaba la idea de que los invitados serían los compadres, comadres, amigos y parientes de mis papás y tal vez sólo un par de amigos míos, de que la comida, la música y el ambiente serían al gusto también de mis papás, y me entraba una especie de ataque de terror y ansiedad. Por otro lado, siempre había sido mi sueño conocer París, Venecia, Madrid, Londres, así que el viaje me permitía huír de mi patética e hipotética fiesta y cumplir mi sueño de viajar por Europa.
Ana tiene catorce. No hace mucho el ciclo de la vida se repitió y le pusimos sobre la mesa la clásica disyuntiva "viaje o fiesta", la respuesta fue automática: ¡FIESTA! Claro está que enseguida entró en acción el mecanismo mezquino-manipulador-lohagoportubien que a veces se nos dispara a las madres de hijas adolescentes y me dispuse a tratar de convencerla de que el viaje era su mejor opción, que debía considerar que el viaje duraría de tres semanas a un mes mientras que la fiesta terminaría en unas cuantas horas, que hay que buscar experiencias enriquecedoras en la vida, que se imaginara sus fotos frente a la Torre Eiffel y la Puerta de Alcalá y el London eye y bla-bla-bla, una larga perorata de argumentos que hace veintidós años usé para hacerme el cocowash y suturarme la herida de saberme incapaz de disfrutar una fiesta de XV.
Ana fue contundente y se mantuvo firme en su decisión. Quiere ponerse un vestido largo, ser el centro de atención, sentirse la reina de la noche, bailar con sus amigos, tomarse fotos locas, maquillarse y usar tacones. Quiere brillar, que es justo lo que yo evitaba por todos los medios a su edad. Afortunadamente el angelito sobre mi hombro derecho me susurró a tiempo que mi hija tiene el derecho absoluto de decidir qué tipo de festejo prefiere aunque no coincida con mi opinión y a fin de cuentas apoyé su decisión.
Hace un par de días comenzamos con los preparativos y, sorprendentemente, me he descubierto a mí misma disfrutando del proceso, emocionándome con los planes, recortando revistas y buscando ideas en internet para la decoración, el pastel, el vestido y el largo etcétera de elementos que componen un festejo de ese tamaño.
Me alegra haber descubierto a tiempo el error que cometía al tratar de que Ana siguiera mis pasos, pero me alegra más ver como defendió su sueño, cómo no renunció, cómo peleó por él a pesar de que el contrincante era su propia madre.

martes, 13 de septiembre de 2011

No más idealizaciones (o El horno no está para bollos)

Idealizar es un gran deporte. Consiste en atribuir características positivas a una persona al tiempo que minimizas sus defectos y le restas importancia a los malos momentos para, exultantemente, sólo recordar los buenos; y así poder entregarte con absoluta libertad al recuerdo de esa persona "que sí te comprendía", "que sí te hacía sentir maripositas", "que sí era mi amigo de verdad" y un largo etcétera de cursiladas. Durante mucho tiempo fui una atleta de élite en tal disciplina. Sin embargo, y como le pasa a todo deportista de alto rendimiento, la edad me ha ido derrotando, pero sobre todo, la experiencia. Hace poco dejé de entrenar. Me cansé de los extenuantes sacrificios, de los monótonos fartleks, de las abdominales y las lagartijas. Me cansé de dejar de vivir mi presente en pos de un ayer idealizado, de perder mi tiempo en recuerdos manipulados. Y es que fui comprendiendo a base de madrazos que en la mayoría de los casos la realidad no se apega en casi nada a esas fantasías. Justo ayer tuve la última experiencia al respecto. Te quedas con la idea de un gran amigo al que adorabas y te adoraba hace veinte años, lo buscas en Facebook por meses hasta que lo encuentras y crees que todo será igual que antes, que habrá gran química y las conversaciones fluirán con la misma facilidad de antes; sobre todo con los antecedentes muy cercanos de los reencuentros con viejos amigos de la prepa y que han resultado ser reuniones muy agradables. El caso es que no. Nada. El gran amigo en cuestión (sí, ese amigo, EL amigo, al único que recordabas con cariño entrañable y que jurabas que te recordaba igual) resulta un fulano al que parece darle igual haberte encontrado a ti que a los otros veinticinco. Resulta un tipo que hace una invitación para un evento familiar a todos menos a ti. Gracias. Nada especial. Me resulta curioso cómo, contrario a lo que siempre pensé, las personas de las que nunca esperé nada me sorprendieron gratamente. Caso opuesto al de aquellos a los que consideré amigos cercanos en aquellos días. Esta súbita madreada me ha hecho afianzar la decisión de retirarme de las canchas. No más idealizaciones. La leña del horno está ya demasiado pasada, sólo quedan brasas, no alcanza para hornear bollos.

lunes, 5 de septiembre de 2011

Nacer en el entorno equivocado

Ayer terminó el mundial de atletismo en Daegu, Corea del Sur. No es que sea fan purista de esa rama del deporte (salvo de las disciplinas de fondo), pero ayer, en la final de los relevos 4x100 varonil, Usain Bolt llamó poderosamente mi atención. Entiendo que es un tipo que llamaría la atención de cualquiera con su sola presencia, pero lo que me movió ayer fue comprender un par de cosas. Uno. El tipo es un dotado, está fisiológicamente diseñado para las disciplinas atléticas que practica. Sus 1.98 metros de estatura y larguísimas piernas lo avalan. Dos. Evidentemente el tipo disfruta lo que hace, goza al ser el centro de atención de las multitudes, es un exhibicionista. Hace justamente aquello para lo que fue "diseñado". Mi punto al verlo festejar el triunfo junto con sus compañeros el día de ayer, era la pregunta de cómo habría hecho para descubrir ese talento y enfocar todos sus esfuerzos en eso que lo ha llevado a ser campeón del mundo y olímpico y todo lo demás. Entiendo que todos nacemos con algún don especial. Entiendo también que para algunos es sencillo, que se les presenta con absoluta claridad desde edades muy tempranas y que a los ocho o nueve años tienen ya definido el rumbo de sus vidas en cuanto al camino a seguir y van por ello contra viento y marea. Entiendo también que hay otro conjunto, el de aquellos que tienen la suerte de nacer con el don adecuado en el entorno adecuado. Ejemplos sobran: Isabella Rosellini, Sofía Coppola, Gael García Bernal, Diego Luna, Benny Ibarra y un largo etcétera. Está un cuarto grupo, el de aquellos que nacen y crecen sin idea de lo que son o quieren o aspiran, y en un entorno en el que tampoco se favorece el que en algún momento tales dones se hagan visibles o se definan. Un quinto bloque sería el de los que saben lo que quieren pero nacen en un entorno adverso. Aquí cabe el típico ejemplo del hijo-nieto-bisnieto de médico y que por ende no puede aspirar a ser más que lo mismo... médico, porque así lo marca la tradición familiar e independientemente de sus deseos o aptitudes. Después del tedioso recuento vuelvo a mi punto, a mi descubrimiento del sábado, previo a la final de los relevos 4x100 varonil en el mundial de atletismo de Daegu, Corea del Sur: Nací con aptitudes desconocidas y equivocadas en el entorno equivocado, y eso me ha generado un sentimiento de culpa exacerbado que me oprime el alma desde que era una niña. ¡Cuánto trabajo me ha costado comprenderlo! ¡Cuánto peso he debido cargar desde entonces! Y que conste que no me hago a víctima (ese proceso lo trabajo día con día, sin descanso), simplemente creo que al fin comprendo la raíz de todos esos miedos que me paralizan y me impiden apreciar con claridad lo que la vida me ofrece. Un ser sensible, con marcada tendencia a la introspección, a la lectura, a la escritura, estaba fuera de lugar en un mundo rural en el que sólo contaban el trabajo duro, lo práctico, lo tangible. ¿Por qué perdía tanto tiempo leyendo la Biblia o la colección de Selecciones del Readers Digest de mi abuela (que era lo único legible a cincuenta kilómetros a la redonda)? Me preguntaba papá con molestia, desilusionado por esa hija suya a la que tanto amaba pero a la que seguramente habría cambiado para convertirla en lo que él deseaba. El sábado entendí de súbito que sí era visible la naturaleza de mi espíritu, pero sólo a ojos que hubieran podido observar las señales que mi yo niña lanzaba al mundo con tanta energía. Lamentablemente mis padres no tuvieron esos ojos y no cumplieron con su parte del trato. No juzgo, sólo hago un recuento de hechos históricos, de verdades innegables. Ahora viene la parte más compleja. Ya descubrí la raíz del problema, ¿cómo diablos le hago para resolverlo? Al tiempo...

jueves, 9 de junio de 2011

El Café de los Cuentistas

La Cuidad de México tiene el estigma de inhabitable, de caótica, de sucia, de estresante, de insegura. Adjetivos todos ciertos pero tristemente no exclusivos de esta ciudad, todos cada vez más aplicables al resto de las ciudades de este pobrecito país al que se está llevando la chingada.
El caso es que vivir en esta ciudad tiene su lado muy oscuro pero también otro que vale la pena poner en perspectiva a la hora de evaluar la experiencia de ser su habitante, uno que hace que valga la pena aguantar vara, como dicen en mi pueblo.
Me gusta escribir. Seguramente no lo hago de manera virtuosa o especialmente artística, pero me gusta contar y, por ende, que me cuenten; me entusiasma la idea de saber quién está detrás de las letras, cómo son físicamente los responsables de generar las historias que leo, saber en qué se inspiran, cómo, cuándo.
El primer martes de cada mes se lleva a cabo El Café de los Cuentistas en el Péndulo de la colonia Roma. A las 7:30 comienza la experiencia de escuchar de viva voz de sus creadores una serie de cuentos, o bien un cuento algo más largo, para después iniciar una sesión de participación por parte del público en la que puedes preguntar lo que quieras. Me resulta enriquecedor ver de frente a cada escritor, observar la simplicidad que los acompaña; no parecen diferentes a los que estamos sentados de este lado del foro, no tienen una cabeza descomunal en la que sea evidente que generan millones de ideas más que nosotros, o un rostro de infinita belleza que sea el reflejo de lo que son capaces de regalarle a las letras y palabras acomodadas de tal o cual manera. De niña creía que quien era capaz de escribir un libro seguramente sería una persona excepcionalmente inteligente, fuera de cualquier parámetro conocido por mí en aquel entorno rural en el que el único libro que existía en las casas era la Biblia. Imaginaba a Louise May Alcott, a Edmundo De Amicis, a Antoine de Saint-Exupéry como seres mágicos, poseedores de talento y conocimiento absoluto, y sentía una envidia que trataba de esconder hasta de mis mismos pensamientos, envidia por la absoluta certeza de que yo jamás sería capaz de semejante hazaña.
Haber tenido la oportunidad de mirar de cerca a Ana García Bergua, a Rafael Pérez Gay, a Paola Tinoco y a Alberto Chimal, me ha hecho sacudirme esas creencias infantiles que de alguna manera habían permanecido en mi memoria actualizándose con cada autor nuevo que he leído hasta la fecha, para ceder su lugar a una humanización del escritor ante mis ojos. La conclusión obligada es: si en apariencia son tan comunes como yo, seguro que dentro sucede algo similar; así que tal vez, si me esfuerzo, algún día yo también podría...
Una experiencia que dificilmente viviendo fuera de este caos llamado Ciudad de México, podría haber tenido la fortuna de vivir.

miércoles, 30 de marzo de 2011

Las Limitaciones.... ¡Están en tu cabeza!

En cierto modo siempre he estado consciente de que mi mundo es pequeño, pero no me había dado cuenta plena de que su pequeñez ha ido en directa proporción con lo que yo he pensado son mis limitaciones.


Y bueno, no es que de la noche a la mañana crea que puedo desafiar las leyes que rigen a este universo... no se trata de eso, se trata de que en lugar de tenerlas como una barrera o de querer ir en su contra, las uses a tu favor.


Pienso en lo que tienen que hacer por ejemplo las personas que en algún momento llamamos discapacitados (después se llamaron "con capacidades diferentes", pero el término murió porque toooodos tenemos capacidades diferentes). El caso es que las personas que han padecido alguna enfermedad que les ha obligado a llevar una vida distinta a la de la mayoría, por falta de algún miembro o parte de su cuerpo, o aquellos que por un accidente han quedado en las mismas circunstancias, son un ejemplo muy palpable de que en verdad, las limitaciones están sólo en tu cabeza.


Aquí en México es bien sabido que los atletas paralímpicos están mucho más comprometidos y aman más la camiseta que los otros atletas. Sin querer entrar en controversias simplemente señalaré que mientras los atletas mexicanos que participan en las olimpiadas traen dos o tres medallas (si bien les va), los paralímpicos se traen decenas y cada uno por lo menos trae dos o tres. ¿A qué se debe esto? No sé en otros países pero aquí en México el mundo es tremendamente hostil con personas en estas condiciones y sin embargo muchos de ellos salen adelante con mucha más dignidad de lo que lo hacemos los que tenemos el paquete completo.

Y el secreto no es tan secreto en realidad. La razón por la que ellos no sólo salen adelante con más dignidad sino que además brillan en lo que sueñan, es porque están acostumbrados a hacer el esfuerzo que sea necesario para alcanzar lo que anhelan.

Hablando de forma personal diré que es irónico que alguien que no tiene que esforzarse tanto como quien no tiene piernas o manos o que es ciego, se limite tanto en cosas tan elementales como la felicidad.

Digo, no dudo que hay gente infeliz y amargada por su condición de vida (con o sin discapacidad), pero veo con admiración y gusto que son más las personas con capacidades especiales que buscan su felicidad y se abrazan a ella sin importar sus condiciones de vida (o por encima de lo que ellas representan), que los que lo tenemos todo.

Por ejemplo, a partir de mi crisis existencial sobre mi postura como empleada y mamá, descubrí que no es posible brillar en ambas facetas porque por su naturaleza se contraponen. Al principio me frustré, lloré y me emberrinché porque me parecía injusto que este mundo estuviera mejor diseñado para los hombres, que ellos gozaran de todas las ventajas y que nosotras cargáramos más con las responsabilidades, que con la realización de nuestros proyectos porque "alguien" tiene que quedarse a cuidar a los niños.

Estoy muy agradecida de mi trabajo de medio tiempo y no lo cambiaría por nada, pero al ver que no tendría un desarrollo como yo lo imaginaba debía ser, me resigné a vivir una existencia laboral tirando a la mediocridad. Y no es que sea chambona y haga mal mi trabajo. Una cosa siempre me ha quedado clara, si vas a hacer las cosas hazlas bien o mejor dedícate a algo más, pero me quedaba claro que por ejemplo los cursos de capacitación, los proyectos especiales y los viajes no eran algo que cabía en mi universo.

Hace unos días descubrí que estaba en un error. Que el crecimiento y el desarrollo no se limitan a tu concepción de éxito; que el universo es infinito y que por lo tanto está en constante expansión y por ende también lo están las cosas que lo componen.

No, no me volví loca y de pronto creo que todo se expande por mi gusto. Como dije al principio, no creo que en este mundo haya una sola cosa que se haga realidad en contra de las leyes que rigen el universo (muy inteligentemente creadas, por cierto), lo que sí creo es que el espectro es mucho más grande y de mayor alcance de lo que podemos ver.

Puesto en otras palabras y usando mi situación para dar marco en particular a este caso, yo no podré físicamente expandirme, pero existen partes de mí que están fuera de esa "limitación" física, y que sí se pueden expandir para trabajar a mi favor si así lo deseo.

¿Quién diablos dice que mi empresa se va a quedar toda la vida como está y que por lo tanto no tengo cabida en otros marcos funcionales?

Eso es algo en lo que no había pensado hasta que mi jefe me invitó a participar en un par de proyectos que me tienen muy entusiasmada por el reto que implican, y por el desarrollo profesional y personal que sin duda ofrecen a los involucrados.

Ahí me di cuenta de que puedo crecer aun cuando no tenga un cambio de puesto hacía arriba en mi organización.

¿Cuántas otras cosas he limitado en mi vida porque no encajan con mi manera de ver las cosas?

¡Puuuuuuf! Cientos, tal vez miles.

Lo que sí creo es que todo camino requiere de un esfuerzo, tal vez uno extraordinario, pero de que se puede, se puede.

¿Y tú, a dónde quieres llegar y qué estás dispuesto a hacer para conseguirlo?

Nos vemos en la próxima.

viernes, 11 de marzo de 2011

Esa que soy cuando cruzo la meta


Cruzar un umbral significa salir y entrar. Tal vez por eso nos causa tanta fascinación una puerta, mucho más si está cerrada. Cruzar un umbral significa movimiento, cambio, abandono de la zona de confort. Salir significa abandonar. Entrar encierra la posibilidad de algo nuevo, de algo por conocer y, por lo tanto, desconocido. A pocos nos entusiasma enfrentarnos a eso, así que nos aferramos a nuestras rutinas y prácticas comunes aplicando el viejo y conformista adagio "más vale malo por conocido que bueno por conocer" para justificar ante el mundo y ante nosotros mismos nuestra cobardía.
Me reconozco como una cobarde. Jamás he sido de las que arriesgan. Me gusta el terreno seguro. Cuando era niña odiaba dejar de tocar el suelo; las resbaladillas eran uno de mis grandes temores, al columpio sólo me subía si el balanceo era suave y corto. Contradictoriamente amo la sensación de volar, del aire sobre la cara; pero eso sí, siempre y cuando me sienta en control de la situación. Me gusta controlar o por lo menos sentir que lo hago. Entiendo que esto me vuelve una mujer cuadrada. Contradictoriamente me gusta crear, creer, soñar, adoro las formas suaves y redondeadas. Ya sé que suena confuso, pero ya casi llego al punto que deseo explicar, lo prometo.
Mi auto análisis me lleva a la conclusión de que soy un ser reprimido, alguien que anhela la libertad pero que no se permite a sí misma experimentarla, alguien que quisiera ser casi todo lo que no es pero no se atreve a luchar por ello, alguien que nunca ha estado en el momento y lugar correctos para empezar su propia historia de sueños cumplidos.
Hace poco más de cinco semanas fui en contra de mi auto represión. Me monté en una ola impulsiva y me incribí a una carrera de diez kilómetros para mujeres: la Nike Nosotras Corremos. ¿Cómo fuiste capaz? ¡No estás preparada! ¡Con tantas dificultades corres cinco! ¡Eres muy lenta! ¡Falta muy poco tiempo! ¡No vas a lograrlo! Una y otra vez intenté sabotearme como tantas y tantas en el pasado, pero la locura ya había sido cometida y el comprobante de pago y de inscripción temblaba en mis manos. Tenía dos caminos: rajarme y ser fiel a mis miedos o aventarme al ruedo y sentir por primera vez en mi vida que había asumido el riesgo correcto. Me mantuve firme y opté por la segunda, finalmente si no lograba terminar nadie moriría.
Desde ese momento mi vida empezó a girar en torno a la carrera y mi preparación rumbo a la meta. Hablé con mi familia para que entendieran la importancia de mi reto y me dieran todo el tiempo y espacio posible para prepararme. Dejé de fumar, cambié mi forma de alimentarme, descargué un programa de entrenamiento del sitio de internet de la marca organizadora, y me puse a entrenar. No fallé un sólo día, aunque hiciera frío, aunque me tocaran los odiosos fartlek, aunque me sintiera cansadisisísima. En mi mente sólo existía la necesidad de no llegar última, pero sobre todo de no ser levantada por "la barredora", un camioncito que recorrería la ruta después de noventa minutos de iniciada la carrera para ir recogiendo a las corredoras que aún no hubieran llegado a la meta. Trabajé mucho a nivel mental para asimilar profundamente que el reto era sólo contra mí, para creerme que podría.
El día anterior a la carrera hice todo lo recomendado: tomé mucha agua, comí carbohidratos, descancé y me dormí temprano.
El 6 de marzo de 2011 cambió mi vida. La vibra que se siente en una carrera de esas no tiene comparación. Miles de mujeres metidas en miles playeras naranja y likras negras llenábamos el infield del Hipódromo de las Américas, todas emocionadas, cada una con su propio sueño por cumplir. El disparo de salida sonó y el nervio que me había acompañado desde el día anterior se convirtió en una explosión de adrenalina. Finalmente había llegado el momento para el que tanto me preparé durante cinco semanas. Finalmente había llegado el momento de hacer algo por mí, para mí, desde mi yo más interno. Ahí no era la mamá de ni la esposa de ni la hija de ni la hermana de ni la jefa de, ahí era simplemente yo en medio de otras ocho mil mujeres, sola, buscando romper mis eternos esquemas de derrota y auto sabotaje. Empecé a correr con algunas lágrimas bailándome en los ojos. Me permanecía un miedo que se iba disipando conforme avanzaba y escuchaba las porras y los gritos de aliento que nos regalaban cientos de personas apostadas a los lados de la ruta. Cierto era que muchas corredoras me rebasaban pero jamás sentí ese terror que imaginé tantas veces mientras entrenaba. Establecí mi ritmo de carrera y me apegué a él aunque la adrenalina me pedía ir más rápido. A los dos kilómetros ya había dejado atrás cualquier carga negativa y corría serena, disfrutando, sonriendo, agradeciendo a los porristas, leyendo los ingeniosos carteles de apoyo que sostenían sobre sus cabezas mientras no dejaban de gritar "¡Venga! ¡Vamos! ¡Sí se puede! ¡Son todas unas campeonas!". Llegué a la meta exactamente a la hora con quince minutos de haber cruzado la línea de salida, entera, con fuerza suficiente como para correr otros tres o cuatro kilómetros, feliz, satisfecha, eufórica, con los brazos levantados y las lágrimas cayéndome sobre el rostro previamente mojado por el sudor, sintiéndome fuerte, valiente, poderosa, capaz de cualquier cosa.
Nunca antes me había sentido así.
Nunca después seré la misma persona.
Finalmente, al cabo de treinta y siete años crucé el umbral, descubrí que puedo si quiero, que las limitaciones las he traído siempre dentro de mí, sobre mi espalda como un saco pesado, como un lastre al que tristemente me acostumbré a cargar cmo si no hubiera otra alternativa. Y es que no la había, no hasta que la venda se me cayó de los ojos al cruzar la meta.
Hoy veo la vida de otra manera. Hoy quiero enfrentar todos los retos que había venido posponiendo. Hoy no me cuesta trabajo levantarme por la mañana a enfrentar el día, sin contar las horas que faltan para volver a dormir por la noche. Hoy asumo la absoluta responsabilidad de mi vida sin buscar culpables ni pretextos.
El próximo 10 de abril correré de nuevo y pronto comenzaré a entrenar para el medio maratón de la Ciudad de México a celebrarse en septiembre próximo. Por un rato seguirán sin importarme los tiempos y permaneceré enfocada en terminar antes de que los organizadores "levanten el changarro", seguramente con el paso de los meses comenzaré a preocuparme por esos mounstritos que aderezan y acompañan la vida del corredor. Mientras tanto seguiré disfrutando de los albores de mi amateurismo, y seguiré corriendo detrás de mí misma, detrás de esa que soy cuando cruzo la meta.

miércoles, 23 de febrero de 2011

Recaídas

Los médicos temen a las recaídas porque, por lo general, son mucho más graves y complejas de curar que la enfermedad original. Supongo que el mismo principio se aplica a los demás ámbitos de la vida y casi todos van por ella cuidándose de tan temibles réplicas de la desgracia. Sin embargo hay quienes se han acostumbrado a esos tropezones a tal grado que los han integrado a sus procesos, y en el extremo del espectro, habemos algunos locos que nos aferramos a ellos, que no los dejamos ir y los convertimos en una adicción que nos persigue tomando formas distintas a lo largo de los años. En lo personal acabo de descubrir que soy adicta a ellas, que mi existencia se justifica mediante esas pequeñas o grandes fugas de energía, de salud, de bienestar. Tristemente creo que padezco de una necesidad crónica de ansiar, de necesitar algo que no puedo ni podré alcanzar nunca, y todo ello se refleja en las recaídas que sufro con una constancia rigurosa y particularmente exacta. Lo más curioso es que, conforme pasan los años, la "sustancia" adictiva, la droga a la que le regalo mi devoción, va cambiando, de forma, de tamaño, de color... de ojos.
Cierto es que con los años me ha llegado una cierta capacidad para no entregarme de lleno a esos momentos de ansiedad extrema que enfrentamos los adictos, he llegado a controlarlos con bastante eficacia pero eso no significa que hayan desaparecido y que no se intensifiquen exponencialmente cuando algún estímulo me los dispara; lo único que ha cambiado es que hoy soy capaz de controlarlos o de encontrar alguna ruta de escape para que fluyan y no acabe yo convertida en una bomba molotov.
Hoy, a mis treintaymuchos no es particularmente halagador comprender que ese lado más oscuro de mi lado oscuro sigue existiendo y coexistiendo con las virtudes que tanto me esfuerzo en adquirir y conservar, pero si lo analizo con calma llego a la conclusión de que con mantenerlo a raya logro un buen dividendo. Tal vez suene a conformismo pero cuando llevas una vida entera recayendo una y otra y otra y otra vez, puedes sentirte agradecida de ahora llevar rodilleras, coderas y casco.
Por lo pronto hoy dejo acá el detonador de mi recaída de hoy, la piedra con la que me tropecé esta mañana y que ha hecho que no pare de sentir diez kilos de plomo atorados en el corazón.

"You Get Me"
Seal
You get me
If I say no,
if I resist
If I don't give in to this
Would it be a lesson or a loss?
Suddenly I know what it's about
Thoughts come in, and words come out
Suddenly I'm not killing timeIt's all over now
You get me
You get me
Like a beautiful song
You heard a million times
Like the rainbows end
You can never find
You get me
You get me
If I say yes, if I let go
And face the consequence
I'll knowWill it lead to living with regret?
Suddenly the walls are coming down
I wont be the same when I come around
Suddenly I am understood
It's all over now
You get me
You get me
Like a crimson sunset
Where the sky meets sea
Like no one alive
But lives in my dreams
You get me
You get me
You get me
You get me
Like a beautiful song
You heard a million times
Like the rainbows end
You can never find
It's hard to ignore
And undeniable, too
This feeling inside
When I look at you
You get me
You get me


lunes, 24 de enero de 2011

Mis huellas en la arena

Hace un par de semanas caí en la cuenta de que existo. Me explico: a lo largo de mi vida me ha resultado casi imposible comprender el papel que desempeño en el mundo de los que me rodean. Tengo claro lo que a mí toca, lo que percibo, lo que siento, lo que quiero y a quién lo aplico, pero no tengo mucha conciencia sobre aquello que tiene que ver con los demás y con la percepción que tienen de mí. Hace poco lo llamaba "síndrome de invisibilidad" (esta cosa extraña incluye la certeza de que la gente deja de recordarme cuando deja de mirarme) y se me estrelló en la cara una mañana en la arena de alguna playa de Los Cabos. Lo que más me gustó de esas playas fue su soledad, la falta de garnachas, vendimias de artesanía y ofertas de masajes con aceite de coco. Esa soledad me permitió observar mis huellas en la arena mientras descansaba sobre una saliente rocosa. El momento en que mi vista se posó en esa hilera de huecos que mis pies fueron dejando tras de sí fue revelador. Sólo eran mis huellas. Nada más. Nadie más. Era la prueba irrefutable de que existo, de que lo que hago, cualquier cosa, por insignificante que parezca, algo tan simple como caminar, cambia al mundo de alguna manera. Se me vino encima, entonces, una especie de pesada responsabilidad, y también me cayó en la cabeza la comprensión de cientos de situaciones en las que siempre me fue más cómodo aventar la culpa sobre alguien más.
Me avergüenza un poco reconocer este súbito conocimiento de mi misma a mis treinta-y-casi-cuarenta, sin embargo prefiero aplicar el eterno lugar común de más vale tarde que nunca. Entonces me llegan otras revelaciones. Entre ellas el significado de la madurez y la certeza de que, si es que no he llegado a ella, estoy más cerca que nunca; y también la sana diferenciación entre ésta y la vejez.
Lo mejor del asunto es que esta avalancha de súbitas "caídas de veinte" me ha puesto en una perspectiva en la que me siento mucho más optimista y positiva que nunca.

viernes, 7 de enero de 2011

Adiós a los Reyes Magos

Ni tiempo ni inspiración ni ganas ni necesidad. De repente me llegan esos períodos en los que todo parece condensarse en mi mollera y convertirla en un agujero negro del que ninguna letra es capaz de salir. Me ausenté por más de un mes y en ese tiempo pasaron muchas cosas. Sería complejo intentar comentarlas todas ahora mismo cuando la antimateria acaba de abandonar mis neuronas y finalmente estoy aquí dispuesta a delirar un rato, como siempre.
Se nos acabó un año y empezó otro. Ciclo natural. Antes de eso, la Navidad con sus prisas, sus reencuentros con los queridos lejanos, su agitada agenda social, su luz por el nacimiento de Aquél por quien la celebramos. Vacaciones. Descanso, aunque no propiamente en mi caso porque dí más vueltas que un mayate: DF-Tulancingo-León-Guadalajara-León-DF-Acapulco-DF, lo que no es una queja sino un simple recuento de mi ajetreado itinerario en el que el descanso físico no tuvo mucha cabida.
Ahora mismo se me acaba una semana/oasis en la que retomé a medias esa rutina de la que siempre me quejo pero a la que siempre extraño cuando me caen encima vacaciones largas; y justo a la mitad de ella, la noche de Reyes. Afortunadamente hice mis compras con suficiente anticipación y me evité las aglomeraciones que acaban con la paciencia del más santo de los santos, así que pude disfrutar de la que seguramente fue mi última noche como "Reyna Maga". Ana sabe perfectamente cómo funciona el asunto desde hace un par de años y Ger... contrario a lo que hubiera imaginado, este año aún creyó. Su carta sincera, su carita emocionada, los tres vasos de leche que dejó al pie del árbol junto con tres platos con galletas, lo delataron. Sigue creyendo en esa fantasía que nos sale por la puerta trasera mientras la adolescencia nos entra por la de enfrente. Sin embargo me queda claro que este fue, muy probablemente, el último año. Su propio desarrollo intelectual le irá haciendo descubrir que es imposible que haya tres personajes que recorran el mundo en una noche, entrando y saliendo de las casas, tomando leche y comiendo galletas sin reventar o de menos empacharse, y adivinando el deseo de cada niño sobre el planeta. Seguramente en el transcurso de este año entederá por qué las tiendas de autoservicio ponen ofertas de juguetes y carpas especiales en los estacionamientos antes del 6 de enero y misteriosamente las quitan después de tal fecha. La magia está a punto de ser reemplazada por la realidad y entonces reirá en más de una ocasión al entender por qué papá y mamá insistían tanto en que fuera a dormir temprano aunque no tuviera sueño, por qué a veces le dejaron cosas que olvidó pedir en la carta pero que deseaba de verdad, por qué cuando Santa "se rayaba" con un regalo caro los Reyes dejaban algo más sencillo y viceversa.
El caso es que sé que esa etapa ha terminado, en la vida de mis hijos y en la mía propia. La noche del 5 de enero comí galletas y tomé leche al pie del árbol disfrutando ese momento que jamás volverá. Mientras lo hacía me cayó el veinte de que estoy en una etapa en la que es común que esos adioses sucedan y de que si no adopto la perspectiva correcta puedo convertirme en un asqueroso vinagrillo. Un rotundo ¡NO! se me atravezó en la garganta. Etapas van y vienen siempre, y si el próximo año ya no haré de rey mago seguramente haré de algo distinto que seguirá siendo importante, para mi familia y para mí misma. Viví ahí mismo mi duelo por lo que se iba y di la bienvenida a lo que llega, a la madre de dos adolescentes con toooodo lo que eso pueda implicar.
Ayer jugamos Rock Band y nos divertimos como enanos, partimos la rosca y tomamos chocolate caliente. Seguimos siendo una familia unida, una muy linda por cierto.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Correr y desnudarse

Empecé a correr hace poco menos de dos años. No es que haya logrado mucho en cuanto a distancias pero el correr, hoy por hoy, cinco kilómetros tres veces por semana me hace sentir, más allá de los innumerables beneficios físicos, algo así como poderosa.

A lo largo de mis años he sido básicamente sedentaria, salvo breves y esporádicos períodos en los que he estado inscrita en algún gym; pero desde que una mañana de sábado sentí la libertad estrellarse en mi cara mientras corría, no he vuelto a ser la misma. Mis piernas han adelgazado, mi estrés ha disminuído, mi cintura mide menos, mi mente se ha liberado, los problemas parecen más pequeños, el bikini me viene bien en la playa, mis pulmones se han saneado un poco y cada vez le cuesta más al tabaco convencerlos de aceptar más de dos cigarrillos, los leggins y los jeans entubados forman parte de mis atuendos diarios, me siento capaz de nuevas metas, empiezo a preocuparme más por mi alimentación, me gusta mucho más lo que veo cuando miro al espejo, mi desnudez ya no me asusta.

Como dice Anabell en la entrada previa, como te ven te tratan; pero un poco más allá de eso, creo que como te ves te sientes y te tratas tú misma; el trato de los demás es entonces consecuencia de lo que proyectas, de esa seguridad que te da salir de casa por la mañana y caminar por la calle sintiéndote una reina, guapa, segura. Es entonces cuando los demás empiezan a voltear, a mirarte e incluso a propinarte algún piropo. El círculo virtuoso se abre y los resultados positivos se van desgranando a lo largo del día en el resto de los momentos de interacción social y en cada uno de tus encuentros con el espejo.

Ayer noche vi en la tele un programa de la BBC que se llama "How to look good naked". La finalidad de cada episodio es hacer que la protagonista en turno aprenda a aceptar y a amar su cuerpo de tal forma que al término del mismo se permita fotografiarse desnuda y caminar por una pasarela en ropa íntima. La fulanita de anoche era una inglesa rubia simplona, pasada de peso, desaliñada y con un pésimo sentido de la moda, una mujer que odiaba su cuerpo al extremo de no atreverse a mirar su reflejo desnuda. Me impactó el proceso por el que la fueron llevando para que se diera cuenta gradualmente de que ni sus bubbs eran tan enormes como ella pensaba ni su cuerpo tan repulsivo como se había acostumbrado a creer, y todo sin hacerla bajar un gramo de su peso. La aceptación llegó finalmente y se atrevió a posar frente a la cámara sin nada más que un peinado glamoroso y un maquillaje divinamente profesional. El resultado fueron las fotos espectaculares de una mujer que se siente hermosa y lo proyecta. No hubo cirugías ni lipos ni implantes ni nada, todo el trabajo fue a nivel mental y emocional.

Cuando el programa terminó me quedé pensando en mí, en todo eso que he detestado de mi cuerpo a lo largo de los años, y en cómo el correr me ha ido cambiando sistemáticamente esos rencores, en cómo ha ido transformándolos en orgullo por mí y en una reconciliación con mis chaparreras (por cierto, cada vez más pequeñas). La conclusión es una súbita comprensión de que el resto está en mi mente.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Como te ven, te tratan

Nunca me ha gustado darle más importancia a la apariencia de las personas que a cualquier otra característica de su personalidad. Por alguna razón siempre he estado muy consciente de que el aspecto exterior, por muy bonito que pueda ser a los ojos, con el paso del tiempo se marchita sin remedio (aun en aquellos que desafían al paso del tiempo con cirugías y tratamientos de diversos tipos).

Hace muchos años mi esposo tuvo un desafortunado accidente donde perdió el ojo izquierdo. Cuando yo lo conocí no usaba prótesis y aunque su aspecto llamaba la atención a primera vista, los lentes que siempre ha usado terminaban por desviarla la mayor parte del tiempo.

Después del accidente, el doctor que lo atendió le dijo que tenía que ponerse de inmediato una prótesis porque su aspecto era monstruoso. Él, como buen adolescente de 14 años se indignó ante semejante comentario y le dijo que ese aspecto no sería impedimento para que él siguiera con su vida y lograra todo lo que se le diera la gana.

Años más tarde decidió que era momento de hacer algo por él y su apariencia. Se preguntó si aquel aspecto no sería factor para no alcanzar algunos propósitos (sobre todo profesionales) y llegó a la conclusión de que como te ven, te tratan.

"¿Que pensarías de un cuate que trae su carro chocado por mucho tiempo?" Me decía. "Da la impresión de que no le importa, de que es descuidado o desidioso."

Y advertí que tenía razón y que el aspecto exterior cuenta mucho para el mundo porque es la puerta de entrada a todo lo demás.

Después de que nacieron mis hijos me quedé con diez kilos de más que no hice nada por bajar. El comentario de toda la gente que por alguna razón veía mis fotos de antes de que nacieran mis hijos era el mismo: "¡Ay, qué delgadita que eras!"

Hace poco más de dos años me hicieron una histerectomía y un año más tarde me encontré con otros quince kilos de sobre peso, producto quizá de un desbalance hormonal, o tal vez porque en lugar de limitarme con la comida, comí y comí de más.

Con tantos kilos de más me sentía muy mal física y emocionalmente, así que me determiné a bajarlos antes de que se me desatara una diabetes o algún otro mal relacionado con el sobre peso.

Me costó mucho trabajo pero al cabo de ocho meses ya había perdido veinte de los veinticinco kilos que traía de más y el cambio fue bastante notorio. Al principio me sentí muy bien porque todo el esfuerzo y sacrificio que había implicado cambiar de hábitos alimenticios pagaron su precio con los comentarios de la gente que me decía que me veía muy bien, así que no me detuve hasta bajar los otros cinco kilos que todavía me sobraban.

Noté también que el trato de la gente para conmigo cambió a partir de que me vieron sin toda esa bola de kilos que traía encima y aunque por un lado fue halagador, por otro fue decepcionante porque es triste ver que algo que se va a acabar eventualmente, tenga más peso que lo que nunca envejece.

Los que me conocieron gorda y que entonces no me hablaban, hoy me hablan y quieren pasar tiempo conmigo, me buscan y me invitan a sus eventos.

Y bueno, nada en este mundo pasa sin dejarte algo por aprender. Si bien es cierto que la apariencia no debe pesar más que otras características de las personas, tampoco debe relegarse a último plano por el simple hecho de que algún día se acabará.

Es como el portón de entrada a un jardín que reverdecerá todos los años. Si no lo pintas, le arreglas las farolas que iluminan el camino y le barres las hojas secas que el otoño dejó, nadie se acercará para admirar lo que tiene dentro.

Pues sí, como te ven te tratan y está en ti cómo quieres que te vean y por lo tanto, cómo quieras que te traten.

jueves, 12 de agosto de 2010

Hoy... sin la venda en los ojos.

De un mes a la fecha me he estado reencontrando con gente de antes, con antiguos compañeros de vida. Fugaces unos, otros no tanto. De frente en una mesa de café, por teléfono, por Messenger, por Facebook. En general todos ellos fueron gratificantes. Todos menos uno.

Varias veces he hablado aquí sobre ese amor de juventud que me marcó por años y años. Con bombo y platillo puedo decir hoy que nada de eso queda ya. Parece que el tiempo se encargó de hacer eso que todos te dicen cuando traes mal de amores: todo lo cura, todo lo borra. Sé que puede parecer estúpido que venga a decir esto hoy, a casi veinte años de distancia; entonces sólo hay que recordar que soy un ser de pasados, que los atesoro y no los dejo ir tan fácilmente. Hace un par de semanas dejé en un par de fotos que me encontré en Facebook, todos los recuerdos: los buenos, los malos, los más o menos, los dolorosos, los eufóricos. Por primera vez en mi vida entendí lo que mis amigas se cansaban de decirme. La venda se me cayó de los ojos y pude percibir aquello que siempre me negué a mirar. Empecé a preguntarme entonces: ¿De quién estuve enamorada?, ¿a quién le permití mostrarme el amor con sus encantos y desencantos?, ¿a quién le regalé la primicia de mi piel?... ¿A él? ¿Al que aparece en esas fotos recientes? ¡No quiero! Preferiría seguir pensando que era un tipo simpático, guapo, sencillo y sensible, con ojos y boca de niño, con sonrisa de campo y manos de alquimista. La realidad me desagrada porque por primera vez lo veo como todos los demás lo vieron siempre... como era su esencia, sin todos esos oropeles que mis ojos nuevos y enamorados le adjudicaban en cada mirada.

Hoy puedo agradecer el sentirme finalmente liberada de él, pero ha empezado a dolerme la crudeza de la realidad, el fin del sueño, la caída de las murallas de ese recordar selectivo que tuve que construírme en torno a él para no sentir que mis primeras veces fueron un desperdicio porque las deposité en la persona incorrecta. Finalmente no sería yo si la historia tuviera un final feliz... esos no son para mí.

miércoles, 11 de agosto de 2010

¡Terapia!

Ayer comencé terapia Gestalt. Una nueva experiencia. Un nuevo modo de intentar solucionar las intermitencias y los dolores de siempre. No sé si funcionará pero quiero intentarlo. Igual nada pierdo pero lo que puedo ganar creo que es importante. Quiero encender la luz, sentir que puedo, que quiero, que me quiero. Y es que eso de querer querer... me, me ha acompañado tanto que he llegado al punto en el que no parezco querer otra cosa, lo peor, no parezco lograr nada distinto, y así se me van quedando las letras en el tintero, las notas en el piano que no tengo, las viejas querencias junto a las nuevas, y lo peor de todo, la sensación de que la vida llega a la mitad y nada ha sido suficiente... nunca.
La primera tarea es escribir una auto biografía. ¡Menuda cosa para un intento de letruda como yo! Me emociona y me asusta a la vez. Si logro algo medianamente aceptable lo compartiré acá, si nunca llega es porque el adefesio superó mis propias expectativas siempre malas y tristes. La segunda tarea es la sinceridad a b s o l u t a, y no con el terapeuta, conmigo misma. Cuando lo pienso me aterra, abrir la boca para que salga por ella todo lo que sé que guardo y que a veces no puedo confesarme ni siquiera en silencio... no es cosa sencilla, pero algún precio hay que pagar por encontrase, por liberarse. La tercera tarea es el asumir la responsabilidad de mi propia vida, o sea dejar de endilgarle los milagritos a los santos incorrectos; acá la única responsable de cada cosa que siente, quiere, piensa o sufre, es su servilleta. Así que de ahora en adelante soy la única "santa" en cien kilómetros a mi redonda.
Finalmente no sé si sea un grito de auxilio en la dirección equivocada, pero creo que hacer algo es mejor que seguir esperando el amanecer de un día en el que la plenitud me acompañe a pesar de mis propios pesados pesares.

viernes, 21 de mayo de 2010

Ella...

A una sola mujer he considerado, en algún punto de mi vida, una rival. En ese tiempo me parecía una mujer interesante, bonita, pero sobre todo, malvada. Durante varios años le colgué el milagrito de ser la bruja de la historia, la villana desalmada que hizo todo lo posible (incluídos pociones mágicas y artilugios ocultistas) para separarme del amor de mis amores y así poder tenerlo de nuevo para ella. No fui capaz de entender que el asunto era mucho más simple, que el fulano en cuestión había decidido, en plenitud de sus facultades, no seguir conmigo y sí regresar con ella para vivir a su lado el resto de sus días. Hoy lo entiendo, lo asumo y hasta me he perdonado por haber sido tan poco inteligente como para no comprenderlo desde el inicio; hoy, que me he topado con un par de fotos suyas en Facebook, la miro y no veo otra cosa que una mujer de cuarenta con todas las huellas que la vida te deja en el rostro como factura del privilegio de alcanzarlos, veo una mujer básica como yo misma, y apenas puedo creer que en algún momento tuvimos algo tan fuerte en común aunque ese algo haya sido el antítesis de la amistad; hoy hasta la admiro por no haberse rendido, a pesar de que el mundo entero estaba contra ella, hasta haber alcanzado su objetivo: llegar al altar con el amor de su vida. Esa mujer no era mala, simplemente luchó con todo lo que pudo para recuperar lo que siempre supo suyo. La bruja de su cuento de amor fui yo, la que llegó un día a su vida y le movió las entrañas a su novio de tres años fui yo, quien la miró derrotada enmedio de un charco de sus lágrimas tras haber sido mandada al demonio para que mis seis meses de gloria sucedieran... también fui yo. Y tampoco esto me convierte en una mala persona porque todo ello sucedió sin que lastimar a alguien fuera mi objetivo (¿cómo podría haber sido intencional si yo estaba tan bruta?), las cosas simplemente se dieron así y si hay un responsable ese fue el hombre que antepuso sus propios deseos y sentimientos a los de las dos. El caso es que hoy, por primera vez en mi vida, vi a Gaby con otros ojos y eso fue liberador.