martes, 12 de enero de 2010

Para empezar el año, tiempo de soltar...

Hay ciertos puntos en la vida que son propicios para hacer a un lado la rutina y entregarse un instante a la paz que te lleva a la reflexión.

En uno de esos instantes llegué a la conclusión de que soy demasiado aprensiva y que este estado de constante preocupación de todo y por todo, es lo que más me desgasta. Sí, más incluso que los propios problemas o las dificultades de la vida.

Hace un par de semanas mi marido recogió a una gatita que estaba perdida y que los niños de mi cuadra estaban mojando (por consejo de una vecina) para que se fuera.

La secó y el animalito se quedó tan tranquilo y en paz, que mi marido pensó que sería bueno que la conserváramos hasta que apareciera su dueño. Hasta ahora nadie la ha reclamado y, aunque se ha salido un par de veces de la casa, la gatilla juega, se divierte, se acurruca, corre y maúlla por todos lados. Pareciera como que la vida en la casa le ha sentado bien.

Me gusta hacer el bien a los animales porque siento que son los que más se merecen de nuestro respeto y compasión porque están muy por debajo de nuestra inteligencia y capacidades, pero como por cada animal que recoges, hay mil o millones en desamparo y/o peligro, prefiero mantenerme al margen. Ya saben aquello de "Ojos que no ven, corazón que no siente".

Si algo importante aprendí en el 2009 es que no es cerrando los ojos como los males desaparecen y que, por increíble que parezca, los males son necesarios para que no se pierdan ciertos bienes que sólo pueden darse a raíz de su contra parte.

Así pues, he decidido hacer algo por quien pueda o por lo que pueda...

Hace más o menos un mes o mes y medio, el perrillo que vivía a tres casas de la mía fue atropellado. Siempre pensé que algo así pasaría porque el animalito constantemente se salía de la casa y andaba por todo el fraccionamiento, y hay que reconocer que no toda la gente respeta a los animales, si ni siquiera tiene conciencia para manejar con prudencia por las calles de un lugar lleno de niños que juegan con sus bicicletas y patinetas.

De pronto ves que este mundo está lleno de peligros y temes por las mascotas, pero también temes por los hijos. Esos chiquitos inocentes que no saben la cantidad de maldad que los rodea hasta que la vida los empieza a hacer víctimas de ella.

Qué difícil es entender que todos tenemos una vida para vivirla y que nadie puede vivirla por nosotros. Que los problemas y los males son inherentes a la vida misma y que si la mascota se va y sufre los riesgos propios de la vida en la calle, si los hijos sufren y se caen, no es algo que puedas evitar del todo.

Hay que enseñar, dar amor y dejar que cada quien viva de acuerdo a sus capacidades... después de todo, tú ya has vivido con las tuyas.

Hoy aprendí que no puedes vivir preocupado permanentemente por las cosas que están fuera de tu control, en cambio sí debes disfrutar lo que tienes, mientras lo tienes. Ellos estarán algún tiempo bajo tu responsabilidad, es cierto, pero no son de tu propiedad.

No tengas miedo... es momento de soltar.

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