lunes, 3 de agosto de 2009

¿Un perrito?

Los perros nunca han formado parte de mi panorama familiar. Cuando era niña mi papá trajo a casa una pareja de bóxers que terminó regalando después de pagar las gallinas de medio pueblo que los "perritos" tuvieron a bien comerse. Por ahí de los dieciocho compré un cachorro de maltés junto con mi novio de entonces, segura de que sería muy sencillo enseñarle a hacer monería y media, ya no digamos a mear y cagar en un lugar distinto al sillón de la sala de la casa; no sucedió ni lo primero ni lo segundo, así que ese pobre animalito también terminó regalado. Hace cosa de cinco años lo intenté por última vez; compramos un cachorrito de labrador a-d-o-r-a-b-l-e, ilusos de nosotros (por no decir tontos) porque el perro creció a mucha mayor velocidad que los niños y para cuando el primero tenía seis meses, los segundos seguían teniendo cuatro y seis años, así que cada que salían al jardín y el Bono (que así se llamaba) se les paraba de manos y los tiraba de espaldas, todo terminaba en un desastre donde reinaban el miedo y el llanto en lugar de las risas y los juegos. ¿Hace falta decir el fin del Bono? En casa de unos amigos que a su vez lo regalaron porque tampoco pudieron con él.
El caso es que cada que lo he intentado el resultado ha sido el fracaso con su buena dosis de culpa.
Hablo sobre esto porque en las últimas semanas mis hijos desean un perro "más que a nada en el mundo" y estos días en que los he visto convivir con Lucas, el maltés de mi hermana, me ha conmovido el compañerismo que han desarrollado y cómo el perrito ha sido una compañía real, efectiva y afectiva para ellos. Entiendo que a la edad que tienen ya son capaces de asumir la responsabilidad del cuidado de una mascota pero no deja de preocuparme el poco tiempo que paso en casa, mi probada incapacidad para enseñarle nada a un perro y el que la experiencia resulte frustrante en lugar de enriquecedora. Creo que en realidad le tengo miedo a un nuevo fracaso porque esta vez regalar al posible perrito de nuestra familia implicaría un dolor de cuatro.
Lo más probable es que al final mi esposo y yo terminemos cediendo y que en pocas semanas venga a contar que mis zapatos favoritos fueron destrozados por el nuevo miembro cuadrípedo de la familia.
A saber...

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