martes, 13 de septiembre de 2011

No más idealizaciones (o El horno no está para bollos)

Idealizar es un gran deporte. Consiste en atribuir características positivas a una persona al tiempo que minimizas sus defectos y le restas importancia a los malos momentos para, exultantemente, sólo recordar los buenos; y así poder entregarte con absoluta libertad al recuerdo de esa persona "que sí te comprendía", "que sí te hacía sentir maripositas", "que sí era mi amigo de verdad" y un largo etcétera de cursiladas. Durante mucho tiempo fui una atleta de élite en tal disciplina. Sin embargo, y como le pasa a todo deportista de alto rendimiento, la edad me ha ido derrotando, pero sobre todo, la experiencia. Hace poco dejé de entrenar. Me cansé de los extenuantes sacrificios, de los monótonos fartleks, de las abdominales y las lagartijas. Me cansé de dejar de vivir mi presente en pos de un ayer idealizado, de perder mi tiempo en recuerdos manipulados. Y es que fui comprendiendo a base de madrazos que en la mayoría de los casos la realidad no se apega en casi nada a esas fantasías. Justo ayer tuve la última experiencia al respecto. Te quedas con la idea de un gran amigo al que adorabas y te adoraba hace veinte años, lo buscas en Facebook por meses hasta que lo encuentras y crees que todo será igual que antes, que habrá gran química y las conversaciones fluirán con la misma facilidad de antes; sobre todo con los antecedentes muy cercanos de los reencuentros con viejos amigos de la prepa y que han resultado ser reuniones muy agradables. El caso es que no. Nada. El gran amigo en cuestión (sí, ese amigo, EL amigo, al único que recordabas con cariño entrañable y que jurabas que te recordaba igual) resulta un fulano al que parece darle igual haberte encontrado a ti que a los otros veinticinco. Resulta un tipo que hace una invitación para un evento familiar a todos menos a ti. Gracias. Nada especial. Me resulta curioso cómo, contrario a lo que siempre pensé, las personas de las que nunca esperé nada me sorprendieron gratamente. Caso opuesto al de aquellos a los que consideré amigos cercanos en aquellos días. Esta súbita madreada me ha hecho afianzar la decisión de retirarme de las canchas. No más idealizaciones. La leña del horno está ya demasiado pasada, sólo quedan brasas, no alcanza para hornear bollos.

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