Mostrando entradas con la etiqueta Despedidas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Despedidas. Mostrar todas las entradas
miércoles, 24 de octubre de 2012
Sin razón II
Habían pasado muchos meses y seguía extrañándote. Seguía pendiente en mis entrañas de tus risas lejanas y ajenas, de tus manos de dedos cortos, de la forma en que depositas la ceniza del cigarro consumido en el cenicero lleno. Seguía buscando girones de tu voz en la red de mis recuerdos, en mis ojos. Llegó la desgracia a mi vida, a pintarla de tragedia, llegaron las horas de angustia, los golpes del miedo se incrustaron en mi abdomen, la maldad me alcanzó, me sometió. Me convertí en rehén de la ambición de los inescrupulosos, otra voz tomó el protagonismo en mi vida por tres largos días, una voz con sombrero y jeans sucios, una voz con botines, diente de casquillo de oro y revólver en el cinto. Mis manos temblaron, mis ojos se inflamaron, mi corazón se quemó. Seguían pasando las horas y en algún punto del túnel apareciste de nuevo, apareció tu risa corta y grave. Imaginé entonces la sonrisa que se esboza en tus labios cuando esa risa corta y grave sale de ellos, y no pude si no sonreír también. Habrán de pasar muchos meses, todos los del mundo, todos los de mi vida sin tus ojos en los míos. Seguiré extrañándote. Volveré a escribirlo una y mil veces, volveré a buscar los mendrugos de tu voz en los botes de basura sin encontrar nunca uno que diga mi nombre. Habré de vivir de la mano con la eterna presencia de tu ausencia. Habré de conformarme con los acordes de la vieja canción que será el único y delgado hilo que nos una hasta el último día.
jueves, 26 de mayo de 2011
Dejar ir
Hoy es un buen día para dejar ir. Soltar todo lo que te ancla y no te hace realmente feliz.
Hoy es un buen día para aceptar que las cosas en este mundo no son lo que parecen.
Hoy es un buen día para alegrarte por los que han trascendido a la eternindad.
Hoy es un buen día para decir ¡ADIOS!
¡Hasta pronto José Luis! Gracias por todo lo que me diste, gracias por enseñarme y por cuidarme, gracias por compartir tu experiencia, por compartir tus ideales, por ser tú y por dejarnos alimentarnos de ti.
Con amor:
Anabell
Hoy es un buen día para aceptar que las cosas en este mundo no son lo que parecen.
Hoy es un buen día para alegrarte por los que han trascendido a la eternindad.
Hoy es un buen día para decir ¡ADIOS!
¡Hasta pronto José Luis! Gracias por todo lo que me diste, gracias por enseñarme y por cuidarme, gracias por compartir tu experiencia, por compartir tus ideales, por ser tú y por dejarnos alimentarnos de ti.
Con amor:
Anabell
25 de mayo de 2011.
jueves, 12 de agosto de 2010
Hoy... sin la venda en los ojos.
De un mes a la fecha me he estado reencontrando con gente de antes, con antiguos compañeros de vida. Fugaces unos, otros no tanto. De frente en una mesa de café, por teléfono, por Messenger, por Facebook. En general todos ellos fueron gratificantes. Todos menos uno.
Varias veces he hablado aquí sobre ese amor de juventud que me marcó por años y años. Con bombo y platillo puedo decir hoy que nada de eso queda ya. Parece que el tiempo se encargó de hacer eso que todos te dicen cuando traes mal de amores: todo lo cura, todo lo borra. Sé que puede parecer estúpido que venga a decir esto hoy, a casi veinte años de distancia; entonces sólo hay que recordar que soy un ser de pasados, que los atesoro y no los dejo ir tan fácilmente. Hace un par de semanas dejé en un par de fotos que me encontré en Facebook, todos los recuerdos: los buenos, los malos, los más o menos, los dolorosos, los eufóricos. Por primera vez en mi vida entendí lo que mis amigas se cansaban de decirme. La venda se me cayó de los ojos y pude percibir aquello que siempre me negué a mirar. Empecé a preguntarme entonces: ¿De quién estuve enamorada?, ¿a quién le permití mostrarme el amor con sus encantos y desencantos?, ¿a quién le regalé la primicia de mi piel?... ¿A él? ¿Al que aparece en esas fotos recientes? ¡No quiero! Preferiría seguir pensando que era un tipo simpático, guapo, sencillo y sensible, con ojos y boca de niño, con sonrisa de campo y manos de alquimista. La realidad me desagrada porque por primera vez lo veo como todos los demás lo vieron siempre... como era su esencia, sin todos esos oropeles que mis ojos nuevos y enamorados le adjudicaban en cada mirada.
Hoy puedo agradecer el sentirme finalmente liberada de él, pero ha empezado a dolerme la crudeza de la realidad, el fin del sueño, la caída de las murallas de ese recordar selectivo que tuve que construírme en torno a él para no sentir que mis primeras veces fueron un desperdicio porque las deposité en la persona incorrecta. Finalmente no sería yo si la historia tuviera un final feliz... esos no son para mí.
Varias veces he hablado aquí sobre ese amor de juventud que me marcó por años y años. Con bombo y platillo puedo decir hoy que nada de eso queda ya. Parece que el tiempo se encargó de hacer eso que todos te dicen cuando traes mal de amores: todo lo cura, todo lo borra. Sé que puede parecer estúpido que venga a decir esto hoy, a casi veinte años de distancia; entonces sólo hay que recordar que soy un ser de pasados, que los atesoro y no los dejo ir tan fácilmente. Hace un par de semanas dejé en un par de fotos que me encontré en Facebook, todos los recuerdos: los buenos, los malos, los más o menos, los dolorosos, los eufóricos. Por primera vez en mi vida entendí lo que mis amigas se cansaban de decirme. La venda se me cayó de los ojos y pude percibir aquello que siempre me negué a mirar. Empecé a preguntarme entonces: ¿De quién estuve enamorada?, ¿a quién le permití mostrarme el amor con sus encantos y desencantos?, ¿a quién le regalé la primicia de mi piel?... ¿A él? ¿Al que aparece en esas fotos recientes? ¡No quiero! Preferiría seguir pensando que era un tipo simpático, guapo, sencillo y sensible, con ojos y boca de niño, con sonrisa de campo y manos de alquimista. La realidad me desagrada porque por primera vez lo veo como todos los demás lo vieron siempre... como era su esencia, sin todos esos oropeles que mis ojos nuevos y enamorados le adjudicaban en cada mirada.
Hoy puedo agradecer el sentirme finalmente liberada de él, pero ha empezado a dolerme la crudeza de la realidad, el fin del sueño, la caída de las murallas de ese recordar selectivo que tuve que construírme en torno a él para no sentir que mis primeras veces fueron un desperdicio porque las deposité en la persona incorrecta. Finalmente no sería yo si la historia tuviera un final feliz... esos no son para mí.
miércoles, 24 de febrero de 2010
Rompiendo silencios y limpiando armarios
Hace un par de días me animé a romper dos silencios con la perfecta conciencia de que era muy probable que la respuesta fuera la misma materia que intentaba destruir. Finalmente sucedió. Dije hola dos veces y ni el eco me respondió. Entiendo que todo efecto tiene su causa y que si el primero fue el que me hayan ignorado, la segunda seguramente tiene su origen en alguna falla muy mía, seguramente hice o dije algo malo o simplemente ya no soy aceptada ni lo seré nunca más en espacios y corazones que alguna vez me quisieron. Imposible negar que duele, una más que la otra. Una porque ese corazón que me ha cerrado las puertas pertenece a alguien importante para mí y, sobre todo, porque no es la primera vez que sucede, así, sin previo aviso, sin decir agua va, sin el regalo de la verdad absoluta; toqué el timbre dos veces intentando por lo menos saber qué hice mal pero ni siquiera eso me fue concedido. La otra... esa duele menos porque sé que fui yo la que huyó primero dejando de lado las experiencias compartidas por años, los sueños comunes y las fantasías, así que siempre supe que mi regreso no sería causa de alegría ni mucho menos; sin embargo y de cualquier manera... lastima como un golpe que no porque sabes que viene duele menos.
Lo bueno del asunto es que finalmente he podido decir adiós, uno absoluto. He dado de baja suscripciones, correos, contactos de messenger y facebook, con la confianza de que no hay posibilidad de que esas personas vuelvan a mi vida. Romper los silencios me hizo comprender en dónde no hay espacio para mí y de alguna manera me siento liberada, como cuando hago limpieza de armarios y me deshago de lo que nunca más volveré a vestir.
Lo bueno del asunto es que finalmente he podido decir adiós, uno absoluto. He dado de baja suscripciones, correos, contactos de messenger y facebook, con la confianza de que no hay posibilidad de que esas personas vuelvan a mi vida. Romper los silencios me hizo comprender en dónde no hay espacio para mí y de alguna manera me siento liberada, como cuando hago limpieza de armarios y me deshago de lo que nunca más volveré a vestir.
lunes, 30 de noviembre de 2009
Una segunda despedida
Hay despedidas que se llevan en el corazón por siempre. Aquí he vertido alguna de mis más dolorosas. Sin embargo la primera me sucedió a los dieciseis. La he recordado siempre e igualmente siempre me ha dolido.
La mañana del fin de mi etapa preparatoriana fue gris, como gris fui yo en todo su transcurso, como gris fue la generación a la que pertenecí, igual de gris que la ceremonia de clausura y la entrega de certificados en la que participaba. De alguna manera sobriviví a la parafernalia de la toga y el birrete, y mis ojos lograron no hacer agua. Nada me importaba lo que se decía, los diplomas de excelencia entregados, los familiares de los graduados sentados en masa frente a nosotros, sonrientes todos por el logro de sus hijos; nada. Lo único que martillaba en mi cabeza era que ese sería el último día que lo vería.
Lo amé en silencio por dos años y siempre me conformé con la esperanza diaria de verlo de lejos. Estudiaba sus gestos con la misma dedicación con la que leía a Shakespeare, miraba los movimientos de sus manos con la misma pasión con la que resolvía mis ejercicios de álgebra. Me gustaba mirar su cabello negro, amaba ver su andar lento y beberme la estela de su aroma (una mezcla perfecta de loción y cigarrillo), deliraba al escuchar su voz. Así que al finalizar aquella ceremonia mi vida dejaría de tener sentido. No lo vería más. "NUNCA" retumbaba en mi cabeza como la única palabra posible. ¿A qué me dedicaría después si ya no podría verle ni de lejos ni de cerca?, ¿qué interés podía tener la universidad si no me ofrecía la posibilidad de pasar a su lado y temblar ante el "hola" casual que podría regalarme en medio de una sonrisa piadosa?, ¿qué me quedaría después de que ese medio día terminara de asesinarme las esperanzas?
La ceremonia finalizó. No recuerdo bien si me despedí o no de los que fueron mis amigos durante tres años, no sé si hubo algún festejo; sólo recuerdo que salí al estacionamiento y subí al coche que mis padres me habían prestado como premio a mis múltiples diplomas de excelencia académica, y que también era gris. Sólo entonces pude abrir las compuertas y las lágrimas se desbordaron sobre mi rostro adolescente. Todo había terminado y yo ni siquiera me había despedido de él.
¡La vida era tan injusta y triste y dolorosa!
Minutos después le vi aparecer junto con otro amigo, caminaron hacia mi auto, me limpié las lágrimas como pude, nos saludamos, nos despedimos como si cualquier cosa, como si nada, como si al día siguiente la rutina de los últimos tres años de nuestras vidas fuera a repetirse, como si no estuviéramos terminando un ciclo y abriendo otro nuevo y distinto en el que ya no compartiríamos aula ni maestros. Después vino ese momento que he guardado en mi memoria con una nitidez extraordinaria: él alejándose, yo mirando su espalda y su cabello ondulado mientras sus pies avanzaban con esa lentitud tan suya, en una especie de cámara lenta que sólo yo, entre la inundación de mis ojos, era capaz de observar; puso un pie tras otro sin mirar atrás, sin dejar nada para mí. No pude decirle adiós como hubiera querido, no pude abrazarlo una sola vez, no pude gritarle cuánto lo amaba y cuánto iba a extrañar su compañía distante y sus ojos aunque no me miraran y su sonrisa aunque no me sonriera y su voz aunque no me hablara.
Diecinueve años después, la vida o mejor dicho Facebook, nos puso frente a frente de nuevo. Yo sané algunas heridas, él confesó tardíamente lo que no se atrevió en su momento y ambos construímos una especie de amistad con fuertes reminicencias de aquel pasado en el que las mariposas se nos agitaban en el estómago al ver al otro. Los pocos momentos compartidos parecían estar suspendidos en un limbo ligero y perfecto en el que no había silencios incómodos y se podía hablar sin ataduras de cualquier tema, en el que se podía ser un alguien distinto al que caminaba por la calle cada día, un alguien único y libre que sólo podía existir en la compañía del otro.
Vivir en la misma ciudad nos permitió vernos de vez en cuando, la segunda despedida viene como resultado de su cambio de residencia. El amor tocó a su puerta y, como suele suceder con las personas que esperan demasiado, lo hizo de una forma avasallante. En tres meses pasó de ser un soltero empedernido a un loco enamorado capaz de dejarlo todo para seguir al amor de su vida a un pueblo lejano. Me alegró el fin de su soledad, me hizo feliz saberlo feliz, sin embargo no puedo negar que me dolió saber que esos limbos ligeros dejarían de ser posibles para mí, que no habría más de esas conversaciones largas y variadas, que la música una vez más llegaba a su fin. Esta vez es diferente porque no soy una adolescente enamorada sino una mujer casada y comprometida con su matrimonio, madre de dos hijos, con un sin fin de responsabilidades sobre los hombros, una mujer que siempre ha creído que el amor no se destruye, que si alguna vez amaste con intensidad ese amor se convierte en algo más sereno con el paso de los años pero no deja de existir; bajo esa premisa puedo decir sin miendo ni vergüenza que siento por él un cariño inmenso, que su nombre jamás pasará sin pena ni gloria frente a mis ojos y que su sonrisa vivirá por siempre en mis recuerdos más básicos.
Una segunda despedida se acerca y no es el amor ni el desamor lo que me duele, es la certeza de que nunca más nos veremos, pero sobre todo, la inminencia de un nuevo adiós sin una mirada, sin un abrazo, sin un apretón de manos, sin un último limbo. Siento que vivo una y otra vez ese momento en cámara lenta en el que lo veo alejarse y no puedo hacer ni decir nada, vuelvo a tener dieciseis y a sentir una punzada en el corazón.
Entiendo que organizar un cambio de vida tan dramático en menos de un mes es algo que no deja tiempo para despedirse de las amigas ñoñas de la prepa. No reprocho, es sólo que me habría encantado poder decirle adiós mirándolo... tal vez entonces aquella mañana gris de hace diecinueve años dejaría de doler.
La mañana del fin de mi etapa preparatoriana fue gris, como gris fui yo en todo su transcurso, como gris fue la generación a la que pertenecí, igual de gris que la ceremonia de clausura y la entrega de certificados en la que participaba. De alguna manera sobriviví a la parafernalia de la toga y el birrete, y mis ojos lograron no hacer agua. Nada me importaba lo que se decía, los diplomas de excelencia entregados, los familiares de los graduados sentados en masa frente a nosotros, sonrientes todos por el logro de sus hijos; nada. Lo único que martillaba en mi cabeza era que ese sería el último día que lo vería.
Lo amé en silencio por dos años y siempre me conformé con la esperanza diaria de verlo de lejos. Estudiaba sus gestos con la misma dedicación con la que leía a Shakespeare, miraba los movimientos de sus manos con la misma pasión con la que resolvía mis ejercicios de álgebra. Me gustaba mirar su cabello negro, amaba ver su andar lento y beberme la estela de su aroma (una mezcla perfecta de loción y cigarrillo), deliraba al escuchar su voz. Así que al finalizar aquella ceremonia mi vida dejaría de tener sentido. No lo vería más. "NUNCA" retumbaba en mi cabeza como la única palabra posible. ¿A qué me dedicaría después si ya no podría verle ni de lejos ni de cerca?, ¿qué interés podía tener la universidad si no me ofrecía la posibilidad de pasar a su lado y temblar ante el "hola" casual que podría regalarme en medio de una sonrisa piadosa?, ¿qué me quedaría después de que ese medio día terminara de asesinarme las esperanzas?
La ceremonia finalizó. No recuerdo bien si me despedí o no de los que fueron mis amigos durante tres años, no sé si hubo algún festejo; sólo recuerdo que salí al estacionamiento y subí al coche que mis padres me habían prestado como premio a mis múltiples diplomas de excelencia académica, y que también era gris. Sólo entonces pude abrir las compuertas y las lágrimas se desbordaron sobre mi rostro adolescente. Todo había terminado y yo ni siquiera me había despedido de él.
¡La vida era tan injusta y triste y dolorosa!
Minutos después le vi aparecer junto con otro amigo, caminaron hacia mi auto, me limpié las lágrimas como pude, nos saludamos, nos despedimos como si cualquier cosa, como si nada, como si al día siguiente la rutina de los últimos tres años de nuestras vidas fuera a repetirse, como si no estuviéramos terminando un ciclo y abriendo otro nuevo y distinto en el que ya no compartiríamos aula ni maestros. Después vino ese momento que he guardado en mi memoria con una nitidez extraordinaria: él alejándose, yo mirando su espalda y su cabello ondulado mientras sus pies avanzaban con esa lentitud tan suya, en una especie de cámara lenta que sólo yo, entre la inundación de mis ojos, era capaz de observar; puso un pie tras otro sin mirar atrás, sin dejar nada para mí. No pude decirle adiós como hubiera querido, no pude abrazarlo una sola vez, no pude gritarle cuánto lo amaba y cuánto iba a extrañar su compañía distante y sus ojos aunque no me miraran y su sonrisa aunque no me sonriera y su voz aunque no me hablara.
Diecinueve años después, la vida o mejor dicho Facebook, nos puso frente a frente de nuevo. Yo sané algunas heridas, él confesó tardíamente lo que no se atrevió en su momento y ambos construímos una especie de amistad con fuertes reminicencias de aquel pasado en el que las mariposas se nos agitaban en el estómago al ver al otro. Los pocos momentos compartidos parecían estar suspendidos en un limbo ligero y perfecto en el que no había silencios incómodos y se podía hablar sin ataduras de cualquier tema, en el que se podía ser un alguien distinto al que caminaba por la calle cada día, un alguien único y libre que sólo podía existir en la compañía del otro.
Vivir en la misma ciudad nos permitió vernos de vez en cuando, la segunda despedida viene como resultado de su cambio de residencia. El amor tocó a su puerta y, como suele suceder con las personas que esperan demasiado, lo hizo de una forma avasallante. En tres meses pasó de ser un soltero empedernido a un loco enamorado capaz de dejarlo todo para seguir al amor de su vida a un pueblo lejano. Me alegró el fin de su soledad, me hizo feliz saberlo feliz, sin embargo no puedo negar que me dolió saber que esos limbos ligeros dejarían de ser posibles para mí, que no habría más de esas conversaciones largas y variadas, que la música una vez más llegaba a su fin. Esta vez es diferente porque no soy una adolescente enamorada sino una mujer casada y comprometida con su matrimonio, madre de dos hijos, con un sin fin de responsabilidades sobre los hombros, una mujer que siempre ha creído que el amor no se destruye, que si alguna vez amaste con intensidad ese amor se convierte en algo más sereno con el paso de los años pero no deja de existir; bajo esa premisa puedo decir sin miendo ni vergüenza que siento por él un cariño inmenso, que su nombre jamás pasará sin pena ni gloria frente a mis ojos y que su sonrisa vivirá por siempre en mis recuerdos más básicos.
Una segunda despedida se acerca y no es el amor ni el desamor lo que me duele, es la certeza de que nunca más nos veremos, pero sobre todo, la inminencia de un nuevo adiós sin una mirada, sin un abrazo, sin un apretón de manos, sin un último limbo. Siento que vivo una y otra vez ese momento en cámara lenta en el que lo veo alejarse y no puedo hacer ni decir nada, vuelvo a tener dieciseis y a sentir una punzada en el corazón.
Entiendo que organizar un cambio de vida tan dramático en menos de un mes es algo que no deja tiempo para despedirse de las amigas ñoñas de la prepa. No reprocho, es sólo que me habría encantado poder decirle adiós mirándolo... tal vez entonces aquella mañana gris de hace diecinueve años dejaría de doler.
viernes, 29 de mayo de 2009
La última y nos vamos
Como seguramente mucha gente en el mundo, yo conocí a mi hoy marido en el trabajo.
Recuerdo que fue hace casi 11 años cuando entré a la compañía a sustituir a una chica (mi mejor amiga) porque se iba a vivir a Italia por un tiempo.
Mi amiga no sólo me heredó el trabajo con sus responsabilidades y beneficios, también me heredó a su grupo de amigos entre los cuales estaba quien se convertiría en el hombre de mi vida.
Escribir sobre esa historia es largo así que me limitaré a decir que hoy se cierra un ciclo en nuestra vida sentimental porque ha llegado el momento de despedirnos del lugar que vio nacer nuestro amor.
Yo me fui de la empresa cuando nació nuestro segundo hijo hace poco más de 6 años, pero no me fui del todo porque estando él ahí, de alguna manera yo seguía presente. Asistía a todos los eventos de la compañía (pic nics, "open house", posadas, "halloween" y lo que se presentara) y de cuando en cuando lo acompañaba a comer después de recoger a los niños de la escuela.
Con el pasar de los años, mucha gente se fue y otra nueva llegó pero a pesar de los cambios, siempre encontré una cara amable y en algunos casos hasta una sonrisa, un apretón de manos o incluso un abrazo.
No puedo decir que nunca más recorreré esos rincones amados donde mi marido fumaba y yo lo acompañaba, pero sé que las probabilidades de estar ahí ya son muy escasas.
Por mucho que se amen las rutinas que nos dan seguridad, no podemos quedarnos anclados a nada ni a nadie. El amor por la camiseta existe y siempre existirá, además del agradecimiento porque todo lo que hemos hecho ha sido gracias al trabajo que ahí tuvimos.
Fuimos tocados por mucha gente a lo largo de todos estos años y eso es algo que por lo menos nosotros, no somos capaces de olvidar ni mucho menos de dejar de agradecer.
Hoy nos echamos la última antes de irnos a buscar nuevos horizontes y a vivir nuevos momentos en otra parte con otros retos, otras personas y otras ilusiones.
Hoy cerramos un ciclo que fue muy hermoso y al que recordaremos siempre con mucho cariño.
¡Gracias Bill H., gracias Dave P.!
Suscribirse a:
Entradas (Atom)