martes, 6 de septiembre de 2011

Incendios

El viernes pasado fui al teatro. Incendios de Wajdi Mouawad. Hasta ese día mi experiencia como expectador de teatro había sido elemental, tradicional; reducida a sentarme en la butaca y observar el desarrollo de la obra, tal vez fijarme en la escenografía, en el vestuario, en algún otro detalle, pero nada más. Ni siquiera en aquella célebre Romeo y Julieta montada en el Claustro del Teatro Helénico hace veinte años, tuve una experiencia tan intensa. Incendios me enfrentó a una de las vivencias más fuertes de mi vida, me llevó de viaje por "la casa" que soy por dentro. "Somos casas habitadas por un inquilino del que no sabemos nada. Nuestras fachadas son muy bonitas pero, ¿quién es ese loco, presa del insomnio, que en el interior pasa las horas dando vueltas, apagando y prendiendo luces?", se lee en el programa de mano que te entregan a la entrada del teatro. Leer tal texto antes de ver la obra no dice mucho, pero después de embarcarte en el viaje al que te invita la puesta en escena en su conjunto, toma un sentido de absoluta relevancia. ¿Qué, quién soy en realidad? ¿Quién es ese inquilino que me habita y del que sé tan poco? He comenzado a creer en las coincidencias. No puedo dilucidar si somos nosotros quienes las buscamos para luego sorprendernos de que lo que más necesitas se te atraviese en el camino en el momento adecuado, o si son ellas las que te salen al paso para moverte la entraña. El caso es que esta obra se me puso en frente justo cuando había comenzado el camino hacia mis pasillos y sótanos y alacenas y recámaras... internos. La fuerza de la obra es avasalladora, el tema es potente, desgarrador a ratos, sublime, humano, cruel, incestuoso; pero creo que no entraría por cada poro del espectador sin la enorme capacidad de los actores de adentrarse en el personaje y hacerle sentir al espectador como si no estuviera presenciando una puesta en escena sino un episodio real en el entorno doloroso e inhumano de la injusta separación de una madre y su hijo en el inicio de una guerra, cruenta como todas. Karina Gidi logra llevarte y traerte, subirte y bajarte, llorar como un niño y sonreír con ternura, sumirte en la desesperación y llenarte de esperanza con su interpretación de Nawal Marwan, y todo al mismo tiempo. Nunca antes una actuación me había dejado tan desnuda, tan con los poros abiertos y la piel mojada. Los ojos de todos los que mirábamos permanecieron inundados durante las dos horas y media que duró la función. Mujeres y hombres, jóvenes y viejos, todos y cada uno sumidos en el obligado viaje interno de la mano de Nawal y Sauda (personaje secundario). Todos en un llanto común pero individual porque a cada uno se nos obligaba a ir hacia adentro, hacia nuestros propios pasillos y habitaciones. El final es el climax, el punto más conmovedor, el encuentro definitivo contigo mismo. La oscuridad y silencio absolutos que regala el director justo después de la última palabra de Nawal es como un oasis en el que puedes descargar el llanto entre sollozos, el estremecimiento de todo tu cuerpo soltando las emociones contenidas durante toda la obra. Puedes sentir cómo el de a lado llora igual que tú. Y te dejas ir. Cuando la luz regresa todo es aplausos, agradecimiento, catarsis. Miras a los actores y no puedes dejar de ovacionar, mientras te secas las lágrimas y te limpias la nariz. El aplauso dura varios minutos, y notas como los actores sonríen satisfechos, como poco a poco van dejando de ser los personajes para volver a ser las personas, cómo se recuperan del desgastante esfuerzo físico y emocional recién realizado. Nunca antes había sentido tal admiración por actor alguno. Incendios más que una obra de teatro resulta una experiencia de vida, de esos puntos de inflexión a los que llegas en el momento justo, cuando más lo necesitas.

No hay comentarios: