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sábado, 21 de julio de 2012

En mi vida...

Hay un par de versos en la canción que escribieran John Lennon y Paul Mc'Cartney titulada "In my life" que rezan algo así: 

"Hay lugares que recordaré
Toda mi vida, aunque algunos hayan cambiado.
Algunos para siempre no para bien,
Algunos han pasado y algunos permanecen.

Todos estos lugares tienen sus momentos,
Con amores y amigos, que sigo recordando.
Algunos están muertos y algunos viven.
En mi vida, los he amado a todos."

En este momento estoy de camino a un lugar de esos que recuerdo y que recordaré toda mi vida. ¿Habrá cambiado? Seguramente sí. ¿Para bien? Sólo Dios sabe...

Y sí... ese lugar tuvo muchos momentos con amores y amigos que sin duda sigo recordando.

Algunos de ellos, como mi madre, han pasado de este mundo, pero todavía quedan algunos otros que por lo menos aparentan estar vivos.

Lo importante es que en mi vida... los he amado a todos.

Un abrazo con aprecio.

domingo, 8 de abril de 2012

El camino andado

Vuelvo la mirada hacia atrás, hacia el camino andado. Poco más de un año ha pasado desde que abrí los ojos y me hice consciente de mi propia existencia, de mi sitio en el mundo, de lo que puedo y no cambiar, de los costales de culpa que he cargado desde que di el primer paso de mi andar por esta vida que, a pesar de contar con treinta y ocho años en su haber, comienza apenas a ser mía.
Vuelvo los ojos y miro, los cadáveres de mi ceguera, los restos de mi me-considero-tan-poquita-cosa, la sombre de mi no-digo-lo-que-siento-y-pienso. Miro a mi yo-niña bastante recuperada, "mejorcita" como diría mi abuela materna; sonríe un poco y no puedo hacer menos que devolverle la sonrisa. Miro a mi yo-adolescente y por primera vez no es dolor y vergüenza lo que me acomete, se siente bien ese hálito de auto aprecio que le sale de los ojos, esa nueva mirada que se dirige a sí misma en el espejo que sostiene con su mano derecha. Varias de sus heridas han cerrado, ahora sí, de forma definitiva; otras siguen en proceso, pero ese proceso ha dejado de ser doloroso. Los amores truncos ya no duelen, ni los amigos que no quisieron quedarse.
No puedo hablar de una existencia de pura luz. Quedan sombras. Muchas. Quedan miedos y dolores y reproches y cientos de pequeños mounstros que seguirán al acecho, pero la vida también se compone de eso, y trato de enfrentarlos, he dejado de darles la vuelta. Supongo que es lo que seguiré haciedo cada uno de los días que me quedan. No puedo presumir de un optimismo a ultranza ni de falta de días nublandos. No puedo decir que no hay días en los que grito PORCA MISERIA más de la cuenta. No puedo decir que he aprendido a poner la otra mejilla. Pero sigo en el intento de encontrarme, de soltar lo que me duele, de procurarme una vida en la que la constante sean mis propias decisiones y el asumir las consecuencias, buenas o malas. Sigo en el intento de ejercer ese poder recién descubierto de decidir cómo quiero que me afecte lo que sucede afuera. Sigo aprendiendo.
Vuelvo los ojos de nuevo a mis pasos, hoy venturosamente más confiados.

martes, 6 de septiembre de 2011

Incendios

El viernes pasado fui al teatro. Incendios de Wajdi Mouawad. Hasta ese día mi experiencia como expectador de teatro había sido elemental, tradicional; reducida a sentarme en la butaca y observar el desarrollo de la obra, tal vez fijarme en la escenografía, en el vestuario, en algún otro detalle, pero nada más. Ni siquiera en aquella célebre Romeo y Julieta montada en el Claustro del Teatro Helénico hace veinte años, tuve una experiencia tan intensa. Incendios me enfrentó a una de las vivencias más fuertes de mi vida, me llevó de viaje por "la casa" que soy por dentro. "Somos casas habitadas por un inquilino del que no sabemos nada. Nuestras fachadas son muy bonitas pero, ¿quién es ese loco, presa del insomnio, que en el interior pasa las horas dando vueltas, apagando y prendiendo luces?", se lee en el programa de mano que te entregan a la entrada del teatro. Leer tal texto antes de ver la obra no dice mucho, pero después de embarcarte en el viaje al que te invita la puesta en escena en su conjunto, toma un sentido de absoluta relevancia. ¿Qué, quién soy en realidad? ¿Quién es ese inquilino que me habita y del que sé tan poco? He comenzado a creer en las coincidencias. No puedo dilucidar si somos nosotros quienes las buscamos para luego sorprendernos de que lo que más necesitas se te atraviese en el camino en el momento adecuado, o si son ellas las que te salen al paso para moverte la entraña. El caso es que esta obra se me puso en frente justo cuando había comenzado el camino hacia mis pasillos y sótanos y alacenas y recámaras... internos. La fuerza de la obra es avasalladora, el tema es potente, desgarrador a ratos, sublime, humano, cruel, incestuoso; pero creo que no entraría por cada poro del espectador sin la enorme capacidad de los actores de adentrarse en el personaje y hacerle sentir al espectador como si no estuviera presenciando una puesta en escena sino un episodio real en el entorno doloroso e inhumano de la injusta separación de una madre y su hijo en el inicio de una guerra, cruenta como todas. Karina Gidi logra llevarte y traerte, subirte y bajarte, llorar como un niño y sonreír con ternura, sumirte en la desesperación y llenarte de esperanza con su interpretación de Nawal Marwan, y todo al mismo tiempo. Nunca antes una actuación me había dejado tan desnuda, tan con los poros abiertos y la piel mojada. Los ojos de todos los que mirábamos permanecieron inundados durante las dos horas y media que duró la función. Mujeres y hombres, jóvenes y viejos, todos y cada uno sumidos en el obligado viaje interno de la mano de Nawal y Sauda (personaje secundario). Todos en un llanto común pero individual porque a cada uno se nos obligaba a ir hacia adentro, hacia nuestros propios pasillos y habitaciones. El final es el climax, el punto más conmovedor, el encuentro definitivo contigo mismo. La oscuridad y silencio absolutos que regala el director justo después de la última palabra de Nawal es como un oasis en el que puedes descargar el llanto entre sollozos, el estremecimiento de todo tu cuerpo soltando las emociones contenidas durante toda la obra. Puedes sentir cómo el de a lado llora igual que tú. Y te dejas ir. Cuando la luz regresa todo es aplausos, agradecimiento, catarsis. Miras a los actores y no puedes dejar de ovacionar, mientras te secas las lágrimas y te limpias la nariz. El aplauso dura varios minutos, y notas como los actores sonríen satisfechos, como poco a poco van dejando de ser los personajes para volver a ser las personas, cómo se recuperan del desgastante esfuerzo físico y emocional recién realizado. Nunca antes había sentido tal admiración por actor alguno. Incendios más que una obra de teatro resulta una experiencia de vida, de esos puntos de inflexión a los que llegas en el momento justo, cuando más lo necesitas.

viernes, 22 de julio de 2011

Luz de luciérnagas

Un día cualquiera te cae en las manos un libro que te toca, que puede moverte de una o mil maneras. No suele pasarme con frecuencia, pero hace poco sucedió. Luz de luciérnagas de Edson Lechuga.
Lo que pasó entre ese libro y yo es amplio y algo complejo de explicar.
Para empezar, se sitúa geográficamente en Ciudad de México. La misma que vivo, conozco y reconozco día a día. Pude situarme con exactitud en cada uno de los lugares que el autor menciona durante el desarrollo de la historia, oler los olores, entender las metáforas, y al mismo tiempo mirar con ojos nuevos esos sitios al pasar por ellos después de la afortunada lectura.
Para seguir, se sitúa temporalmente en los días previos y posteriores al terremoto del 19 de septiembre de 1985; evento que viví. Nadie puede contarme lo que se siente que la tierra se retuerza bajo tus pies con la violencia de 8.1 grados Richter, porque lo sé, porque es uno de los recuerdos más vívidos y aterradores que poseo. Sin embargo mi perspectiva del desastre es la de una niña de doce años protegida por la burbuja de realidad acolchonada que mis padres quisieron construir a mi alrededor en aras de evitarme el sufrimiento que una catástrofe de tales dimensiones puede causarle al alma de una niña sensible. Así que viví el terremoto y pero no sus consecuencias, por lo menos no las directas, no de primera mano. Recuerdo con claridad el color cenizo de la luz, el olor a muerte, la tristeza flotando en el aire; pero no tuve nunca contacto alguno con algún sobreviviente o algún deudo o alguien que hubiera perdido sus bienes materiales en el desastre. No vi de cerca el color de la tragedia humana ni la solidaridad de un pueblo que debió organizarse y acudir en auxilio de sus miembros a falta de un estado capaz de tomar en sus manos la tarea que le correspondía. Luz de luciérnagas me regaló esa perspectiva, me puso de frente con el dolor que antes sólo imaginaba, me hizo ver a los ojos de un niño que mira la ciudad destruida desde la ventana de un edificio que se derrumba y lo devora, me dio la perspectiva del que tuvo que buscar entre miles de cadáveres el de su familiar desaparecido, del que perdió un amor o varios o muchos en medio de aquella tragedia.
También la luz y las luciérnagas. Soy una mujer de campo que sabe de los ataredeceres en los que las luciérnagas se encienden mientras el sol se despide y pintan de sueño de una noche de verano cada rincón del paisaje cercano. Ha sido siempre mi parte favorita del día, ese momento mágico en el que la realidad parece dejar de serlo para adquirir tintes fantásticos. Así las cosas, el título en sí es ya una afinidad.
Me permitiré decir, guardando todas las proporciones posibles y asumiendo que el autor de tal libro es un escritor profesional y ofreciéndole todo mi respeto, que si yo pretendiera decir que tengo un estilo definido en mi calidad de aprendiz primitiva del arte de escribir, este sería similar al de Edson Lechuga. Encuentro similitudes en algunos rasgos de su estilo y el mío.
En fin, que Luz de luciérnagas se ha convertido en un espejo en el que me ha gustado mirar. Ya otro día hablaré de Llovizna, libro de cuentos del mismo autor y con el que también he tenido un crush significativo.

domingo, 24 de abril de 2011

En el regreso

Todos los regresos tienen cosas maravillosas; la riqueza de una nueva experiencia, el amor compatido con quienes viviste el viaje y claro está, la renovación interior que sólo puede dar la humanidad que carga con todas sus imperfecciones pero que está siempre decidida a buscar la perfección.

Hoy, aunque físicamente muy cansada, estoy convencida de que este viaje en particular, ha sido una de las experiencias más maravillosas que he podido vivir.

En este viaje he conocido que aunque la humanidad puede manifestar miles de imperfecciones, su esencia es perfecta porque viene de quien la creo.

También descubrí que hay mucho más por amar y anhelar de lo que mis ojos ven, lo que mis oídos escuchan y mis manos sienten.

Todavía me pesa el mundo... pero sé que estoy en camino a dejarlo ir para que así yo pueda partir de él, cuando sea mi hora.

"Descendí a los campos debajo de la tierra, al encuentro de las personas del pasado, pero levantaste mi vida del foso, Señor, mi Dios."
Jesus of Nazareth - Franco Zefirelli

miércoles, 30 de marzo de 2011

Las Limitaciones.... ¡Están en tu cabeza!

En cierto modo siempre he estado consciente de que mi mundo es pequeño, pero no me había dado cuenta plena de que su pequeñez ha ido en directa proporción con lo que yo he pensado son mis limitaciones.


Y bueno, no es que de la noche a la mañana crea que puedo desafiar las leyes que rigen a este universo... no se trata de eso, se trata de que en lugar de tenerlas como una barrera o de querer ir en su contra, las uses a tu favor.


Pienso en lo que tienen que hacer por ejemplo las personas que en algún momento llamamos discapacitados (después se llamaron "con capacidades diferentes", pero el término murió porque toooodos tenemos capacidades diferentes). El caso es que las personas que han padecido alguna enfermedad que les ha obligado a llevar una vida distinta a la de la mayoría, por falta de algún miembro o parte de su cuerpo, o aquellos que por un accidente han quedado en las mismas circunstancias, son un ejemplo muy palpable de que en verdad, las limitaciones están sólo en tu cabeza.


Aquí en México es bien sabido que los atletas paralímpicos están mucho más comprometidos y aman más la camiseta que los otros atletas. Sin querer entrar en controversias simplemente señalaré que mientras los atletas mexicanos que participan en las olimpiadas traen dos o tres medallas (si bien les va), los paralímpicos se traen decenas y cada uno por lo menos trae dos o tres. ¿A qué se debe esto? No sé en otros países pero aquí en México el mundo es tremendamente hostil con personas en estas condiciones y sin embargo muchos de ellos salen adelante con mucha más dignidad de lo que lo hacemos los que tenemos el paquete completo.

Y el secreto no es tan secreto en realidad. La razón por la que ellos no sólo salen adelante con más dignidad sino que además brillan en lo que sueñan, es porque están acostumbrados a hacer el esfuerzo que sea necesario para alcanzar lo que anhelan.

Hablando de forma personal diré que es irónico que alguien que no tiene que esforzarse tanto como quien no tiene piernas o manos o que es ciego, se limite tanto en cosas tan elementales como la felicidad.

Digo, no dudo que hay gente infeliz y amargada por su condición de vida (con o sin discapacidad), pero veo con admiración y gusto que son más las personas con capacidades especiales que buscan su felicidad y se abrazan a ella sin importar sus condiciones de vida (o por encima de lo que ellas representan), que los que lo tenemos todo.

Por ejemplo, a partir de mi crisis existencial sobre mi postura como empleada y mamá, descubrí que no es posible brillar en ambas facetas porque por su naturaleza se contraponen. Al principio me frustré, lloré y me emberrinché porque me parecía injusto que este mundo estuviera mejor diseñado para los hombres, que ellos gozaran de todas las ventajas y que nosotras cargáramos más con las responsabilidades, que con la realización de nuestros proyectos porque "alguien" tiene que quedarse a cuidar a los niños.

Estoy muy agradecida de mi trabajo de medio tiempo y no lo cambiaría por nada, pero al ver que no tendría un desarrollo como yo lo imaginaba debía ser, me resigné a vivir una existencia laboral tirando a la mediocridad. Y no es que sea chambona y haga mal mi trabajo. Una cosa siempre me ha quedado clara, si vas a hacer las cosas hazlas bien o mejor dedícate a algo más, pero me quedaba claro que por ejemplo los cursos de capacitación, los proyectos especiales y los viajes no eran algo que cabía en mi universo.

Hace unos días descubrí que estaba en un error. Que el crecimiento y el desarrollo no se limitan a tu concepción de éxito; que el universo es infinito y que por lo tanto está en constante expansión y por ende también lo están las cosas que lo componen.

No, no me volví loca y de pronto creo que todo se expande por mi gusto. Como dije al principio, no creo que en este mundo haya una sola cosa que se haga realidad en contra de las leyes que rigen el universo (muy inteligentemente creadas, por cierto), lo que sí creo es que el espectro es mucho más grande y de mayor alcance de lo que podemos ver.

Puesto en otras palabras y usando mi situación para dar marco en particular a este caso, yo no podré físicamente expandirme, pero existen partes de mí que están fuera de esa "limitación" física, y que sí se pueden expandir para trabajar a mi favor si así lo deseo.

¿Quién diablos dice que mi empresa se va a quedar toda la vida como está y que por lo tanto no tengo cabida en otros marcos funcionales?

Eso es algo en lo que no había pensado hasta que mi jefe me invitó a participar en un par de proyectos que me tienen muy entusiasmada por el reto que implican, y por el desarrollo profesional y personal que sin duda ofrecen a los involucrados.

Ahí me di cuenta de que puedo crecer aun cuando no tenga un cambio de puesto hacía arriba en mi organización.

¿Cuántas otras cosas he limitado en mi vida porque no encajan con mi manera de ver las cosas?

¡Puuuuuuf! Cientos, tal vez miles.

Lo que sí creo es que todo camino requiere de un esfuerzo, tal vez uno extraordinario, pero de que se puede, se puede.

¿Y tú, a dónde quieres llegar y qué estás dispuesto a hacer para conseguirlo?

Nos vemos en la próxima.

martes, 1 de febrero de 2011

El tiempo que no alcanza...

Érase una vez un joven administrador que, mientras acompañaba a su patrón y al hijo mayor de éste a la supervisión de la colecta de naranja de sus huertas, le pidió que le diera un aumento de sueldo.

-¿Y por qué quieres un aumento?- preguntó el patrón sin detener o aminorar el paso.
-Verá usted patrón, la vida está muy cara- explicó el trabajador mientras se pasaba una mano por la cabeza en señal de preocupación-. El dinero no me alcanza.

El hombre no sólo no consiguió el aumento que buscaba, sino que fue despedido de su empleo antes de que terminara la jornada de aquel día.

Cuando el patrón y su hijo regresaron a casa, el padre aconsejó muy seriamente a su joven vástago:

-Nunca en tu vida se te ocurra dar como razón para pedir un aumento de sueldo que el dinero no te alcanza. Si el dinero no te alcanza es porque gastas más de lo que tienes, no porque la vida sea más cara.
-¿Y por eso lo despediste papá?- cuestionó el chico con cierta preocupación.
-No en realidad. Lo despedí porque era mi administrador. Si no sabe cuidar su dinero, ¿cómo puedo esperar que cuide el mío?

Aunque esto suene a cuento, fue un hecho real que ocurrió en algún punto del estado de Veracruz en México, hace tal vez cincuenta o sesenta años.

Me lo contó el hijo del patrón y recuerdo que también me dijo: "El rico no es rico porque gane más que los demás. Es rico porque no gasta más de lo que necesita".

El domingo pasado una amiga me preguntó por qué no le hacía caso en un buen rato, que se preguntaba si me había hecho algo que me incomodara a tal grado que sólo prestara atención a otras personas y no a ella.

Primero me sentí muy mal al respecto porque sé lo que es estar en esa circunstancia y es bastante incómodo. Luego me disculpé con ella y le expliqué que mi vida ha estado de cabeza y que lamentablemente el tiempo no ha sido mi mejor aliado.

Después de haberle dicho esto me sentí peor. No que haya mentido porque es absolutamente cierto que mi falta de atención (no sólo a ella, sino a muchas otras personas y situaciones) es directamente proporcional a mi falta de tiempo, pero sí me pasó por la mente que el alegar falta de tiempo suena más a un pretexto que busca justificar mi falta de organización o incluso a una posible falta de interés.

Y es que el tiempo es tal cual como el sueldo del día: no puedes pretender gastar más de lo que tienes porque eso es imposible y no puedes aspirar a tener más porque los días sólo tienen 24 horas y no cuentas con un saldo que puedes aplicar a tu favor al día siguiente como podrías hacer con el recurso material o económico.

Aaaaaah, pero hay un factor clave en esto de la administración del tiempo que se llama cansancio y que una vez que te ha atacado, ni aunque quieras, puedes sacar adelante todo lo que tienes pendiente, incluyendo aquello que es casi vital para la supervivencia diaria.

Están las ocupaciones de la casa y la familia, el trabajo, los compromisos escolares y extraescolares de los hijos, los sociales, los de la familia extendida, los que te toman tiempo extra de tus horas de trabajo, los de la parroquia, las actividades de recreo y los infaltables imponderables que a veces también tienen carácter de urgente.

Podría seguir con esta lista pero la verdad es que no hace falta darle muchas más vueltas para darse cuenta de que en realidad no hay día que alcance para hacerlo todo.

¿Será que queremos abarcar demasiado? o ¿Será que no sabemos dedicarle el tiempo necesario a cada cosa?

Por ejemplo ahora mismo. Llevo más o menos una hora entre que cambié el diseño del blog y empecé a escribir esta entrada que me estuvo dando vueltas en la cabeza todo el día, son las 7:30 de la noche y no he llegado a las conclusiones. ¿Debería dejarlo para otro momento? Sí, tal vez lo más sano sería dejarlo como borrador y retomarlo más tarde pero me cuesta trabajo porque ya estoy encarrilada en esto y me molesta la idea de irme sin terminar.

¿Cuántas cosas en la vida quieres hacer de un jalón y no siempre es posible? ¿Por qué no organizamos y dividimos el tiempo entre todo lo que hay que hacer hasta donde alcances, para que al anochecer no te vayas con el sentimiento de que hiciste demasiado pero no se nota (porque sólo hiciste una cosa que te llevó muchas horas y también te desgastó).

Estoy pensando seriamente que mientras más te apegues a una agenda y respetes los tiempos asignados para cada cosa, tal vez te acerques más al objetivo de aprovechar mejor este recurso invaluable y no renovable al que llamamos TIEMPO.

domingo, 16 de enero de 2011

El primer mes


Ayer se cumplió el primer mes de la partida de este mundo de mi madre y hoy puedo decir que lo más difícil ha quedado atrás.

Personalmente nunca experimenté en mi vida un golpe emocional y espiritual de esta magnitud y me siento muy afortunada porque he podido llegar a lo que tal vez sea la mitad de mi vida, sin vivir grandes tragedias.

Pareciera como que los dramas de generaciones atrás en mi familia, finalmente están quedando en el pasado como parte de una experiencia de la que se tiene que aprender algo, y luego seguir adelante. Seguramente los errores estarán ahí, pero definitivamente el efecto positivo de nuestras acciones tiende más a la dicha, que al llanto. ¡Algo para sentirse feliz!

Una amiga me llamó hace un par de semanas y me dijo: "Te oigo muy bien", y yo le respondí: "¡Me siento muy bien! Este es el primer día en el que me siento realmente bien desde la partida de mi mamá."

Hablar de la experiencia de la muerte en un familiar tan cercano como lo son: los padres, los hijos, el esposo (a) y/o los hermanos, es diferente para cada quien; incluso lo es para uno mismo cuando no lo has vivido y piensas en ello como una posibilidad. Sabes que es algo natural, que sucederá en un momento inesperado en algunos casos, pero con la certeza de que pasará (aunque en el corazón desees que algunas de esas partidas se den cuando ya te hayas marchado); pero el día que lo vives, lo que sientes no se parece a lo que imaginaste que sería.

Para mí fue como una especie de limbo. Muchas cosas suceden a tu alrededor pero nada parece tocarte realmente. Tus sentimientos están muy lejos de tu cuerpo, como si tuvieras un desprendimiento astral y tu cuerpo físico funcionara por instrumentos. Tal como dice mi filosofo de cabecera Roger Waters en su rola "Comfortably Numb": "Tus labios se mueven, pero no puedo escuchar lo que dices". Navegas en un mar de emociones ajenas, algunas tratan de confortarte porque seguramente lo estás pasando mal, otros tratan de alentarte asegurándote que tu mamá ahora está bien (como si no lo supieras), otros lloran, otros rezan y unos más sólo comentan sobre lo que recuerdan de ella o de la experiencia en circunstancias similares.

Y mientras todo eso sucede, hay cientos de pequeños detalles que tienes que resolver en ese instante: el arreglo floral para el féretro, lo que dirá la placa sobre la urna, el sacerdote que oficiará la misa de cuerpo presente, el coro que cantará la misa, los arreglos para el triduo y el novenario. Y nada de eso puede esperar a que salgas del limbo en el que has estado desde el momento en que tomaste la mano de tu mamá y ella no se movió, no abrió los ojos y no te habló.

Tuve mi dosis de llanto en varios puntos, especialmente durante los rosarios y cuando tuve que despedirme definitivamente de sus restos mortales.

Me pesó no haberme podido quedar con mi papá a velar aquella noche, pero mis hijos estaban en casa esperándome así que tuve que hacerme a la idea de que mi madre ya no estaba ahí y que yo sí tenía que estar en otro lado. ¡Limitaciones de nuestra humanidad!, todavía no podemos estar en más de un sitio al mismo tiempo.

En medio de esa especie de entumecimiento que viví, pude percibir el cariño y la preocupación de mucha gente a mi alrededor. La mayor parte de ellos mis amigos; el resto era mi familia y por ahí algunos amigos de mi papá y otros de mi mamá.

Atender a la familia que vino de otros puntos de la república también fue una preocupación, pero afortunadamente no estuve sola y atenderlos no fue realmente un problema como en principio pensé que sería. Tuvimos momentos muy lindos recordando lo que mi mamá representó en nuestras vidas, lo mucho que la extrañaremos y la forma en que viviremos de aquí en adelante.

Lo difícil, lo realmente difícil fue enfrentar el día a día sin mi mamá. Sí, soy una mujer adulta, con una familia propia y miles de ocupaciones pero aún así, el día a día no fue lo mismo sabiendo que ella se había ido de viaje y que esta vez no pasaría una temporada para que volviera a verla y a hablar con ella.

La Navidad fue agridulce. Por un lado lo pasé arropada por el cariño de mi familia extendida; tuve la oportunidad de compartir con todos mis cuñados y sobrinos que normalmente no me es posible ver, pero esa alegría se vio inevitablemente ensombrecida por mi pérdida.

Las Bodas de Oro de mis suegros unos días más tarde, fue también un momento complicado, sobre todo al pensar que para mis padres ya no llegará una experiencia de esa magnitud.

Volver a la casa de mi mamá también fue difícil. Estar entre sus cosas y tomar decisiones sobre el manejo de la casa donde ella fue la señora, me dejó por principio de cuentas una especie de hueco en el estómago y la sensación de que tal vez mis decisiones no sean lo que ella hubiera querido.

El fin de año no fue muy distinto a la Navidad. Me dio mucho gusto llegar con mi familia al fin de un ciclo más, pero no pude evitar sentir ese hueco en el estómago al saber que al día siguiente no podría ir a darle su abrazo de año nuevo a mi mamá.

Y luego llegamos al día en que empecé a sentirme bien. El día en que recé el primer rosario del novenario que nuestra familia ofreció por el descanso eterno de mi mamá.

Ese día fui capaz de guiarlo sin lágrimas, sin ahogamientos del alma, sin huecos en el estómago y con toda la fe en que mi mamá está bien, gozando de la felicidad que es eterna, viviendo donde los ladrones no pueden robar y la polilla no puede destruir, pero sobre todo no en la lejanía que te da la distancia física, sino en la alegría que te da el acercamiento espiritual, el que no tiene tiempo y que por lo tanto, nunca se agota.

Como lo comentaba con otra gran amiga que también pasó por esta experiencia, nunca dejas de extrañarlos, la vida nunca vuelve a ser la misma, pero de algún modo, encuentras que aunque el vacío físico puede ser grande, su amor por ti como su hija, siempre estará ahí para llenarlo, así que realmente no has perdido.

Y por nuestros hijos seguimos la vida con una sonrisa porque como lo dije en una entrada anterior: La vida sigue... y nosotros tenemos que seguir de la mejor manera posible.

Sé que en el futuro tendré momentos difíciles donde me haga falta mi madre, pero sé que Dios en su infinita sabiduría y misericordia sabrá tomar mi dolor y transformarlo en paz del corazón.

jueves, 2 de diciembre de 2010

Para superar el dolor

Para superar el dolor tienes que vivirlo día a día y sentir su trago amargo correrte por las venas para darte cuenta de que nada es como parece.
Es una prueba irrefutable de que tu sentir está en el lugar equivocado y de que necesitas que venga la razón a rescatarte.
¿Dónde está la verdad?
¿Qué vale la pena en la vida?
¿A dónde te va a llevar este recorrido?
Algún día lo viviré, lloraré un momento y luego pasaré a otra cosa.
Quien puede saberlo, tal vez hoy es el día...

jueves, 30 de septiembre de 2010

Adolescencias

Mis capacidades son limitadas. Las de cualquiera. Nada nuevo bajo el sol. Hablo de esto porque no he sido capaz, a últimas fechas, de salirme de la espiral de sentimientos que mis nuevas realidades generan, mantienen y acrecentan cada día, y enfocarme en otros asuntos. Los que sean.
El caso es que mis hijos, mi adolescente y mi puberto, me ponen a prueba en todos sentidos en todo momento. El descubrimiento de que nada de lo que sobre esta etapa haya imaginado mientras eran sólo un par de niños pequeños se acerca ni remotamente a lo que hoy me cubre y me revuelca como avalancha, me vuelve a cubrir y me vuelve a revolcar. Son muchos los miedos, demasiados los gritos de mi propia etapa adolescente que debo callar constantemente para no permitir que mis frustraciones tomen las riendas de la madre que soy ni empañen la que deseo llegar a ser dentro de un lustro o dos o tres. En eso se me va el ochenta por ciento de mis energías. El veinte restante se diluye entre el resto de mis responsabilidades. Entiendo que no debe ser así y empiezo a buscar salidas para los sueños inconclusos, para los kilómetros que me esperan, para los ríos de tinta que guardan las palabras que algún día lograré disponer en orden sobre una hoja de papel. Entiendo, también, que no debo dejar de trabajar en mi yo adolescente, que debo buscarme, quererme, perdonarme y aceptarme, dejar de sentirme víctima y mirarme en el espejo nuevo de los recuerdos de mis recién reencontrados compañeros de preparatoria (sobre esto vendré a escribir pronto); en resumen: sanar. Nada que no tenga puedo entregarle a mis hijos, nada que no sea.

martes, 31 de agosto de 2010

Otro agosto que se va


Algunas de las mejores cosas de mi vida han pasado en agosto así que puedo decir sin temor a equivocarme que agosto es mi mes favorito del año.

Este agosto, como muchos en otros años, ha sido sumamente enriquecedor. Me hubiera gustado tener más tiempo para llenar de letras estos maravillosos 31 días, pero la vida es así. A veces te da oportunidades para una cosa a manos llenas y a veces no.

Este mes fue de grandes vivencias, algunas muy difíciles y dolorosas. Aprendí mucho del dolor de mi abuela paterna en su enfermedad. Me acerqué a Dios para pedirle ayuda y consuelo y por supuesto que me los dio a manos llenas.

Las personas más queridas de mi vida me llenaron de cariño en mi cumpleaños y compartieron conmigo la dicha de mis once años de extraordinaria vida matrimonial.

Tuve unas maravillosas vacaciones de deberes materno-escolares que disfruté todo lo que fui capaz.

Tuve ocasión de reflexionar sobre lo que quiero hacer con mi vida en el futuro cercano.

Saboreé un delicioso café al lado de algunas de mis amigas más queridas.

Me reencontré con uno de mis más queridos amigos.

Y bueno, también tuve ocasión para sufrir un poco mis malestares de mujer que hace un par de años perdió su útero.

Hubo de todo sin duda. Creo que por eso me gusta Agosto y en especial este, y por eso nunca lo voy a olvidar.

miércoles, 11 de agosto de 2010

¡Terapia!

Ayer comencé terapia Gestalt. Una nueva experiencia. Un nuevo modo de intentar solucionar las intermitencias y los dolores de siempre. No sé si funcionará pero quiero intentarlo. Igual nada pierdo pero lo que puedo ganar creo que es importante. Quiero encender la luz, sentir que puedo, que quiero, que me quiero. Y es que eso de querer querer... me, me ha acompañado tanto que he llegado al punto en el que no parezco querer otra cosa, lo peor, no parezco lograr nada distinto, y así se me van quedando las letras en el tintero, las notas en el piano que no tengo, las viejas querencias junto a las nuevas, y lo peor de todo, la sensación de que la vida llega a la mitad y nada ha sido suficiente... nunca.
La primera tarea es escribir una auto biografía. ¡Menuda cosa para un intento de letruda como yo! Me emociona y me asusta a la vez. Si logro algo medianamente aceptable lo compartiré acá, si nunca llega es porque el adefesio superó mis propias expectativas siempre malas y tristes. La segunda tarea es la sinceridad a b s o l u t a, y no con el terapeuta, conmigo misma. Cuando lo pienso me aterra, abrir la boca para que salga por ella todo lo que sé que guardo y que a veces no puedo confesarme ni siquiera en silencio... no es cosa sencilla, pero algún precio hay que pagar por encontrase, por liberarse. La tercera tarea es el asumir la responsabilidad de mi propia vida, o sea dejar de endilgarle los milagritos a los santos incorrectos; acá la única responsable de cada cosa que siente, quiere, piensa o sufre, es su servilleta. Así que de ahora en adelante soy la única "santa" en cien kilómetros a mi redonda.
Finalmente no sé si sea un grito de auxilio en la dirección equivocada, pero creo que hacer algo es mejor que seguir esperando el amanecer de un día en el que la plenitud me acompañe a pesar de mis propios pesados pesares.

miércoles, 19 de mayo de 2010

Oscar y Juan

Hay personas que me han dolido siempre, que aunque hace años que salieron de mi vida, no lo hicieron del todo en realidad y su recuerdo me sigue visitando con cierta regularidad para recordarme el daño que les hice sin querer en algún momento de nuestra historia en común. Oscar y Juan son dos de ellos.
Oscar fue mi compañero de clase en la prepa y un amigo entrañable durante esos tres años... bueno... casi. Aún puedo ver con claridad su cara de niño bueno y sentir esas tardes apacibles de hacer juntos las tareas y después salir a dar una vuelta por la colonia. Recuerdo que prentendí hacer que dejara de fumar; si me viera ahora, fumadora empedernida, seguro que no mostraría piedad en su burla por mi estúpida contradicción. Si pienso en él, lo primero que me viene a la oscuridad de mis ojos cerrados es su bondad, su calma, su calidez y el dolor de haberle causado dolor. Me amó en silencio durante esos tres años, puso su hombro para que mi cabeza se recargara en él, me limpió las lágrimas por un amor no correspondido sin que jamás yo intuyera que cada una de esas gotas saladas le lastimaba tanto o más que a mí misma, me acompañó en el camino tortuoso que me significaba una realidad dura por la inusualidad de mi corta edad (en una etapa en la que mis compañeros promediaban diecisiete años yo tenía sólo quince), por la enfermedad de mi padre, por el desamor que sufría, por la caótica vida en casa, por la dificultad de adaptarme a un mundo tan distinto a aquel del que provenía. Oscar fue una especie de ángel cuyo único pecado fue enamorarse de mí. La tarde que me lo confesó se hizo la primera grieta de lo que después sería la falla descomunal de un alejamiento que nunca pudimos superar. Como respuesta a mi rechazo comezó a alejarse, se consiguió una novia y cuando la prepa se acabó jamás volvimos a vernos. Hoy día no entiendo cómo pude dejar ir al amigo, por qué no le llamé, por qué no busqué un acercamiento cuando las cosas aún estaban tibias. Seguramente habría ganado mucho pero en ese entonces era demasiado estúpida como para comprenderlo. De cualquier manera le sigo guardando un cariño enorme y no pierdo la esperanza de que algún día nos sentaremos a charlar con un par de cervezas en la mesa para contarnos las vidas y sanar lo que haya que.
Juan era también un gran chico aunque en realidad nunca fuimos amigos. Desde que nos conocimos dejó en claro que lo que le interesaba conmigo era más un noviazgo que una amistad. La dolencia me viene cuando recuerdo que su cortejo fue lindo, respetuoso y sereno; y cuando veo en mi memoria el dolor en su cara al verme del brazo de quien sí logró colarse en mi entraña y ganarse el calificativo del "amor de mi vida" (seguramente con muchos menos méritos pero mi corazón ha sido siempre bastante pendejo). Después de rechazarlo para aventarme a los brazos de Luis y de partirme la madre por no haber tenido la precaución de meter las manitas en dicho lance suicida, Juan volvió a los antes acostumbrados rondines nocturnos, volvieron las invitaciones a las hamburguesas del estanquillo de la esquina (que por cierto ¡qué buenas eran!) y los paseos de tarde de sábado por las calles de Tulancingo, volvieron los ofrecimientos de un amor sincero y sin exigencias. "No me importa que aún lo ames, yo sé esperar y puedo lograr que lo olvides" me dijo una tarde de la que recuerdo hasta cómo íbamos vestidos ambos. Respondí que no y seguramente me quité otra oportunidad de haber tenido una relación con un buen chavo y todo el aprendizaje que eso conlleva.
Me duele haberles causado dolor a ambos, pero debo reconocer que mi egoísmo es más grande y por tanto me duele más el comprender hoy, a mis treinta y tantos, cuánto dejé de vivir en aras de la convicción estúpida de tener una relación sí y sólo sí estaba enamorada. A fin de cuentas, en dos de las tres veces que eso me sucedió, me sirvió para maldita la cosa.

martes, 18 de mayo de 2010

Cardio y sus tres sorpresas

El viernes fui al Cardio de Bosé. Me impresionaron tres cosas:
Una, que ya sabía de antemano pero que me sigue sorprendiendo cada vez: el tipo es un chingón, un artista de a deveras, un cuate que puede verse gay pero al mismo tiempo machín, no amanerado, respetable, buen bailarín, extraordinario showman, preciosa voz, rolas inolvidables, nunca con otro artista he sentido que el Auditorio Nacional pretenda caerse a pedazos después de una canción tan icónica y sentida como Nada particular (en la que, por cierto, me hizo sentir que volaba). El tipo sabe lo que hace, lo hace bien y yo podría verlo mil veces más y no cansarme de bailar adorándolo mientras lo escucho cantar. Además de todo esto, mi regresión acostumbrada en Si tú no vuelves esta vez fue distinta. A, la amiga que me acompañó, sabe mi historia de primera mano, cuando me escuchó cantar con ese harto sentimiento que siempre le pongo a dicha rolita me dijo: "... y que no vuelve el cabrón". Sentí tal alivio acumulado y desconocido hasta entonces que agradecí a Dios a todo pulmón por tal bendición aunque en su momento me haya significado una buena dosis de sufrimiento. Me encanta sentir que finalmente voy dejando ir a mis fantasmas.
Dos, algo que también ya sabía pero que me tomó por sorpresa: las amistades se pueden ir a la mierda en cualquier momento si no les ponemos cuidado. Y es que nunca antes me había desesperado tanto con mi amiga y su conversación frívola que casi siempre gira en torno a cómo ocultar su edad, a los kilos que no puede bajar, a lo bonita que se veía en tal o cual ocasión en la que usó tal o cual vestido y en la que se peinó de tal o cual manera. Y no es que yo sea profunda y con mensaje, tengo un lado frívolo muy desarrollado, pero me aburre hablar todo el tiempo del mismo tema, sobre todo cuando éste es tan fútil. Entiendo que la tolerancia es indispensable para la preservación de las amistades; entiendo también que puede que lo que suceda es que yo no estoy en el mismo canal de antes y de siempre, que estoy siendo muy grinch con el mundo; lo más probable es que sea yo y no ella. Mientras lo investigo seguiré anteponiendo el gran cariño que le tengo y pondré más que empeño en tratar de entenderla.
Tres, y esta vez no la vi venir: históricamente A fue la bonita, la de pegue, la que tenía la fila de pretendientes frente a su puerta. A los casi cuarenta la vida nos ha tratado de diferente forma, y no es que ahora yo sea la bonita y la de pegue (a esta edad una es más bien guapa y el pegue es cosa del pasado juvenil), pero me sorprendió notar que, mientras caminábamos por Reforma la mayoría de miradas masculinas se dirigían a mí. ¡Vaya triunfo estúpido! En realidad no diría esto si no fuera parte de un ejercicio de elevación de la autoestima, el simplemente reconocer y decir lo que de fuera nos llega como piropo o estímulo positivo.

domingo, 9 de mayo de 2010

Sting y la noche de la magia

En mi vida hay, generalmente, pocos momentos de explosión, pocas oportunidades de que la adrenalina se me manifieste con esa intensidad estremecedora que hace falta, a veces, para ponerle sazón a la existencia. Ayer por la noche tuve un derrame de todo ello, ayer noche volví a ser testigo del milagro de las rolas de Sting en mi vida... ayer noche más que nunca.
El telón de fondo fue muy distinto a cualquiera anterior. He estado presente en cada uno de los conciertos de cada una de las giras que ha traido al músico de Newcastle a México: en 1991 con el Soul Cages, en 1994 con el Ten Summoner's Tales, en 2001 con el Brand New Day, en 2004 con el Sacred Love y en 2007 con el tour de reencuentro con The Police. Cada uno tuvo en su momento un impacto fuerte en mí, cada uno me trae recuerdos de momentos distintos de mi vida, de etapas dolorosas y felices, pero siempre en el clásico ambiente de fiesta de los conciertos masivos... en el Auditorio Nacional, en el Palacio de los Deportes, en el Foro Sol. Ayer noche todo fue distinto. El escenario fue un claustro maravillosamente engalanado, lleno de una extraña mezcla de individuos de la alta sociedad con fans de cepa con "artistas" de la farándula mexicana con gente que quién sabe por qué estaba ahí si no conocía más que una o dos de las maravillas musicales de Sting. Evidentemente para muchos fue una oportunidad de ver y dejarse ver, de caminar por la alfombra roja y aparecer luego en las revistas del corazón como personas altruistas y "comprometidas" con la causa de la educación en México. Mi naturaleza simple y la condición clasemediera de los últimos veinte años de mi vida me habían impedido verme en un ambiente similar en el pasado, digamos que fue la primera vez que estuve en un mismo lugar tanta "gente bonita", en un ambiente tan distinto y tan distante a lo que es mi vida cotidiana.
Siempre he dicho que las canciones de Sting y de The Police son como mi casa y ayer noche en eso consistió la magia: en corroborarlo, en darme cuenta de cómo en cuanto sonó el primer acorde de If I ever lose my faith in you todo lo distinto y lo distante se convirtió en territorio conocido, confortable y amado. La magia empezó a fluír, mi cuerpo a moverse, mi garganta a desgarrarse y mis pies, ampulados por los tacones necesarios para la ocasión y por las horas de espera en pie, a no sentir nada que no fuera una necesidad imperiosa de pegar de brincos. Una mezcla equilibrada de canciones de Police y de Sting en solitario me fue llevando de la mano por lugares, momentos y personas de mi vida, por euforias y felicidades, por mis amores y desamores. A diez metros de distancia pude ver que su rostro muestra las señales (que hace treinta meses no estaban ahí tan descaradamente) de unos sesenta años que se le acercan cada vez más y el bajo café descascarado que le acompaña desde hace tanta vida. El colofón de Roxanne me regaló el momento apoteósico de la noche, la piel de gallina y las ganas desesperadas de llorar mientras no podía parar de saltar con las manos en alto; Wrapped around your finger, Tea in the Sahara, The shape of my heart y Fields of gold me regalaron una deliciosa calma melódica y atiborrada de recuerdos; Every breath you take y King of pain, mis dos más grandes amores musicales "policiacos", fueron pura felicidad. Esos momentos hacen que valga la pena pagar el precio de cualquier boleto.
Cuando Fragile cerró la noche, las manos me dolieron de aplaudir, mis pies retomaron la conciencia de sus ampollas y del dolor por el atrevimiento de haber brincado dos horas con los zapatos inadecuados, mi garganta estaba seca, mis ojitos llenos de lágrimas felices y mi corazón eufórico. El camino al auto fue tortuoso, tanto que lo terminé descalsa. El regreso a casa fue en medio de ese silencio necesario para asimilar una experiencia musical que espero con toda el alma, se repita algún día.

lunes, 22 de marzo de 2010

Enfrentando miedos, tomando precauciones

El viernes por la noche se metió un ladrón a mi oficina pensando que no había nadie, pero no contaba con que una de mis compañeras, al notar que algo andaba mal con la chapa de seguridad de la puerta principal, fue a buscar a un cerrajero y volvió a la oficina un poco más tarde. Ella y su esposo (que afortunadamente la acompañó porque ya era de noche), fueron amagados con un arma de fuego y encerrados en la cocina para poder cometer la fechoría.

Más tarde, otro de mis compañeros regresó a recoger su equipo portátil que había dejado esa tarde al salir a comer y ¡Zaz! El tipo lo sometió y lo encerró en la cocina junto con nuestra compañera y su esposo.

Dadas las circunstancias, el tipo tomó los objetos más a la mano, arrancó los teléfonos y salió de la oficina llevándose además los celulares y las llaves de mis compañeros sin causarles más daño que un susto endemoniado.

Es la segunda vez que nos roban en lo que va del año y ahora pensamos que no importa cuántas medidas de seguridad tomemos, los rufianes siempre se las arreglarán para cometer sus fechorías.

Sinceramente tengo miedo y no por mí, sino por mis hijos. Entre mis objetos personales hay fotografías de mis pequeños y un letrero con mi nombre y no puedo evitar pensar en si el tipo es un ladronzuelo de poca monta, o si además se dedica a extorsionar.

La oficina es para muchos un segundo hogar y cuando éste es violado, la mente le da vuelta a las posibilidades de que cosas peores puedan pasar. Es evidente que nos vigilan, saben a qué hora entramos y salimos, cuántos somos y ahora conoce a nuestros familiares y nombres. ¿Qué puede hacer con toda esa información?

Hoy fue difícil volver a la oficina y encontrar los rastros del atraco, tuve miedo pero no me quedó más remedio que armarme de valor y seguir con mi vida, no como todos los días, pero sí seguir de la mejor manera posible.

Comparto esta triste historia a mis queridas amigas que vienen a leer las cosas que aquí escribimos y a quien nos venga a leer, no con el afán de mortificar, sino de recordarles que las precauciones nunca están de más en un mundo que está tan contaminado por la corrupción, el crimen y los malos hábitos.

Siempre observen a la gente a su alrededor, miren si los siguen al tomar el coche o el transporte público, tomen rutas distintas al trabajo siempre que se pueda, alerten a sus hijos sobre la presencia de extraños y enséñenles a estar alerta y nunca se queden solos en la oficina.

Cuídense mucho.

miércoles, 20 de enero de 2010

De regreso

He vuelto de mi viaje y al leer mi entrada anterior me sorprende lo paranoica que puedo llegar a ser a veces. Fui y vine y ni el mundo se acabó ni la catástrofe financiera se nos echó encima ni ningún avión se cayó, y sí conocí un chorro de pueblos medievales hermosos, volví a Roma una vez más y a Venecia después de veintidós años, me atiborré de prosciutto, mozzarela, parmeggiana, biscoti, vin santo, limoncello, piadinas, café, latte makiato, tartuffo, crostinis, focaccias, cocoli, risoto, bisteca y un largo etcétera de delicias culinarias que sólo de acordarme me dan ganas de tomar un avión de regreso; conocí un poco más de cerca, y con una alta dosis de verdad, la realidad cotidiana de los florentinos, y descansé por tres semanas de los dos millones de broncas que me atacan cada día.
Aún no estoy lista para el recuento de las anécdotas, o tal vez sólo sea que soy floja y no encuentro cómo demonios resumir en unos cuántos párrafos una avalancha semejante de experiencias; lo más probable es que se las cuente a mis amigas por teléfono o si hay la ocasión de tomar un cafe (¡americano gracias a Dios!). Ya veremos. Lo importante por ahora es que estoy de regreso, sana, salva y feliz.

lunes, 28 de diciembre de 2009

A punto

Estoy a unas horas de subirme a un avión rumbo a Europa. Hay mucho dentro pero poca claridad para expresarlo. En general temo a los aviones (nunca tanto como para uno subirme a uno) así que no empezaré a disfrutar del viaje hasta que esté finalmente en Florencia y pise de nuevo tierra firme.
No ha sido fácil, la decisión de viajar no la tomé yo pero mi marido me ha visto tan estresada a últimas fechas que decidió que era un buen momento para alejarme de todo y despejar mi atribulada mente por unos días. Tiempo, distancia, frío y escenarios nuevos es una mezcla que ayuda a la mayoría; espero sinceramente que funcione conmigo.

jueves, 10 de diciembre de 2009

La luz al final del túnel

Llevo varias semanas caminando en un túnel oscuro. He tropezado varias veces y la mayoría de ellas he sentido que no me queda fuerza para levantarme. Los viernes son los días más crueles, por lo tanto caer en viernes es lo más común. En más de una ocasión he estado a punto de rendirme y quedarme recostada boca abajo, en el fango, sin mover una pestaña, inmersa en el silencio oscuro y deprimente que parece llenarlo todo junto con el fango frío que me cubre. Me sorprende no haber sido capaz de permitírmelo ni siquiera una vez, me impresiona voltear hacia atrás y ver que esa mujercilla ojerosa y débil no se ha rendido, y no se ha permitido a sí misma la comodidad de la derrota. Me miro y me desconozco: fuerte, optimista, entrona, sonriente a pesar de que a veces parece que voy perdiendo la batalla contra esta crisis maloliente que ha llevado a la tumba a más de tres competidores directos. Me miro y siento en la cara el orgullo de mujer y de madre capaz de regresar a casa con una buena actitud a pesar de haber tenido un día de perros, para mostrarle a mis hijos cómo se enfrenta la vida con toda su problemática. Ese ha sido mi motor, la esperanza de enseñarles con mi ejemplo de vida que no hay problema en el mundo capaz de quitarle las agallas a su madre. En medio del fango he visto sus caritas y eso me ha dado la fuerza para levantar los hombros y volver a caminar hacia el final del túnel, porque todos, por largos que sean, tienen un final. La lucecilla ha aparecido esta semana, cada día se hace más grande y me alumbra mejor el camino. Faltan pocos días para que al fin pueda quitar de mis hombros el peso de este año que ha resultado de pesadilla en el aspecto económico. Falta poco para llegar al final que no será más que un nuevo principio, pero con la certeza de que si este año no me mató, no creo que nada pueda hacerlo ahora.

viernes, 9 de octubre de 2009

Como quiera que sea

Después de un momento de locura y desesperación ante lo que parece no tener solución, puedes experimentar una profunda depresión.

Caer en la depresión es la cosa más sencilla que existe, salir de ella es lo complicado porque automáticamente todo (o la gran mayoría de las cosas que te rodean) pierden sentido.
Se tiene al marido, a los hijos, a la familia y a los amigos es verdad, pero también se tiene un vacío en la boca del estómago que uno no sabe cómo o con qué llenarlo.

Desde que tengo este espacio he desahogado en él muchas de las emociones buenas y malas que he vivido de un tiempo para acá, no en plan de queja, sino en plan de sacar de mi sistema lo que me atormenta o lo que me hace vibrar, con la intención de compartir con otro ser humano (el que está del otro lado del monitor), un poco de mi humanidad con sus carencias, debilidades o cosas buenas.
Esta última mala racha me llevó a alejarme de muchas cosas. “No tengo tiempo”, “no estoy de humor” y “no tengo nada bueno que decir o compartir”, fueron las constantes de esos días.

Pensé que no era la única persona que tiene mil cosas por las cuales preocuparse o sentirse agobiada y que lo que menos necesitaba el mundo era tener que cargar conmigo y mi depresión.
Encontré respuesta a algunas de las interrogantes que minaban mi existencia en los lugares menos esperados. Nunca porque haya salido a buscarlas, siempre porque las circunstancias me pusieron en el momento y en el lugar indicado para recibirlas.
Por primera vez en mi vida me revelé contra Dios y renegué de mi suerte. Por primera vez le dije que si él todo lo podía, por qué no me ayudaba aunque fuera un poco.
Cuestioné en dónde se encontraba la línea que dividía la caridad del egoísmo en su más pura expresión y aprendí que en aras de buscar el equilibrio y la justicia, siempre iba a meter la pata en alguno de estos dos extremos del comportamiento humano.
¿Dónde está la justicia? ¿Dónde está la felicidad?
La justicia no es de este mundo así que no puedo basar la felicidad o la desgracia en la medida en la que la justicia se manifiesta.
Hay que aceptar lo que se tiene enfrente sea merecido o no, y hay que hacer un esfuerzo enorme para romper con el círculo vicioso que te mantiene en la oscuridad porque no es con soledad como se llena el vacío que te deja una mala racha.
Hay que romper paradigmas, no para alcanzar la felicidad ideal porque los problemas nunca desaparecerán; hay que romperlos para crear un estado interior en el que los problemas no sean más que una situación pasajera que se puede sortear con éxito.
Hay que pedir ayuda, no porque necesitemos que los demás nos tengan lástima o nos sepan débiles, sino porque si el ser humano fuera autosuficiente, no habría necesidad de que existiera nadie distinto a Adán.
Porque cuando soy capaz de romper el silencio para propiciar un momento de encuentro, me alimento es verdad, pero también se alimenta el que está del otro lado cuando me tiende la mano, por lo tanto, en ese instante dejo de representar una carga.
Aprendí que hay que abrir la puerta aun cuando eso signifique la posibilidad de salir lastimado por la ingratitud, la injusticia o el desamor.
Fue entonces que entendí por qué Dios ama más el bien de lo que detesta el mal…