Lejos. Fuera. Aparte. Sola.
Soy especialista. Básicamente lo mío es el aislamiento. La luna de día. La nube gris en el cielo limpio. La ola en la caleta. Recurrente manía de sentimientos poco constructivos, nada favorables. Perfecta anfitriona de la duda eterna de mi pertenencia. Nunca se es demasiado buena, suficientemente interesante. Soy la perdedora recurrente de batallas pequeñas o grandes. La que siempre se queda esperando, la que suelta la última lágrima, la que ahoga los gritos en palabras para nunca hacer daño al otro, la que encuentra consuelo en los puentes peatonales y en el aroma de los pinos.
Lejos. Fuera. Aparte. Sola.
Llovizna entre tempestades. Loca que sonríe cuando no se supone correcto. Maga fracasada que no sabe la alquimia para convertir en dinero todo lo que toca. Oveja negra. Hija no pródiga.
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jueves, 25 de octubre de 2012
lunes, 27 de febrero de 2012
Seguir corriendo
Corrí por tantos años
en tantos lugares distintos.
En el bosque.
En la playa.
En el río.
En las calles y avenidas.
En surcos de maizales.
Corrí por tantos sueños
sin alcanzar alguno,
sin saber siquiera que soñaba,
sin saber siquiera qué soñaba.
Corrí perseguida por mí misma
con el miedo colgando
siempre de mis piernas,
a contratiempo del tiempo,
a contraflujo del viento,
tocando mi rostro
con los dedos ciegos.
Corrí en las penumbras
de las soledades,
en las humedades de los humedales,
entre laberintos
sin más guía que la de mis pasos
rotos.
Corrí.
Corro.
Sigo corriendo.
Seguiré...
pero hoy es distinto.
Hoy es sólo un pasatiempo
el tiempo.
el tiempo.
sábado, 8 de octubre de 2011
Los prietitos en el arroz o los acuerdos que nunca llegaron
Comencé a escribir esta entrada sintiéndome bastante molesta. Los prietitos en el arroz son inevitables y sin embargo y a sabiendas de su existencia, han logrado a lo largo de los años sacarme de mis cabales.
Escribí lo que en el momento me palpitaba en las venas y en lugar de publicarlo decidí programar su publicación para otro día... quien sabe, tal vez el tiempo me daría la calma para escribir algo más sensato.
El viernes fue el día de los desacuerdos. Desde las primeras horas de la mañana, hasta algo así como las nueve de la noche, desacuerdos en pequeñas y grandes cosas fueron la constante que me empujó a cuestionarme si en algo ha valido la pena lo que he trabajado durante los pasados meses.
Sé bien que pensar siquiera en que siempre habrá acuerdos con toda la gente que nos rodea es no sólo iluso, sino tonto.
Los desacuerdos son parte de las relaciones y son precisamente los que enriquecen el mundo, sin embargo hay desacuerdos que duelen y que marcan, más cuando has perdido la batalla al defender lo que crees.
Hace poco uno de mis maestros me dijo: ¿Qué prefieres: tener la razón o ser feliz?
Supongo que la respuesta correcta es la segunda, así que si es lo que prefieres, ¡qué diablos importa si otro no piensa lo mismo que tú!
Llevo un par de meses trabajando en un proyecto que me acaban de tirar. Era un proyecto grande que me llenaba de ilusión y al saber que se había cancelado me pregunté si fue porque no supe vender bien la idea.
Seguramente con el paso de los días sabré la verdad y esa verdad probablemente no tendrá nada que ver con mi poder de convencimiento o con una imposibilidad de alcanzar acuerdos en las cosas que son importantes para mí.
Ni modo... hoy me iré a dormir sabiendo que no siempre puedo lograr lo que quiero.
¿Cambiará esto en algún momento?
Un abrazo con aprecio.
viernes, 23 de septiembre de 2011
Cuándo y por qué
Siguiendo pistas voy, busco
lo que antes de hoy había
porque hoy entender me gustaría
cuando mi corazón se volvió brusco.
Cuando y por qué
¿cuáles razones?
¿Por qué se rompieron los versos, las canciones?
¿Algún día volveré,
como la lluvia, a mis muy olvidadas oraciones?
Cuando y por qué,
sigo buscando
respuestas y mapas y caminos
que me lleven a buen puerto
a buen destino,
de regreso a mis adentros,
a mi origen,
a volver a escuchar el suave trino
del pájaro que fui,
de aquella virgen
que en puta del estrés se ha convertido.
lo que antes de hoy había
porque hoy entender me gustaría
cuando mi corazón se volvió brusco.
Cuando y por qué
¿cuáles razones?
¿Por qué se rompieron los versos, las canciones?
¿Algún día volveré,
como la lluvia, a mis muy olvidadas oraciones?
Cuando y por qué,
sigo buscando
respuestas y mapas y caminos
que me lleven a buen puerto
a buen destino,
de regreso a mis adentros,
a mi origen,
a volver a escuchar el suave trino
del pájaro que fui,
de aquella virgen
que en puta del estrés se ha convertido.
lunes, 11 de julio de 2011
Expectativas
Hace un rato que estoy entrenándome para no vivir de expectativas hacía los demás y de paso, desligarme también de las expectativas que otros pudieran tener de mí.
Hace unos meses viví un incidente desagradable que tiene que ver con esto y fue el punto de partida que me movió a tomar esta decisión.
Podríamos decir que es fácil no tener expectativas de los demás, y que es aún más fácil no vivir cumpliendo las expectativas de otros porque de entrada desconoces gran parte de ellas, pero mi experiencia en el ramo me ha dicho que ésta es la parte más difícil del trato.
Es parte de ser "buena persona", viene con el paquete. También podría decir que me vale sorbete ser una buena persona, pero la verdad de las cosas es que mi programación neuronal nació con éste como principio en el kernel (núcleo de un sistema operativo) y pues es no sólo difícil, sino imposible de sacar.
Está bien... las cosas son como son por una buena razón. Podría sacarle mejor provecho a esta circunstancia... el detalle está en encontrar la forma.
Ya no más justificaciones, ya no más explicaciones... esto es lo que soy, lo que ves es lo que tienes.
Es una buena forma de comenzar, ¿no?
Un abrazo con aprecio.
Hace unos meses viví un incidente desagradable que tiene que ver con esto y fue el punto de partida que me movió a tomar esta decisión.
Podríamos decir que es fácil no tener expectativas de los demás, y que es aún más fácil no vivir cumpliendo las expectativas de otros porque de entrada desconoces gran parte de ellas, pero mi experiencia en el ramo me ha dicho que ésta es la parte más difícil del trato.
Es parte de ser "buena persona", viene con el paquete. También podría decir que me vale sorbete ser una buena persona, pero la verdad de las cosas es que mi programación neuronal nació con éste como principio en el kernel (núcleo de un sistema operativo) y pues es no sólo difícil, sino imposible de sacar.
Está bien... las cosas son como son por una buena razón. Podría sacarle mejor provecho a esta circunstancia... el detalle está en encontrar la forma.
Ya no más justificaciones, ya no más explicaciones... esto es lo que soy, lo que ves es lo que tienes.
Es una buena forma de comenzar, ¿no?
Un abrazo con aprecio.
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lunes, 4 de julio de 2011
Sola
Me siento sola. Digamos que se me instaló en el sistema una de esas soledades que vienen acompañadas de incertidumbre y de dos millones de preguntas sobre la veracidad de mi existencia. Y es que hoy cargo como piedras en los bolsillos aquellos descubrimientos de mi propia identidad y responsabilidad sobre mí misma, porque esos momentos de iluminación se convierten en túneles oscuros poco después cuando no se complementan con un derrotero. Es de la chingada salir a la calle y que te dé lo mismo dirigir tus pasos hacia la izquierda o la derecha, porque cuando no sabes a dónde vas, la dirección que tomes resulta una nimiedad. Siento que he estado caminando así desde hace años y que nadie más que yo misma debe decidir en qué momento parar para replantear la totalidad de una existencia de 37. El pedo mayor es que tras de mí, sobre mi espalda, vienen todos y todo: la responsabilidad absoluta de decenas de personas, empezando por mis hijos, mi marido, mis padres, mis hermanos, mis empleados, mis suegros. Siento que si me detengo, la inercia hará que esa carga me aplaste o, de plano, me empuje al vacío, a uno al que no me asustaría despeñarme sola, sin la carga a mis espaldas. Así pues estoy sola y no. Sola para encontrar el rumbo y encender la vela que dé luz, sentido y dirección a mi vida. No, porque de mi éxito o fracaso dependen los de los otros; porque no puedo aventarme al vacío sin que ellos pierdan el equilibrio y, tal vez, caigan lo mismo.
Me siento sola desde adentro. Sola para tomar la decisión de parar o seguir, de volver a arrastrar los miedos y frustraciones como pesadas cadenas de fantasma de Dickens o sonreír a la vida y ponerme cara a cara con ella aunque esa sea aún una falsa impostura que ensayo cada minuto para volverla hábito y conseguirle certificado de autenticidad algún día.
Me siento sola desde adentro. Sola para tomar la decisión de parar o seguir, de volver a arrastrar los miedos y frustraciones como pesadas cadenas de fantasma de Dickens o sonreír a la vida y ponerme cara a cara con ella aunque esa sea aún una falsa impostura que ensayo cada minuto para volverla hábito y conseguirle certificado de autenticidad algún día.
lunes, 20 de junio de 2011
Rencores
Soy rencorosa. Desde niña. Cuando alguien me duele genero rencor como método defensivo. Mal hecho. Sé que mi querida Bethyna me jalaría las orejas (lo ha hecho antes, ella toda bondad y entrega a Dios y al prójimo, y con la suficiente autoridad moral ante mis ojos como para aplicarme una penitencia realmente severa), que mi tocaya me diría que trate de ver la big picture y analizar los motivos del otro para haberme lastimado, que mi abuela Lupita insistiría en que deje de ser soberbia, que mi mamá me pediría con el corazón en la mano que piense primero en la armonía familiar y que deje a un lado mis propios sentimientos. Sé muchas cosas más. Y no es que haga oídos sordos a lo que mi gente querida me pide o me sugiere o me aconseja por mi propio bien, es simplemente que esta caracterísitica oscura de mi personalidad ha permanecido demasiado tiempo conmigo como para que me la pueda sacar de encima. No es que me niegue a intentarlo, es que lo he trabajado antes con mucho ahínco y nulos resultados, además de que hay una relación directamente proporcional entre el aprecio que le tengo a mi agresor y el tamaño de mi rencor, o sea que entre más ame a quien me lastima más difícil se me vuelve después olvidar el daño. Probado y comprobado. Así las cosas, en este momento traigo un par de dolores-rencores bastante grandes hechos bola en las tripas y eso no es lindo.
jueves, 16 de junio de 2011
Extrañar
Extrañar no es como el canto de los pájaros ni el color de las flores, menos como la mañana fresca y clara de la vacación rural que tanto amo. Extrañar no es como la sombra de un árbol de mango ni el sabor de una caña recién cortada, mucho menos como el aroma del romero o una tarde de elotada. Extrañar, como diría mi hija, no está padre. Duele. Cala. Extrañar es una ausencia constante y creciente, un nudo en todo el pecho, no sólo en la garganta. Extrañar es un vacío denso, un hoyo negro.
lunes, 30 de mayo de 2011
Una mala persona
La idea de que soy una mala persona me ronda cada vez más. Y es que fui criada bajo el precepto de que hay que aguantar cualquier cosa en aras de mantener la "armonía". En mi familia el conflicto es un término intolerable, una especie de plaga de la que hay que huír todo el tiempo a costa de lo que sea, hasta de la propia dignidad. Ok. Aquí ya vamos mal. Ahora, ¿qué pasa cuando por simple inercia, si se quiere, o por algo parecido al crecimiento personal te das cuenta de que eso no está bien y decides que nunca más quieres ser así, que vas a luchar con todos tus recursos contra esa pusilanimería? Pues resulta que te liberas de un lastre pero te cae otro encima, tal vez uno mucho peor: la culpa. Sí, la pendeja culpa que hace su aparición cada que dices NO, cada que dices lo que piensas aunque los demás no estén de acuerdo, cada que antepones tus deseos o planes o necesidades personales sobre los de la todopoderosa, omnipresente y omnipotente FAMILIA.
Resulta, pues, obvio que me he convertido en una especie de mounstro de egoísmo porque antepongo una carrera dominical a compartir el fin de semana con la FAMILIA. ¿Y hasta dónde se disparará mi índice de maldad si un día se me olvida, se me barre, se me van las cabras al monte, se me va el santo al cielo y no le pongo un mensaje en Facebook a mi hermana que vive del otro lado del mundo para avisarle que no estaré presente en una sesión de Skype en la que nunca confirmé que estaría pero ella pensó que sí? ¡Claro! Entonces me convierto ipso facto en un ser despreciable, egoísta, malvado, perverso, incapaz de valorar nada de lo que han sacrificado por mí en el pasado: tiempo, atención, consuelos, desvelos. Entonces sucede que todo lo positivo que pudiera haber hecho antes se va al caño, derechito y sin escalas, y lo único que cuenta es ese instante de infortunio en el que se me olvidó tomar la Blackberry y escribir un simple "Hermana, no podré estar en la sesión de Skype en la que nunca confirmé que estaría, porque tuve que salir de la ciudad desde hace dos días". Crazo error, porque a partir de ahí mis sentimientos ya no cuentan, mis razones y motivos deben supeditarse al hondo dolor que le causé a esa hermana mía que se quedó esperando y que canceló compromisos de picnics en la Toscana con múltiples amistades además, claro, de una ida dominical al cine. Ningún "lo siento", "perdóname", "tienes razón, no debió ser así" es suficiente, tampoco asumir la responsabilidad y subir por voluntad propia al patíbulo con la cabeza gacha. La ira de la ofendida es grande y poderosa, y descarga sus ráfagas sobre mí hasta que, pendeja como soy, no aguanto más y tengo la osadía de alzar la cabeza, de responder, de hacer oír mi voz a gritos. Hasta ahí llegó todo. Rompí la regla. No me sometí. No antepuse la "armonía familiar" a mi soberbia. Entonces es la culpa la que me golpea, se me sube al pecho y ahí sigue hasta este momento, susurrándome "eres mala, ahora tu mamá va a sufrir, tu hermana nunca te perdonará y todos van a pensar que eres una revoltosa... una mala persona".
Resulta, pues, obvio que me he convertido en una especie de mounstro de egoísmo porque antepongo una carrera dominical a compartir el fin de semana con la FAMILIA. ¿Y hasta dónde se disparará mi índice de maldad si un día se me olvida, se me barre, se me van las cabras al monte, se me va el santo al cielo y no le pongo un mensaje en Facebook a mi hermana que vive del otro lado del mundo para avisarle que no estaré presente en una sesión de Skype en la que nunca confirmé que estaría pero ella pensó que sí? ¡Claro! Entonces me convierto ipso facto en un ser despreciable, egoísta, malvado, perverso, incapaz de valorar nada de lo que han sacrificado por mí en el pasado: tiempo, atención, consuelos, desvelos. Entonces sucede que todo lo positivo que pudiera haber hecho antes se va al caño, derechito y sin escalas, y lo único que cuenta es ese instante de infortunio en el que se me olvidó tomar la Blackberry y escribir un simple "Hermana, no podré estar en la sesión de Skype en la que nunca confirmé que estaría, porque tuve que salir de la ciudad desde hace dos días". Crazo error, porque a partir de ahí mis sentimientos ya no cuentan, mis razones y motivos deben supeditarse al hondo dolor que le causé a esa hermana mía que se quedó esperando y que canceló compromisos de picnics en la Toscana con múltiples amistades además, claro, de una ida dominical al cine. Ningún "lo siento", "perdóname", "tienes razón, no debió ser así" es suficiente, tampoco asumir la responsabilidad y subir por voluntad propia al patíbulo con la cabeza gacha. La ira de la ofendida es grande y poderosa, y descarga sus ráfagas sobre mí hasta que, pendeja como soy, no aguanto más y tengo la osadía de alzar la cabeza, de responder, de hacer oír mi voz a gritos. Hasta ahí llegó todo. Rompí la regla. No me sometí. No antepuse la "armonía familiar" a mi soberbia. Entonces es la culpa la que me golpea, se me sube al pecho y ahí sigue hasta este momento, susurrándome "eres mala, ahora tu mamá va a sufrir, tu hermana nunca te perdonará y todos van a pensar que eres una revoltosa... una mala persona".
jueves, 26 de mayo de 2011
Dejar ir
Hoy es un buen día para dejar ir. Soltar todo lo que te ancla y no te hace realmente feliz.
Hoy es un buen día para aceptar que las cosas en este mundo no son lo que parecen.
Hoy es un buen día para alegrarte por los que han trascendido a la eternindad.
Hoy es un buen día para decir ¡ADIOS!
¡Hasta pronto José Luis! Gracias por todo lo que me diste, gracias por enseñarme y por cuidarme, gracias por compartir tu experiencia, por compartir tus ideales, por ser tú y por dejarnos alimentarnos de ti.
Con amor:
Anabell
Hoy es un buen día para aceptar que las cosas en este mundo no son lo que parecen.
Hoy es un buen día para alegrarte por los que han trascendido a la eternindad.
Hoy es un buen día para decir ¡ADIOS!
¡Hasta pronto José Luis! Gracias por todo lo que me diste, gracias por enseñarme y por cuidarme, gracias por compartir tu experiencia, por compartir tus ideales, por ser tú y por dejarnos alimentarnos de ti.
Con amor:
Anabell
25 de mayo de 2011.
miércoles, 23 de febrero de 2011
Recaídas
Los médicos temen a las recaídas porque, por lo general, son mucho más graves y complejas de curar que la enfermedad original. Supongo que el mismo principio se aplica a los demás ámbitos de la vida y casi todos van por ella cuidándose de tan temibles réplicas de la desgracia. Sin embargo hay quienes se han acostumbrado a esos tropezones a tal grado que los han integrado a sus procesos, y en el extremo del espectro, habemos algunos locos que nos aferramos a ellos, que no los dejamos ir y los convertimos en una adicción que nos persigue tomando formas distintas a lo largo de los años. En lo personal acabo de descubrir que soy adicta a ellas, que mi existencia se justifica mediante esas pequeñas o grandes fugas de energía, de salud, de bienestar. Tristemente creo que padezco de una necesidad crónica de ansiar, de necesitar algo que no puedo ni podré alcanzar nunca, y todo ello se refleja en las recaídas que sufro con una constancia rigurosa y particularmente exacta. Lo más curioso es que, conforme pasan los años, la "sustancia" adictiva, la droga a la que le regalo mi devoción, va cambiando, de forma, de tamaño, de color... de ojos.
Cierto es que con los años me ha llegado una cierta capacidad para no entregarme de lleno a esos momentos de ansiedad extrema que enfrentamos los adictos, he llegado a controlarlos con bastante eficacia pero eso no significa que hayan desaparecido y que no se intensifiquen exponencialmente cuando algún estímulo me los dispara; lo único que ha cambiado es que hoy soy capaz de controlarlos o de encontrar alguna ruta de escape para que fluyan y no acabe yo convertida en una bomba molotov.
Hoy, a mis treintaymuchos no es particularmente halagador comprender que ese lado más oscuro de mi lado oscuro sigue existiendo y coexistiendo con las virtudes que tanto me esfuerzo en adquirir y conservar, pero si lo analizo con calma llego a la conclusión de que con mantenerlo a raya logro un buen dividendo. Tal vez suene a conformismo pero cuando llevas una vida entera recayendo una y otra y otra y otra vez, puedes sentirte agradecida de ahora llevar rodilleras, coderas y casco.
Por lo pronto hoy dejo acá el detonador de mi recaída de hoy, la piedra con la que me tropecé esta mañana y que ha hecho que no pare de sentir diez kilos de plomo atorados en el corazón.
Cierto es que con los años me ha llegado una cierta capacidad para no entregarme de lleno a esos momentos de ansiedad extrema que enfrentamos los adictos, he llegado a controlarlos con bastante eficacia pero eso no significa que hayan desaparecido y que no se intensifiquen exponencialmente cuando algún estímulo me los dispara; lo único que ha cambiado es que hoy soy capaz de controlarlos o de encontrar alguna ruta de escape para que fluyan y no acabe yo convertida en una bomba molotov.
Hoy, a mis treintaymuchos no es particularmente halagador comprender que ese lado más oscuro de mi lado oscuro sigue existiendo y coexistiendo con las virtudes que tanto me esfuerzo en adquirir y conservar, pero si lo analizo con calma llego a la conclusión de que con mantenerlo a raya logro un buen dividendo. Tal vez suene a conformismo pero cuando llevas una vida entera recayendo una y otra y otra y otra vez, puedes sentirte agradecida de ahora llevar rodilleras, coderas y casco.
Por lo pronto hoy dejo acá el detonador de mi recaída de hoy, la piedra con la que me tropecé esta mañana y que ha hecho que no pare de sentir diez kilos de plomo atorados en el corazón.
"You Get Me"
Seal
You get me
If I say no,
if I resist
If I don't give in to this
Would it be a lesson or a loss?
Suddenly I know what it's about
Thoughts come in, and words come out
Suddenly I'm not killing timeIt's all over now
You get me
You get me
Like a beautiful song
You heard a million times
Like the rainbows end
You can never find
You get me
You get me
If I say yes, if I let go
And face the consequence
I'll knowWill it lead to living with regret?
Suddenly the walls are coming down
I wont be the same when I come around
Suddenly I am understood
It's all over now
You get me
You get me
Like a crimson sunset
Where the sky meets sea
Like no one alive
But lives in my dreams
You get me
You get me
You get me
You get me
Like a beautiful song
You heard a million times
Like the rainbows end
You can never find
It's hard to ignore
And undeniable, too
This feeling inside
When I look at you
You get me
You get me
miércoles, 3 de noviembre de 2010
El horror de mis cumpleaños
Ok. Sí. Tengo que admitirlo. ¡Odio que llegue mi cumpleaños! Y no tiene nada que ver el asunto de la edad, esa es otra historia. El punto es que siempre que se acerca la fecha en la que sumo un año más a mi existencia, me topo de frente con el inevitable tren de mi falta de pertenencia, de mis raíces no echadas en ningún lado, de la inexistencia de un motivo para celebrar en aquellos a quienes amo y, se supone, me aman; de un festejo sincero que nunca llega... ni llegará.
Los amigos que están lejos, jamás han venido ni vendrán. Los amigos que están cerca no tienen con quien dejar a sus hijos pequeños. Los familiares asisten siempre al festejo del tío Rubén (con el que estoy peleada a madres, por cierto) que cumple tres días antes que yo y siempre apaña el fin de semana más próximo. Así que todo siempre se resume a una comida equis en un restaurante equis. Supongo que es suficiente para un ente también equis.
Los amigos que están lejos, jamás han venido ni vendrán. Los amigos que están cerca no tienen con quien dejar a sus hijos pequeños. Los familiares asisten siempre al festejo del tío Rubén (con el que estoy peleada a madres, por cierto) que cumple tres días antes que yo y siempre apaña el fin de semana más próximo. Así que todo siempre se resume a una comida equis en un restaurante equis. Supongo que es suficiente para un ente también equis.
lunes, 27 de septiembre de 2010
Tiempo: ¿Amigo o enemigo?
¡Cielos! Hoy más que nunca antes me pesa el paso del tiempo.
Desde que recuerdo he tenido que dejar que muchas horas de mis días se pierdan en el vacío del tráfico citadino.
Cuando niña porque asistía a escuela rural, cuando mayor porque mi escuela y después mi trabajo quedaban al otro extremo de la ciudad. El caso es que siempre he tenido que madrugar para vida de llegar a tiempo a todos lados.
Antes no me pesaba porque alcanzaba a echarme un sueñito en el medio de transporte y la hora cuarenta y cinco minutos que pasaba en él me daba para eso y más.
Leía, escuchaba música y soñaba... buena manera de pasar los trayectos.
Hoy no es así porque, aunque tengo la enorme bendición de tener coche propio, el tráfico de esta ciudad se ha vuelto tan complicado que pesar de que las distancias no son tan grandes, pasas horas cambiando el pie del freno al acelerador y viceversa.
Seguramente los choques, los atropellados, los carros quedados, las marchas y todo lo que obstaculiza la fluidez del tráfico son cosas de toda la vida, pero ahora que estoy en otra posición los he resentido mucho más, al punto de querer tirar la toalla y dejar que el mundo siga girando con sus millones de coches que van a toda prisa y que no tienen consideración por los demás.
Hoy me voy a poner en mi papel de "drama queen" y me sentaré a llorar por los eventos a los que he llegado tarde y por los que me he perdido por las muchas horas que he pasado sin remedio en mi coche, donde ya ni siquiera puedo invertirlas en un buen libro o en otra cosa productiva porque me arriesgo a tener un accidente.
Así son las circunstancias y así vivimos muchos mexicanos en las ciudades más grandes del país. Salir con una hora y media o dos de anticipación ya no te garantiza que llegarás a tiempo y pareciera que aquello va a la alza.
Ni modo... peor sería tener que tomar tres o cuatro medios de transporte cargando hijos, pañaleras, mochilas, portafolios, loncheras y paraguas.
Peor sería, no tener un trabajo al cual llegar (aunque sea tarde)...
Y bueno, dicen que no hay mal que por bien no venga... y todas mis horas perdidas en el tráfico no se comparan con el bienestar mío y de mi familia en aquello que llamamos hogar.
Tengo fe en que algún día el tiempo y yo volveremos a ser amigos...
Hoy hay que avenirse a lo que se tiene y ser agradecidos porque se tiene.
Desde que recuerdo he tenido que dejar que muchas horas de mis días se pierdan en el vacío del tráfico citadino.
Cuando niña porque asistía a escuela rural, cuando mayor porque mi escuela y después mi trabajo quedaban al otro extremo de la ciudad. El caso es que siempre he tenido que madrugar para vida de llegar a tiempo a todos lados.
Antes no me pesaba porque alcanzaba a echarme un sueñito en el medio de transporte y la hora cuarenta y cinco minutos que pasaba en él me daba para eso y más.
Leía, escuchaba música y soñaba... buena manera de pasar los trayectos.
Hoy no es así porque, aunque tengo la enorme bendición de tener coche propio, el tráfico de esta ciudad se ha vuelto tan complicado que pesar de que las distancias no son tan grandes, pasas horas cambiando el pie del freno al acelerador y viceversa.
Seguramente los choques, los atropellados, los carros quedados, las marchas y todo lo que obstaculiza la fluidez del tráfico son cosas de toda la vida, pero ahora que estoy en otra posición los he resentido mucho más, al punto de querer tirar la toalla y dejar que el mundo siga girando con sus millones de coches que van a toda prisa y que no tienen consideración por los demás.
Hoy me voy a poner en mi papel de "drama queen" y me sentaré a llorar por los eventos a los que he llegado tarde y por los que me he perdido por las muchas horas que he pasado sin remedio en mi coche, donde ya ni siquiera puedo invertirlas en un buen libro o en otra cosa productiva porque me arriesgo a tener un accidente.
Así son las circunstancias y así vivimos muchos mexicanos en las ciudades más grandes del país. Salir con una hora y media o dos de anticipación ya no te garantiza que llegarás a tiempo y pareciera que aquello va a la alza.
Ni modo... peor sería tener que tomar tres o cuatro medios de transporte cargando hijos, pañaleras, mochilas, portafolios, loncheras y paraguas.
Peor sería, no tener un trabajo al cual llegar (aunque sea tarde)...
Y bueno, dicen que no hay mal que por bien no venga... y todas mis horas perdidas en el tráfico no se comparan con el bienestar mío y de mi familia en aquello que llamamos hogar.
Tengo fe en que algún día el tiempo y yo volveremos a ser amigos...
Hoy hay que avenirse a lo que se tiene y ser agradecidos porque se tiene.
lunes, 24 de mayo de 2010
Cuando todo lo demás palidece...
No puedo evitar ser inmediatista. Si hubiera escrito esta entrada ayer seguro que habría hablado del desmoronamiento de mi vida, de la oscuridad y las sombras absolutas, del dolor cuando la venda se te cae de los ojos y ves que muy poco de lo que has creído en los últimos años era cierto, del doloroso despertar de las madres a la pubertad de los hijos y a las decepciones cuando empiezan a llegar una tras otra.
Hoy tengo una perspectiva más positiva a pesar de que la astilla sigue clavada en mi corazón y guardo un montón de miedos en el cajón del buró.
El sábado pasado la vida me enseñó que en realidad no se puede estar preparado para enfrentar los golpes que, inevitablemente, los hijos te propinarán en algún punto del camino. Lo único que se puede hacer es endurecer el corazón ante la adversidad, dejar de lado los sentimientos propios (que generalmente ante una crisis suelen ser del tipo negativo), apoyarlos y seguir amándolos a pesar de todo. Sé que no es fácil ni siquiera decirlo, que la angustia, la vergüenza, la incertidumbre, el dolor y el miedo se te instalan en mente y cuerpo, que las ganas de abandonarse a los impulsos primarios de contrarrestar el dolor propio con el del o los culpables del caos son enormes. Hoy sé muchas cosas que hace tres días desconocía, tal vez la más importante es que no importa cuán grande sea la falla de mi hijo, no importa cuán graves sean las consecuencias ni la inmensidad de mi propia tristeza, jamás lo dejaría solo.
El sábado pasado Gerardo y yo fuimos puestos a prueba, él en una trinchera, yo en la otra. Al final del día el balance, aunque pareciera un resultado imposible, es positivo. Hoy miro a mi esposo y me siento orgullosa e inmensamente agradecida por haberle enseñado a nuestro hijo cómo se enfrenta un hombre cabal a un problema, cómo hace un hombre valiente y digno para levantar la mirada aún en medio del entorno más adverso y en la más precaria de las condiciones. Hoy me siento orgullosa de mí misma por haber resistido a la tentación de descargar mi frustración y mi dolor en el alma de mi niño, de haber sido capaz de sostenerlo y demostrarle con hechos el tamaño de mi amor, y también siento orgullo de la entereza y la valentía que él demostró contra todos los pronósticos.
Ahora bien, mentiría si dijera que el orgullo ha desmaterializado al miedo junto con el dolor, la incertidumbre y la vergüenza, esos siguen comiéndome la entraña de a poco y haciéndo que las lágrimas salgan con una periodicidad mucho más breve de la normal. Lo que quiero decir es que a pesar de que haya momentos en los que incluso el punto de luz al final del túnel parece desaparecer, la fuerza del amor que une a nuestra familia hace que siga valiendo la pena seguir intentando encontrar el interruptor para encender de nuevo la luz.
Hoy mismo me siento abrumada, triste, fracasada y miedosa, pero no desesperanzada. Un ángel me ha tocado con su luz en el momento preciso y gracias a ello estoy en pie de guerra y sigo siendo el sostén emocional de mi familia. Hoy mismo siento una mezcla de sentimientos que desconocía, no sabía que era posible sentirse así. No cabe duda de que todos los días se aprende algo nuevo.
Hoy tengo una perspectiva más positiva a pesar de que la astilla sigue clavada en mi corazón y guardo un montón de miedos en el cajón del buró.
El sábado pasado la vida me enseñó que en realidad no se puede estar preparado para enfrentar los golpes que, inevitablemente, los hijos te propinarán en algún punto del camino. Lo único que se puede hacer es endurecer el corazón ante la adversidad, dejar de lado los sentimientos propios (que generalmente ante una crisis suelen ser del tipo negativo), apoyarlos y seguir amándolos a pesar de todo. Sé que no es fácil ni siquiera decirlo, que la angustia, la vergüenza, la incertidumbre, el dolor y el miedo se te instalan en mente y cuerpo, que las ganas de abandonarse a los impulsos primarios de contrarrestar el dolor propio con el del o los culpables del caos son enormes. Hoy sé muchas cosas que hace tres días desconocía, tal vez la más importante es que no importa cuán grande sea la falla de mi hijo, no importa cuán graves sean las consecuencias ni la inmensidad de mi propia tristeza, jamás lo dejaría solo.
El sábado pasado Gerardo y yo fuimos puestos a prueba, él en una trinchera, yo en la otra. Al final del día el balance, aunque pareciera un resultado imposible, es positivo. Hoy miro a mi esposo y me siento orgullosa e inmensamente agradecida por haberle enseñado a nuestro hijo cómo se enfrenta un hombre cabal a un problema, cómo hace un hombre valiente y digno para levantar la mirada aún en medio del entorno más adverso y en la más precaria de las condiciones. Hoy me siento orgullosa de mí misma por haber resistido a la tentación de descargar mi frustración y mi dolor en el alma de mi niño, de haber sido capaz de sostenerlo y demostrarle con hechos el tamaño de mi amor, y también siento orgullo de la entereza y la valentía que él demostró contra todos los pronósticos.
Ahora bien, mentiría si dijera que el orgullo ha desmaterializado al miedo junto con el dolor, la incertidumbre y la vergüenza, esos siguen comiéndome la entraña de a poco y haciéndo que las lágrimas salgan con una periodicidad mucho más breve de la normal. Lo que quiero decir es que a pesar de que haya momentos en los que incluso el punto de luz al final del túnel parece desaparecer, la fuerza del amor que une a nuestra familia hace que siga valiendo la pena seguir intentando encontrar el interruptor para encender de nuevo la luz.
Hoy mismo me siento abrumada, triste, fracasada y miedosa, pero no desesperanzada. Un ángel me ha tocado con su luz en el momento preciso y gracias a ello estoy en pie de guerra y sigo siendo el sostén emocional de mi familia. Hoy mismo siento una mezcla de sentimientos que desconocía, no sabía que era posible sentirse así. No cabe duda de que todos los días se aprende algo nuevo.
lunes, 19 de abril de 2010
Bajo presión
Estoy bajo una intensa presión desde hace varios meses, básicamente de trabajo; pero a últimas fechas parece que los demás ámbitos de mi vida se han contagiado y hoy me siento abrumada por la presión que me aplasta y que viene de todas las direcciones. Hacia donde sea que mire hay alguien presionando el botón de mi capacidad para resistir, incluso el espejo me devuelve esa presión que yo misma me impongo para no doblarme y seguir intentando mantener el barco de mi vida a flote. No puedo fallarle a todos, no puedo fallarle a nadie. Lo triste es que hay días en los que siento que no podré soportarlo, lo rescatable es que siempre termino soportando; la pregunta es si la fuerza que me sostiene proviene de una fuente inagotable o si en algún momento se extinguirá y entonces el mundo (léase hijos, esposo, padres, hermanos, amigos, empleados, etc.) me caerá encima. Quiero ser optimista y pensar que la fuerza la genero yo misma, quiero creer que soy fuerte, quiero pensar que sólo yo decidiré si me quiebro o si sigo sosteniendo este peso inmenso sobre mis hombros. Quiero intentar no volver a fallar a quienes he defraudado y no hacerlo por primera vez a quienes he logrado mantener al margen de mis debilidades y equivocaciones. El tiempo dirá si logré o fracasé, mientras tanto tarareo la rolita de Queen y David Bowie con la que tanto me identifico en este momento.
lunes, 22 de marzo de 2010
Enfrentando miedos, tomando precauciones
El viernes por la noche se metió un ladrón a mi oficina pensando que no había nadie, pero no contaba con que una de mis compañeras, al notar que algo andaba mal con la chapa de seguridad de la puerta principal, fue a buscar a un cerrajero y volvió a la oficina un poco más tarde. Ella y su esposo (que afortunadamente la acompañó porque ya era de noche), fueron amagados con un arma de fuego y encerrados en la cocina para poder cometer la fechoría.
Más tarde, otro de mis compañeros regresó a recoger su equipo portátil que había dejado esa tarde al salir a comer y ¡Zaz! El tipo lo sometió y lo encerró en la cocina junto con nuestra compañera y su esposo.
Dadas las circunstancias, el tipo tomó los objetos más a la mano, arrancó los teléfonos y salió de la oficina llevándose además los celulares y las llaves de mis compañeros sin causarles más daño que un susto endemoniado.
Es la segunda vez que nos roban en lo que va del año y ahora pensamos que no importa cuántas medidas de seguridad tomemos, los rufianes siempre se las arreglarán para cometer sus fechorías.
Sinceramente tengo miedo y no por mí, sino por mis hijos. Entre mis objetos personales hay fotografías de mis pequeños y un letrero con mi nombre y no puedo evitar pensar en si el tipo es un ladronzuelo de poca monta, o si además se dedica a extorsionar.
La oficina es para muchos un segundo hogar y cuando éste es violado, la mente le da vuelta a las posibilidades de que cosas peores puedan pasar. Es evidente que nos vigilan, saben a qué hora entramos y salimos, cuántos somos y ahora conoce a nuestros familiares y nombres. ¿Qué puede hacer con toda esa información?
Hoy fue difícil volver a la oficina y encontrar los rastros del atraco, tuve miedo pero no me quedó más remedio que armarme de valor y seguir con mi vida, no como todos los días, pero sí seguir de la mejor manera posible.
Comparto esta triste historia a mis queridas amigas que vienen a leer las cosas que aquí escribimos y a quien nos venga a leer, no con el afán de mortificar, sino de recordarles que las precauciones nunca están de más en un mundo que está tan contaminado por la corrupción, el crimen y los malos hábitos.
Siempre observen a la gente a su alrededor, miren si los siguen al tomar el coche o el transporte público, tomen rutas distintas al trabajo siempre que se pueda, alerten a sus hijos sobre la presencia de extraños y enséñenles a estar alerta y nunca se queden solos en la oficina.
Cuídense mucho.
Más tarde, otro de mis compañeros regresó a recoger su equipo portátil que había dejado esa tarde al salir a comer y ¡Zaz! El tipo lo sometió y lo encerró en la cocina junto con nuestra compañera y su esposo.
Dadas las circunstancias, el tipo tomó los objetos más a la mano, arrancó los teléfonos y salió de la oficina llevándose además los celulares y las llaves de mis compañeros sin causarles más daño que un susto endemoniado.
Es la segunda vez que nos roban en lo que va del año y ahora pensamos que no importa cuántas medidas de seguridad tomemos, los rufianes siempre se las arreglarán para cometer sus fechorías.
Sinceramente tengo miedo y no por mí, sino por mis hijos. Entre mis objetos personales hay fotografías de mis pequeños y un letrero con mi nombre y no puedo evitar pensar en si el tipo es un ladronzuelo de poca monta, o si además se dedica a extorsionar.
La oficina es para muchos un segundo hogar y cuando éste es violado, la mente le da vuelta a las posibilidades de que cosas peores puedan pasar. Es evidente que nos vigilan, saben a qué hora entramos y salimos, cuántos somos y ahora conoce a nuestros familiares y nombres. ¿Qué puede hacer con toda esa información?
Hoy fue difícil volver a la oficina y encontrar los rastros del atraco, tuve miedo pero no me quedó más remedio que armarme de valor y seguir con mi vida, no como todos los días, pero sí seguir de la mejor manera posible.
Comparto esta triste historia a mis queridas amigas que vienen a leer las cosas que aquí escribimos y a quien nos venga a leer, no con el afán de mortificar, sino de recordarles que las precauciones nunca están de más en un mundo que está tan contaminado por la corrupción, el crimen y los malos hábitos.
Siempre observen a la gente a su alrededor, miren si los siguen al tomar el coche o el transporte público, tomen rutas distintas al trabajo siempre que se pueda, alerten a sus hijos sobre la presencia de extraños y enséñenles a estar alerta y nunca se queden solos en la oficina.
Cuídense mucho.
jueves, 17 de diciembre de 2009
Que alguien me despierte cuando diciembre termine
Una vez más llegó diciembre, en medio de una especie de embrujo de tiempo que nos hace percibir que un año transcurre en un par de semanas. Ya he dicho antes que para mí las luces, los árboles adornados y todos los etcéteras que adornan el mundo occidental (o por lo menos su hemisferio norte) no hacen más que provocarme una especie de mini depresión, y éste que transcurre no podía ser la excepción.
A lo largo de mi vida (desde que abandoné la niñez) los diciembres me han significado todo menos fiesta: a los once años me pegó la varicela y pasé gran parte de las posadas, y la Noche Buena misma, obligada a una cuarentena con toda la soledad y aislamiento que eso supone; a los quince tuve el doloroso deseo incumplido de recorrer el típico tianguis navideño de la Industrial (si remotamente alguien, que tenga o haya tenido que ver con la zona de la Basílica de Guadalupe, lee esta loquera, sabrá de lo que hablo) con un amorcito frustrado de juventud; a los dieciocho una amiga "aderezó" mi cena de Navidad con la noticia de que mi reciente ex novio había vuelto con la niña con la que tronó para andar conmigo durante seis meses; a los diecinueve, veinte y veintiuno me pasé toda la temporada navideña luchando con el fantasma de carne y hueso de ese mismo ex por todo el Puerto de Veracruz; a los veinticuatro comenzó el viacrucis (finalizado a mis treinta y tres) de las hospitalizaciones anuales recurrentes, sino de mi hijo, de mi hija, bien por neumonía, bien por bronquiolitis, bien por rotavirus, bien por apendicitis pero siempre en los últimos días de Diciembre; en ese mismo período la soledad era nuestra constante como familia, muchas noches de Navidad y Año nuevo la pasamos los cuatro solos, lejos del resto del clan a causa de la distancia y de que el trabajo de entonces no nos permitía el tiempo suficiente para trasladarnos a los lugares de reunión familiar; a mis treinta y cuatro, mi hija recién operada de mastoidectomía tuvo una complicación infecciosa y cada uno de los últimos días de diciembre lo pasamos inmersos en la angustia de las dolorosas curaciones y de la incertidumbre sobre si servirían de algo o si sería necesaria una nueva cirugía. El fin de año de mis treinta y cinco me dio una tregua pero éste que transcurre me ha mostrado su feo rostro desde su mismo comienzo, así que a pesar de mis intentos no logro contagiarme del espíritu festivo, por el contrario, quisiera dormir ahora mismo y, como dice la canción de Green Day, que alguien me despierte cuando diciembre termine (sí ya sé que la rola dice "septiembre", pero permítanme el beneficio de la "licencia literiaria").
A lo largo de mi vida (desde que abandoné la niñez) los diciembres me han significado todo menos fiesta: a los once años me pegó la varicela y pasé gran parte de las posadas, y la Noche Buena misma, obligada a una cuarentena con toda la soledad y aislamiento que eso supone; a los quince tuve el doloroso deseo incumplido de recorrer el típico tianguis navideño de la Industrial (si remotamente alguien, que tenga o haya tenido que ver con la zona de la Basílica de Guadalupe, lee esta loquera, sabrá de lo que hablo) con un amorcito frustrado de juventud; a los dieciocho una amiga "aderezó" mi cena de Navidad con la noticia de que mi reciente ex novio había vuelto con la niña con la que tronó para andar conmigo durante seis meses; a los diecinueve, veinte y veintiuno me pasé toda la temporada navideña luchando con el fantasma de carne y hueso de ese mismo ex por todo el Puerto de Veracruz; a los veinticuatro comenzó el viacrucis (finalizado a mis treinta y tres) de las hospitalizaciones anuales recurrentes, sino de mi hijo, de mi hija, bien por neumonía, bien por bronquiolitis, bien por rotavirus, bien por apendicitis pero siempre en los últimos días de Diciembre; en ese mismo período la soledad era nuestra constante como familia, muchas noches de Navidad y Año nuevo la pasamos los cuatro solos, lejos del resto del clan a causa de la distancia y de que el trabajo de entonces no nos permitía el tiempo suficiente para trasladarnos a los lugares de reunión familiar; a mis treinta y cuatro, mi hija recién operada de mastoidectomía tuvo una complicación infecciosa y cada uno de los últimos días de diciembre lo pasamos inmersos en la angustia de las dolorosas curaciones y de la incertidumbre sobre si servirían de algo o si sería necesaria una nueva cirugía. El fin de año de mis treinta y cinco me dio una tregua pero éste que transcurre me ha mostrado su feo rostro desde su mismo comienzo, así que a pesar de mis intentos no logro contagiarme del espíritu festivo, por el contrario, quisiera dormir ahora mismo y, como dice la canción de Green Day, que alguien me despierte cuando diciembre termine (sí ya sé que la rola dice "septiembre", pero permítanme el beneficio de la "licencia literiaria").
lunes, 14 de septiembre de 2009
¿Para qué soy buena?

¡Excelente nueva la de hoy! Finalmente he descubierto algo para lo que soy realmente buena, tal vez la mejor del país, o quién sabe si no hasta del mundo.
¡Caray! Durante años busqué sin éxito la respuesta a esa pregunta que me ha rondado el pensamiento sin descanso: ¿hay algo en lo que pueda ser la mejor?; durante años y años la tuve frente a mis ojos y no fui capaz de verla. ¿Tonta? ¿Ciega? ¿Las dos cosas? ¿Ninguna de las anteriores? Creo que todas juntas.
Hoy fui capaz de entender esa verdad, de olerla, de verla, de tragármela y sentir cómo se convertía de nuevo en un vacío a mitad del pecho que empieza pequeño como una nuez pero que de a poco va creciendo hasta llegar a ser un "todo" negro que tiene en mis ojos el efecto de un picar perpetuo de cebollas y que rodea mi corazón, lo aprieta como una garra inmisericorde y lo exprime hasta volverlo adolescente de nuevo con todas las penurias que en mí, eso conlleva.
Hoy descubrí que soy buena para tropezar una y mil veces con la misma piedra. Hoy descubrí que soy buena para llorar eternamente por la misma estupidez aunque la pinte de colores distintos cada día. Hoy descubrí que soy el eterno patiño en la tragicomedia de este lado de mi vida. Sí. Soy muy buena para mirar de lejos, para llorar en silencio, para pasar desapercibida con todo y mis sentimientos. Soy una extraordinaria constructora de castillos de aire y papel, una laureada arquitecta de pendejadas monumentales.
Finalmente he comprendido: soy buena, muy buena para algo... aunque sea para toda esta mierda.
viernes, 4 de septiembre de 2009
Entre Yomara, María Asunción, Siliva y yo
Hace poco leía en Facebook el estatus de Yomara, una mujer de mi edad, ama de casa, recién separada por decisión propia (y sin que nadie más que ella comprenda el motivo ya que su familia era ejemplo de felicidad y bienestar), en donde expresaba el estrés "insoportable" que le generaba el preparar una fiesta de cumpleaños para uno de sus hijos. Mi primera reacción fue de desprecio, ¿cómo puede nadie morirse de estrés por preparar un festejo infantil? ¡Vamos! Ya quisiera yo que algo tan simple como eso fuera el origen de las presiones que me agobian. Después reflexioné y me imaginé que María Asunción Aramburuzabala pensaría lo mismo si tuviera acceso a mi problemática diaria. Sonreí sintiéndome tan estúpida como consideré a Yomara momentos antes.
Y es que es tan fácil sentir que te ahogas en medio de las cosas que no van bien, de las malas noticias, de la falta de lana, del exceso de trabajo, de la falta de inspiración, de la ausencia lascerante de sexo, de las broncas diarias con la hija puberta, del corazón roto y vuelto a romper, de la muerte de algunas ilusiones, de la "culpa" del "sufrimiento" del tío Rubén, de la dolorosa sensación de aislamiento y falta de confianza que percibe la madre, de la responsabilidad de la armonía de la familia de origen y anexos (léase tíos, primos, sobrinos, etc.), de la frustración diaria ante la falta de resultados a pesar de que el trabajo es intenso y desgastante, del peso absoluto de la sustentabilidad de tantas familias sobre los hombros, de la resignación que a veces no llega o no quiere quedarse, de la incertidumbre sobre la renta de la casa, de la cancelación de planes y anhelos, de las procupaciones diarias sobre las broncas operativas de la empresa, de la lucha incesante y casi siempre perdida contra el tabaco.
Sin embargo, aún en medio de esta letanía que puede parecer abrumadora, reconozco que hay personas que darían la vida porque mi cruz fuera la suya en lugar de un hijo enfermo o secuestrado o muerto (pienso en Silvia Escalera y entiendo que no tengo derecho a quejarme), en lugar de la ausencia absoluta de alimento o medicinas para una madre o un padre, en vez de soportar extorción e incertidumbre cada día de la vida.
Sí, en el fondo sería la Yomara de mucha gente, así que retiro lo dicho y le concedo el pleno derecho de sentir la muerte por estrés a causa de una fiesta infantil, y sigo trabajando en aceptar mi día a día con todos sus contenidos auque a veces sienta que no soportaré uno más.
Y es que es tan fácil sentir que te ahogas en medio de las cosas que no van bien, de las malas noticias, de la falta de lana, del exceso de trabajo, de la falta de inspiración, de la ausencia lascerante de sexo, de las broncas diarias con la hija puberta, del corazón roto y vuelto a romper, de la muerte de algunas ilusiones, de la "culpa" del "sufrimiento" del tío Rubén, de la dolorosa sensación de aislamiento y falta de confianza que percibe la madre, de la responsabilidad de la armonía de la familia de origen y anexos (léase tíos, primos, sobrinos, etc.), de la frustración diaria ante la falta de resultados a pesar de que el trabajo es intenso y desgastante, del peso absoluto de la sustentabilidad de tantas familias sobre los hombros, de la resignación que a veces no llega o no quiere quedarse, de la incertidumbre sobre la renta de la casa, de la cancelación de planes y anhelos, de las procupaciones diarias sobre las broncas operativas de la empresa, de la lucha incesante y casi siempre perdida contra el tabaco.
Sin embargo, aún en medio de esta letanía que puede parecer abrumadora, reconozco que hay personas que darían la vida porque mi cruz fuera la suya en lugar de un hijo enfermo o secuestrado o muerto (pienso en Silvia Escalera y entiendo que no tengo derecho a quejarme), en lugar de la ausencia absoluta de alimento o medicinas para una madre o un padre, en vez de soportar extorción e incertidumbre cada día de la vida.
Sí, en el fondo sería la Yomara de mucha gente, así que retiro lo dicho y le concedo el pleno derecho de sentir la muerte por estrés a causa de una fiesta infantil, y sigo trabajando en aceptar mi día a día con todos sus contenidos auque a veces sienta que no soportaré uno más.
miércoles, 17 de junio de 2009
Ceguera paterna
¿Por qué los padres tendemos a la ceguera cuando se trata de nuestros hijos? Siempre me he jactado de ser objetiva en cuanto a las virtudes y defectos de mis pequeños. No dudo un instante en reconocer que son hermosos porque en realidad lo son, sin embargo también puedo decir que Ana es un fiasco para cualquier actividad física, que tiende con peligrosidad al egoísmo y que hay que trabajar para mantener su vanidad a raya. Lo mismo pasa con Ger, entiendo que le cuesta concentrarse y que las ondas intelectuales no son lo suyo, pero es muy bueno para todo lo que se trate de usar el cuerpo en movimiento. El caso es que, como cualquier ser humano, tienen de todo.
Ayer me enteré de que los papás de su mejor amiga, han empezado a considerar a Ana una mala influencia para su hija porque "desde que se junta con ella es más amiguera, habla más por teléfono y ha empezado a pedir permisos que antes no" . Entiendo que están en su derecho y me pregunto si esos cambios no serán más producto de una evolución natural (porque, por si no se han dado cuenta, su bebé ya tiene doce años) que de las "malas influencias" que la "malvada de mi hija" pueda ejercer sobre ella; pero no puedo dejar de sentir rabia ante el malestar que esto le ha casuado a Ana, sobre todo porque estoy segura de que es injusto. ¿Por qué no simplemente aceptan que su hija está creciendo y que ha llegado el momento de empezar a soltar algunas amarras? ¿Por qué no dejan de buscar culpables afuera y se concentran en trabajar para ganarse la confianza que su niña NO les tiene?
Todo esto, además de enfurecerme, me ha puesto en alerta para no dejarme seducir por la ceguera aunque sea lo más cómodo.
Ayer me enteré de que los papás de su mejor amiga, han empezado a considerar a Ana una mala influencia para su hija porque "desde que se junta con ella es más amiguera, habla más por teléfono y ha empezado a pedir permisos que antes no" . Entiendo que están en su derecho y me pregunto si esos cambios no serán más producto de una evolución natural (porque, por si no se han dado cuenta, su bebé ya tiene doce años) que de las "malas influencias" que la "malvada de mi hija" pueda ejercer sobre ella; pero no puedo dejar de sentir rabia ante el malestar que esto le ha casuado a Ana, sobre todo porque estoy segura de que es injusto. ¿Por qué no simplemente aceptan que su hija está creciendo y que ha llegado el momento de empezar a soltar algunas amarras? ¿Por qué no dejan de buscar culpables afuera y se concentran en trabajar para ganarse la confianza que su niña NO les tiene?
Todo esto, además de enfurecerme, me ha puesto en alerta para no dejarme seducir por la ceguera aunque sea lo más cómodo.
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